El Club Barba Azul #29
Ahondando, me enteré de que apenas en los últimos meses se comenzaban a analizar los padecimientos de los niños.
Y comparado a lo que había visto, los datos y preocupaciones me parecían tremendamente superficiales.
La enfermedad que más obsesionaba a los médicos en ese momento era la pediculosis.
También estaba la tiña, la sarna y las verrugas vulgares.
Se dedicaba mucho tiempo a las fiebres eruptivas como el sarampión o la varicela, a las caries, amigdalitis y gripes.
¡Era eso lo que les quitaba el sueño a los médicos!
Un médico destacaba en medio de estas tormentas de vaso: Manuel Uribe, quien asociaba la pobreza extrema con una anemia imparable en los niños.
¡Una preocupación un poco más sensata! Y estaba convencido de que lo que se creía como “inteligencia torpe” no era más que producto de esa miseria.
Las sociedades dedicadas al cuidado de niños huérfanos eran regenteadas por familias ricas y, apenas ahora, por instituciones de gobierno.
Pero en ningún caso había claridad sobre la manera en la que se podían resolver esos problemas.
La adopción de niños parecía un juego de lotería.
Los niños iban y venían de casas a instituciones y viceversa, y en muchos casos desaparecían en el trayecto.
El día que terminé con todo el acervo que me podía dar nueva información, subí hacia la morgue una hora antes de lo normal.
Aprovecharía el tiempo para adelantar trabajo —aun sin el apoyo de Carlos— y con un poco de suerte saldría temprano ese día.
Tenía la cabeza ocupada en todo lo que había leído en las últimas jornadas, tanto que cuando entré al anfiteatro había olvidado por completo que era el horario destinado a las visitas de los alumnos del doctor Genina.
Me di cuenta hasta que abrí la puerta. Sin embargo, mi sorpresa no se debió tanto a mi equivocación sino a lo que vi: Genina guiaba a un grupo de cinco niños entre los ocho y los 10 años.
Todos rodeaban el último cuerpo en el que Carlos y yo habíamos trabajado el día previo.
Una criatura de cinco o seis años con trauma craneal.
El propio Genina nos había indicado que debíamos “dejar en forma” todo menos la pequeña cabeza que era la parte más lacerada.
Que viéramos la manera de mantenerla alejada de la corrupción, pero con el golpe expuesto porque era justamente esa herida la que iba a estudiar con sus alumnos.
Un golpe que le dio la muerte, hecho con un martillo o un pico.
Cuando vi a los niños ahí —niños vivos—, mi cabeza se convirtió en un carrusel que sustituía una suposición por otra.
Primero, cuando aún no asimilaba bien la escena, pensé que se trataba de alguna escuela haciendo una especie de excursión macabra.
Cuando reparé en las edades de los visitantes entonces pensé que se trataba de un método pedagógico brutal para enseñar a los críos las consecuencias de andar en malos pasos.
Genina también había abierto a medias otras bolsas.
La perspectiva general incluía varios cuerpos —no arreglados todavía— que salían a medias: el pecho o las piernas.
El olor se había escapado de los contenedores y, con las ventanas cerradas, inundaba el lugar.
Si con un solo cuerpo descubierto el hedor era rotundo, con varias bolsas abiertas, exponiendo la carne en avanzada descomposición de muchos, la peste era insoportable incluso para mi nariz que ya se había acostumbrado.
Sin poder moverme por la impresión, me di cuenta de que los niños estaban aterrados. Unos temblaban, otros sollozaban. Resolví que no se trataba de una lección pedagógica, que era demasiado cruel, incluso para Genina. Pero parecía que no podía ser de otro modo:
—Entonces —estaba aleccionando con una calma que jamás había visto en él— si siguen empeñados en no hacer caso a lo que se les pide, van a terminar ustedes también en estas bolsas para que los niños bien portados vengan y se rían de ustedes.
Algún ruido debí emitir porque Genina volteó hacia donde estaba y, al instante, su rostro comenzó a adquirir tonalidades encarnadas.
Sin decir una palabra, pero con los pasos veloces y amenazantes que lo caracterizaban, en pocos segundos estuvo a mi lado.
Acercó su boca a mi oreja y empujando las palabras por su apretada garganta me dijo:
—¿Qué carajo está haciendo aquí a esta hora? ¿No fui lo suficientemente claro sobre la hora de su entrada? ¡Este recinto no es su casa para poder entrar y salir cuando a usted se le da la gana!
En ese momento, me di cuenta de que tenía dos opciones.
La natural que sería estallar y contestarle de regreso, diciéndole lo que pensaba: que aquello era inadmisible, que iba a avisarle al doctor Espronceda y a todas las autoridades porque sabía desde hace tiempo que algo oscuro estaba sucediendo en ese sitio.
La segunda opción apareció en mi cabeza cuando vi a uno de los visitantes.
No lo podía creer: era el mismo niño con el que había intentado entrevistarme en Zapopan.
El que de una manera u otra no había terminado de irse de mi cabeza desde aquel día.
Lo reconocí sobre todo porque él también me reconoció, lo vi en su mirada, y porque repitió el mismo gesto que en aquel momento había hecho: taparse la mano que estaba marcada.
Entonces actué. Actué un poco a la manera que ya lo había practicado durante largas horas con Andrea: contuve mi irritada sorpresa, y musité una disculpa que tenía que sonar arrepentida y asustada.
Que era mi culpa, que no sabía en dónde tenía mi cabeza, que por favor me disculpara.
Que no me quitara el trabajo porque realmente lo necesitaba.
Genina creyó que tenía otra vez el control de la situación, la furia comenzó a aminorar.
Sin esperar más y para que pensara que no había visto prácticamente nada, me retiré rápidamente y cerré detrás de mí la puerta de entrada.
Traspasé también el laboratorio contiguo hasta llegar al pasillo que daba al patio del Palacio.
E incluso una vez ahí, me dirigí hasta la esquina para esconderme detrás de uno de los gruesos pilares que se extendían por todo ese pórtico extendido.
Necesitaba ver salir a los niños —inevitablemente con Genina— para asegurarme de que en efecto se trataba del mismo niño.
Sin embargo, después de largos minutos y cuando finalmente llegó y pasó mi hora de entrada, ni los niños, ni Genina habían salido.
—¡Hola, doctora! —escuché a mis espaldas con el inconfundible acento a Carlos—, ¿jugamos a las escondidillas, ahora?
—Hola, Carlos, ¿qué tal? —regresé tratando de recomponerme.
Aun así se me quedó viendo un poco extrañado.
—¿Y?, ¿entramos o todavía no has terminado de contar?
Caminamos hasta la morgue. Avancé con paso lento a propósito.
Una vez adentro, me di cuenta de que estaba vacío y que todo estaba otra vez en orden.
Miré discretamente para todos lados sin encontrar nada fuera de lo normal.
Si no me hubiera presentado antes, jamás habría sospechado nada.
Para seguir disimulando lo que acababa de ver, le hice plática a Carlos que, como todos los días, ya estaba abriendo las ventanas y preparando café.
—¿Vienes de tu casa, Carlos?
—¿Qué?, no, no: estaba en la biblioteca leyendo. Llevo ahí todo lo que va de la mañana.
—¿En la biblioteca? Qué raro, yo también estuve ahí y no te vi.
Carlos se detuvo durante un momento en el que parecía que pensaba si decirme o no algo hasta que finalmente lo soltó:
—Doctora, creo que tengo que contarte algo.
Su frase abrió una compuerta. Me sentí aliviada y cómplice.
—Yo también debo contarte algo —le respondí, mientras resolvía que la única salida que el doctor Genina y su comitiva habían podido utilizar eran las escaleras que daban hacia la zona prohibida y que desde hacía varios días la puerta tenía colocadas unas rejas de metal sujetas por una cadena con candado.
Entre los dos pudimos darle un poco de forma al espacio que nos estaba vedado.
Eran muchas elucubraciones y poco sustento, es cierto, pero la idea de que ahí pasaba algo poco ético era el sentimiento común.
Una biblioteca prohibida y unas escaleras que llevaban a un sitio también clandestino.
Un acervo que contenía las materias más aberrantes sobre la niñez, provenientes de distintos siglos como me había dicho Carlos, y niños que desparecían por un pasadizo.
Además del exceso de cuerpos infantiles que cada día teníamos que poner en las mesas de mármol.
—Y en especial un niño que estoy segura de que lo vi en un contexto igual de extraño y tenebroso —le dije.
Tuve que contarle toda la historia. Andrea y las brigadas de Juana de Arco, el viaje a Zapopan, el desfile de la María Inmaculada.
Pero eso era todo lo que de momento teníamos.
Nada más. Durante esa jornada de trabajo, mientras trabajábamos en los cuerpos, elaboramos otras cavilaciones.
Suposiciones que no duraban demasiado tiempo como teorías, solo entre el espacio de suturar y rellenar una arteria menor.
Ese día, sin decir nada, me esmeré en trabajar con el único cuerpo infantil que nos tocaba.
Me empeñé en restarle lo macabro. A pesar de que no estaba indicado en las instrucciones, le cerré la quijada y los ojos, e intenté que los puntos no se notaran.
Incluso le puse un poco de mis propios cosméticos en su cara.
Por fortuna su muerte no había sido por golpes o disparos: una infección producida por una anemia cabalgante.
Le pedí mucho a Carlos: que le enderezáramos bien las piernas y las manos.
Que lavara a conciencia la piel mugrienta, que no le rasurara la cabeza, sino que solo le cortara el pelo lo mejor que pudiera.
Carlos entendió y no preguntó nada. Hizo todo a conciencia.