El Club Barba Azul #30
Lo que él no podía saber era que cada vez que me tenía que enfrentar a un cuerpo, en mi cabeza aparecía mi madre.
Llegaban los pocos recuerdos que conservaba.
Su cuerpo había quedado en tal estado que había sido imposible juntar todas las piezas.
Para mí no se trataba de los despojos que estaban en la plancha.
Al final sabía que muchos de esos cuerpos serían nuevamente abiertos, cercenados, divididos por las manos de los médicos.
Como si se tratara de un infierno circular del que no se puede escapar: ser destruido, ser armado, ser vuelto a destruir.
Ser mutilado, ser vuelto a coser para nuevamente ser mutilado.
Más que un dolor infinito, aquello era una laceración a la memoria del cuerpo.
La negación de la humanidad para convertirse en un objeto.
Algo quien nadie echaría en falta. Y yo no quería que eso sucediera.
La memoria, al menos, debería mantenerse intacta.
Me enojaba el olvido de los muertos, en la medida en que yo me aferraba a los pocos recuerdos de mi madre como preciadas piezas arqueológicas de mi memoria.
Para lograr la tranquilidad había que recordar con cariño y sin soltar, a pesar de los malos momentos, de las peores pesadillas.
Pero el hecho de los restos en los que trabajaba fueran niños, me daba una nueva visión: a veces estaba convencida de que, con cada trabajo, me estaba también reconstruyendo a mí misma.
—¿Estás pensando mucho, doctora?
—No me para la cabeza.
Al terminar el trabajo no me quería despedir de Carlos. Se estaba convirtiendo en un puerto que me tranquilizaba, a veces me divertía. Sin embargo, ese día tuve que despedirlo justo al cerrar la puerta del anfiteatro. Le dije que tenía una cita con el doctor Espronceda.
—¿Pensás contarle todo?
—No le voy a decir absolutamente nada. Esto tenemos que investigarlo para después obtener algo más sólido que decirle.
Me miró con una mezcla de seriedad y de agudeza. La agudeza que provoca un juego complicado.
—De acuerdo, doctora, entonces nos vemos mañana. A ver qué nos aconseja la almohada. A ver si podemos conciliar el sueño, carajo.
Me dirigí a la oficina de servicios sociales dentro del Palacio.
En primera porque las mujeres que estaban ahí formaban el grupo que menos tenía que ver con los médicos.
En segundo, porque ellas eran las encargadas de llevar el control de cualquier grupo de niños que estuvieran ahí por las razones que fueran.
—Buenos días —saludé a un grupo de cinco oficinistas que compartían el espacio con la mejor de mis sonrisas, aunque mis sonrisas, en ese momento, me dolieran.
—¡¿Cómo está doctora?! —me dijo una con la que había tenido algunos contactos en la biblioteca: ella también estaba interesada en la puericultura y hasta donde había entendido, era la encargada de esa nueva sección.
—Todo bien, Sandra María, todo bien.
A manera de prólogo, intercambié algunas impresiones y datos de las lecturas que había hecho sobre la infancia. Escogí los temas que sabía que más le interesaban. Después de unos 10 minutos de esa plática, me lancé:
—Oye ¿puedo hacerte una pregunta?
—Dígame, doctora.
—Vi a un grupo de niños hace unas horas que estaban por acá —omití deliberadamente en dónde y con quién— y me gustaría saber a quién tendría que pedirle permiso para hacer unas pruebas con alguno de ellos. Nada complicado: simples ensayos psicomotrices que no llevarían más de media hora.
—Debe referirse al grupo de estudio del doctor Genina —me regresó con cierta seriedad.
—Puede ser.
—Pues no se si va a poder hacer nada con ellos, doctora. Estoy enterada de que se trata de un grupo de control que mantienen en estricto aislamiento. Solo tres doctores están autorizados para interactuar con ellos.
—¡Oh!, qué mala noticia —dije fingiendo una decepción que en realidad no me causaba sorpresa. —¿Son de por acá? ¿Sabes de dónde vienen? Porque entonces puedo ir con la institución correspondiente para hacer ensayos con los niños de ahí.
—Pues tendrá que viajar largo tiempo, doctora: me dicen que todos esos niños vienen de Tepeaca, en Puebla.
Que es parte de un convenio que tienen con las autoridades de por allá para sacarlos de la pobreza en la que viven.
Los traen, los revisan, les quitan las lombrices, los alimentan para evitar la anemia y luego van a aprender un oficio a las escuelas del Estado.
Ya con este son como siete grupos que han estado llegando.
—¡Vaya! —fingí un poco más de decepción—, pues ni modo: tendré que buscar por otro lado. Mil gracias, Sandra María querida.
—Con todo gusto, doctora.
Salí sabiendo exactamente lo que debía hacer. Me habían dicho que el niño que había visto era de Tepeaca, igual que el grupo de la mañana. No había margen de error. Estaba decidido: tenía que ir a Tepeaca.
Los mármoles de Tepeaca 4
(Redactado en inglés)
New York, E.U.A., 12 de agosto de 1926
Estimado primo:
¡Un éxito! No hay otra palabra para definir el evento, no existe otro adjetivo para referirnos a nuestro nuevo negocio.
Permíteme contar a detalle la primera cúspide de nuestro triunfo para que lo disfrutes igual que yo.
Para que entiendas muy bien cómo construí nuestra fachada.
Para que ambos usemos los mismos códigos.
Te pedí que la mercancía llegara a Texas y no a N.
Y. porque asistido por las Grand Central Art Galleries logré hacer un evento en el Custer Theatre de la ciudad de Slaton.
Se trata de un pueblo perdido en medio de la nada, y por ello se prestaba a las mil maravillas para nuestra puesta en escena.
Negocié a buen precio que varias familias acondicionaran y rentaran sus casas para hospedar a los compradores que llegarían de otras ciudades.
Tuve que hablar con las autoridades de tan breve ciudad porque la renta de las casas no era lo único que tenía en mente.
Sí, querido primo, tuve que desembolsar algunos dólares.
Cuando los compradores se enteraron (por medio de los folletos que les envié) que sería en este sitio y en un edificio dedicado al cine, recibí exactamente las 15 llamadas cargadas de airada duda que correspondían a cada uno de los convidados.
No se explicaban por qué debían viajar tan lejos y, peor aún, asistir a un evento que sería invisible a los ojos del mundo cosmopolita.
Les expliqué que lo que iban a ver rompía todo molde artístico hasta ese momento conocido y que, además, los gastos correrían por cuenta de nosotros.
Solo dos se retractaron y cancelaron su participación.
Desde el principio se los vendí como una aventura.
No tanto al estilo del Viejo Oeste, aunque el escenario se prestara, sino como una adornada incursión al México profundo.
En las cuadras cercanas al teatro coloqué pequeños puestos con la artesanía que me enviaste.
Fueron atendidos por gente de mi equipo, pero muy bien disfrazados de inditos.
La calle que llevaba al teatro fue adornada con luces de colores y papel picado.
La población de Slaton estaba vuelta loca.
Creían que esos arreglos vaticinaban una fiesta a la que todos estarían convidados.
Cuando fuimos cerrando los accesos para uso exclusivo de nuestros clientes, su frustración se tradujo en quejas, algunas de ellas a voz en cuello.
Ya sabes cómo son los texanos: brutos e insensibles al arte (je je).
Cuando la gran noche llegó, los invitados salieron de sus casas rentadas, vestidos con ropas que nada tenían que ver con su entorno, caminaron por una calle vacía para ellos y se detuvieron el tiempo que quisieron en los puestos de artesanías.
Estaban tan entusiasmados que prácticamente todos los productos se vendieron a un costo 20 veces mayor al real.
¡Tenemos ahí, primo, otro nicho que podemos explotar!
A la entrada del teatro, otros miembros de mi grupo también disfrazados de inditos los esperaban para sentarlos en sus lugares.
Quité algunas butacas del teatro para colocar mesas donde reposaban una botella de tequila y un whiskey escocés de los que llegaron en el último viaje.
Cada cliente (o pareja de clientes que también era el caso) eran atendidos por un mesero.
En el escenario, las cortinas rojas estaban abajo.
La expectación hacía temblar a los de fuera y a los que estábamos dentro.
Curioso espectáculo en el que había más gente sobre el escenario que en las butacas.
¡Pero qué clase de espectáculo sería! Organicé y ensayé varias veces detalles de tres obras del muralismo.
Cada mesa tenía, además de las botellas, fotografías: La maternidad de José Clemente Orozco (el de San Ildefonso) y La historia de México de Diego Rivera (el que está en las oficinas presidenciales del Zócalo) en dos partes.
Cada fotografía venía acompañada de una pequeña hoja volante donde se contaba la historia del mural, y tenía acercamientos hacia algunos de sus detalles.