El Club Barba Azul #28
Los días siguientes aproveché dos golpes de suerte: que Carlos estuviera un poco más enterado que yo en el proceso de embalsamamiento, y que el doctor Genina no se presentara para supervisarnos.
Al parecer creía que un regaño a cada tanto era suficiente para que las cosas avanzaran por el camino que él quería.
Carlos y yo nos entendimos bien: tenía habilidad manual y yo aportaba con mis conocimientos anatómicos.
La regla, lo fuimos descubriendo, se basaba sobre todo en tapar y rellenar.
Suena burdo, pero llegaba un momento —y fue cuando comprendí el humor de Carlos— que era menester despersonalizar un poco los cuerpos con los que trabajábamos.
Concentrarnos únicamente en los rasgos físicos.
Suturar con el cauterizador cualquier herida, defecto o hueco natural que pudiera crear una fuga de líquido.
Aspirar humores, mucosas y líquidos sobre todo con los juegos de cánulas.
Introducir con una bomba neumática —recién adquirida— los líquidos preservativos en las cavidades más grandes.
Y luego con una jeringa, inyectar los preservativos locales.
Teníamos una lista, elaborada por el propio doctor Genina, donde señalaba qué partes eran fundamentales en cada uno de los cuerpos.
Cometimos varias torpezas, sobre todo en un principio, pero conforme avanzaron los días, el proceso se volvió conocido y comenzamos a hacerlo con mayor rapidez.
Carlos y yo nos entendíamos bastante bien en medio de los vapores del formaldehído y el metanol.
La soledad en la que trabajábamos era casi completa: a muy pocas personas les encantaba la idea de pasar un rato largo en la morgue.
Más adelante, cuando los carpinteros y albañiles terminaron de remodelar, las visitas de los estudiantes comenzaron a hacerse durante las primeras horas de la mañana, antes de que nosotros entráramos a trabajar.
Cada día teníamos una lista donde se especificaba el “cadáver” que debía quedar puesto en la plancha para la visita ya embalsamado con el fin de que no se corrompiera.
Ese era el último trabajo que hacíamos la tarde previa.
Los motivos de retrasos llegaban por donde menos esperábamos.
Genina era el encargado de aprobar los insumos que la escuela necesitaba, y entre ellos estaban los líquidos para embalsamar.
Cada semana teníamos una marca diferente.
Los últimos años, me fui enterando, se había provocado una especie de furor por el embalsamamiento.
Una obsesión, herencia del siglo pasado.
Las técnicas se iban especializando y el estigma de ese trabajo iba desapareciendo para ser tomado por los paladines científicos.
Así, muchas empresas comenzaron a desarrollar sus propios productos.
Y Genina era especialista en pedir muestras durante algunos días, prometiendo que si satisfacían los altos estándares que la escuela necesitaba firmaría contrato con esa farmacéutica.
Pronto entendimos que se trataba de un truco descarado para obtener insumos gratuitos.
En nuestra repisa aparecían y desaparecían todo el tiempo nuevos nombres: AJ Dodge e hijos, Dolge y Max Hunke, Argo Landau de Royal Bond, George B.
Dodge de Egyptian, Leandro Rendon de Champion.
¿Qué hacía Genina con el dinero ahorrado? Misterio.
Pero había un misterio mayor que no me atreví a externar ni siquiera a Carlos: la enorme cantidad de cuerpos que pertenecían a niños.
Me quedaba claro que los despojos que recibíamos eran reflejo de lo peor que estaba pasando en la ciudad y en buena parte del país.
Una guerra que no terminaba, una hambruna extendida y a la que no se le veía fin.
Y tal vez el número de infantes que día con día iba apareciendo ahí era parte de un relato que nadie contaba, en donde las víctimas más comunes eran los niños.
Peor aún, que esas bajas casi no contaban en las estadísticas y no eran una preocupación sustancial.
Sin embargo, la proporción no me cuadraba.
Aunque los niños fueran el grupo más vulnerable de todos, eran demasiados cuerpos pequeños.
Estaban entre los cinco y los 11 años. Muy pocos llegaban a la edad de delinquir.
Algunos tenían todas las características de la anemia, de la inanición, otros de la violencia física, pero en otros casos, resultaba muy difícil saber la causa precisa de la muerte.
Los rasgos de la mayoría eran indígenas y pertenecían a clases paupérrimas.
Aquello no era fácil de ver. Las reacciones de Carlos, cada vez que abría una bolsa de lona y encontraba otro cuerpo pequeño, era de absoluto silencio.
Ahí no había cabida para ninguna ocurrencia.
Ni una sola. Más de una vez lo vi intentando controlar una rabia sorda que lo volvía brusco en sus primeros movimientos.
Paradójicamente debía beber varios sorbos de café para lograr la tranquilidad.
A mí lo que me invadía cada vez que tenía que suturar golpes en un cuerpo pequeño o rellenar alguna cavidad era una enorme tristeza.
Cuerpos pequeños que necesitaban muy poco líquido, que en vida necesitaron muy poca comida, que requirieron muy pocos golpes para terminar donde ahora estaban.
Cuerpos menudos que necesitaban muy pocas agresiones para llenarlos de un temor inmenso, inconmensurable, gigantesco.
(Notas de Ángela de Lizardi basadas en el caso del señor Avellaneda)
I
El fracaso nos explotó en la cara. Ahora había que recoger las esquirlas útiles.
Y no se trataba de los fragmentos más inofensivos, sino los más punzantes.
El tratamiento del señor Avellaneda había fracasado, y justo por ello no debíamos archivarlo sin más.
Sus contradicciones, su pedantería, la negación de sí mismo eran los filos que debía registrar en papel.
El informe que su padre nos había entregado ahondaba en los dobleces de una personalidad muy compleja, pero también demasiado común.
Para escribir el ensayo iniciaría con una serie de notas y reflexiones que establecieran un hilo conductor claro.
El indicador más documentado sobre el alcoholismo es hasta el día de hoy su relación con el crimen.
El alcoholismo, como el que el señor Avellaneda tenía, solo aparece cuando engrosa las estadísticas de asesinatos o riñas.
De otra manera es un padecimiento mudo. Por lo mismo, en los últimos años, los burdeles, pulquerías y cantinas estaban en la mira de las instituciones que administraban la moral.
Si alguien sabía algo de burdeles, de sus entrañas y de los demonios que podía engendrar, tal vez era yo.
No por elección sino por contexto. Y sí: en el escenario de mi infancia había mucho alcohol, supongo que algunas drogas.
Por eso estoy convencida de que el alcohol no es una poción mágica que torna a los buenos en demonios.
Eso es descabellado. Los demonios podían mantenerse sobrios y, con la meticulosidad que un ebrio no tiene, destazar con lentitud a otra persona.
El reporte del señor Avellaneda indica que hubo demasiadas coincidencias mal tratadas.
Su padre escribió que, hasta cinco años antes de su muerte, se trataba de un muchacho perspicaz e incluso “más alegre de lo normal”.
En este punto es necesario preguntarnos si el error se encuentra más bien en la métrica familiar: ¿qué tanto es normal para que una alegría se manifieste?
¿A los cuántos decibeles es necesario bajar el volumen del júbilo?
Lo más cercano que tendríamos a ese límite tal vez sean la buena costumbre y la etiqueta que importaban mucho a la familia Avellaneda.
Frente a la imposibilidad de demostrar alegremente lo que sentía, el señor Avellaneda convirtió su homosexualismo latente en rampante depresión.
Sin embargo, por lo que sé, el hombre que torturó y mató a mi madre en el prostíbulo en el que trabajaba era correcto, poco alegre y entraba sin rasparse dentro de la denominación de “persona de buenas costumbres”.
Dicho de otra manera, cualquier violencia hacia sí mismo o hacia terceros, si se mantiene oculta dentro del volumen deseado, se piensa que no es un problema.
Y ese es, justamente, el mayor problema.
Un alud que en un inicio puede detenerse, y que conforme va arrastrando mayor represión, se vuelve incontenible, hasta estallar en un ataque de ansiedad o en un suicidio si las pulsiones son tan enérgicas como la contención.
En las líneas siguientes debería contar el rastro que ese desplome había dejado en la vida del señor Avellaneda.
Piezas de la memoria
Tenía una ventaja: mi velocidad con la lectura.
En menos tiempo del que había pensado, terminé toda la sección de puericultura de la biblioteca.
No fue muy difícil: en la clínica de Cuernavaca pasaba buena parte de mi tiempo leyendo literatura y manuales de medicina, de anatomía, estudios de caso, metodologías de diagnóstico y tratamiento.
Me gustaba. Me sentía cómoda y más segura que en el mundo de los vivos.
Claro que la teoría siempre es más reconfortante que la práctica.
Sin embargo, en este caso, una inquietud práctica motivaba toda la lectura contemplativa.
El excesivo número de cuerpos infantiles en la morgue y lo que había visto en Zapopan.
De pronto, llevaba varios días con una idea obsesiva en la cabeza: ¿quién estaba velando por los niños?
Todo el mundo hablaba de la guerra, de las bajas, de los ataques a la Iglesia, de los mártires laicos.
Pero los niños eran una cifra que no existía.