El Club Barba Azul #27
Cuando las revistas de moda pasaron por mis manos, me deleité.
Me di cuenta de que deseaba tener el aspecto opuesto al que me habían pedido en el colegio, y que en vista de que regresaba a trabajos con pruebas, químicos y diagnósticos, la libertad de movimiento era fundamental, me decidí entonces por ese American look .
Y no: no me recordaba a lo sufrido en la infancia.
—¡Eres toda una flapper ! —seguía la doctora Luisa mientras me veía y me tocaba las puntas de mi cabello.
—Pensé que era la única que leía esas revistas —le dije con complicidad.
—¡Ay, corazón!, estoy suscrita a dos, con eso te digo todo. Ven, ven: ahora es necesario que completes el estilo. Mira: este es un esmalte de uñas que pedí hace unos días. Es francés, de una nueva marca se llama Revlon. Es para ti.
—Doctora Luisa…
—Nada, nada. Y toma este labial. Es de Garnier. ¡Póntelo!
Cuando entramos a la casa, su entusiasmo no disminuyó:
—Rogelio, mira: ¡Ángela se nos ha convertido en toda una flapper !
—¿Una qué? —regresó el doctor Campuzano.
—Una mujer moderna y rebelde —contestó la doctora Luisa para aumentar con todo propósito la confusión.
El doctor Campuzano se me quedó viendo. Trató de entender durante algunos segundos, luego desistió. Ya había bajado los periódicos que estaba leyendo. Luego los puso en su mesa de centro y comenzó a hablar de las cosas que sí entendía:
—Bueno, Ángela, ¿cómo te está marchando la Escuela de Medicina?
Ya había pasado una semana desde que había regresado a vivir a mi propia casa.
Decidimos que el peligro con la célula Juana de Arco había disminuido —pero también creíamos que no pasaría por completo mientras la guerra durara—.
En mi día a día tomaba todas las precauciones de las que me acordaba: nunca regresaba al anochecer, veía por encima de mi hombro a cada tanto mientras caminaba rumbo a mi domicilio, y al llegar, la casera me daba un reporte del movimiento, porque le había inventado que tenía un molesto pretendiente que no me podía quitar de encima.
Tuve entonces que hacerle un resumen al doctor Campuzano. Le dije que Espronceda era todo un encanto y que Genina era un psicópata. Sobre todo le dije que me tenía que enseñar de manera muy rápida cómo embalsamar cuerpos.
—De ninguna manera —regresó el doctor Campuzano—, mañana mismo hablo con Espronceda, no te recomendé ahí para que te pongan a hacer labores macabras que muy poco te van a enseñar.
No le dije que algo extraño pasaba en el área del doctor Genina ni que quería investigar más a fondo. No lo hice porque ya estaba lo suficientemente atribulada por haberle contado mis aventuras con la facción cristera. Entonces lo que dije fue:
—Doctor Campuzano, le agradezco muchísimo su interés y protección, pero creo que lidiar un rato con los muertos me servirá para descansar de los vivos. Además, igual peco de soberbia, pero estoy segura de que sabré encontrar mi lugar cuando se den cuenta de mis cualidades.
—Mmhh, es un mundo de hombres, Ángela. Y un mundo con demasiada competencia. Entre abrazo y abrazo, las piernas se extienden para hacer caer al colega.
—Creo que, una vez entendido el proceso de embalsamar, me quedará tiempo para investigar en la biblioteca lo que realmente me interesa. El caso Avellaneda, el análisis de la infancia.
Nos dejamos tranquilos el uno al otro, pero antes de despedirme ese día me recordó:
—Si en algún momento te parece excesivo soportar a ese hombre, me avisas para hablar con Espronceda. Y Ángela, vete con los pies de plomo: ese Genina fue uno de los mayores detractores cuando hice la propuesta de la clínica en Cuernavaca.
—Tiene una idea muy positivista de la medicina, creo.
—Tiene una idea muy positivista de la vida. Yo estoy convencido de que extraña los días anteriores a la guerra.
—Pues no es el único.
—Pero en su caso la nostalgia se convierte en rabia práctica, querida Ángela. Su familia logró hacer mucho dinero las décadas anteriores a la llamada Revolución, y no de la manera más honesta. El día de hoy no son pobres, pero su fortuna se ha visto muy mermada… para sus parámetros.
—Sí, de alguna manera me estuvo restregando su nostalgia: asegura que es gracias a su familia que las mejoras del Palacio se han podido hacer.
—Exagera un poco, pero lo cierto es que su familia está repleta de médicos, abogados y empresarios. Ninguno de los profesionistas es mujer, por cierto. Así que ahí tienes seguramente una de las razones de su odio hacia ti.
—Y ¿cómo logró convencerlo de que aprobara su proyecto en Cuernavaca?
—Les conté que en el psicoanálisis de Freud había métodos basados en farmacología que daban excelentes resultados. Era un grupo afecto a las sustancias como prueba irrefutable del avance de la ciencia.
—¿Cuáles? —le pregunté rebuscando con mucho trabajo en mi memoria las drogas que Freud había usado con algún éxito.
—Cocaína —me dijo el doctor Campuzano con mucha tranquilidad.
—Doctor, ¡pero esa es una sustancia prohibida!
—Desde hace 20 años cuando en el país vecino se aprobó la ley de Pure Food and Drug Act, no en el momento que yo les conté de esos experimentos freudianos.
—Sustancia muy adictiva.
—Las malas lenguas que siempre tienen grandes orejas dicen que el doctor Genina la usa regularmente.
Pero tengo mi conciencia tranquila: la adicción siempre se presenta como consecuencia y no como causa, así que, si eligió esa droga porque yo se la presenté, es mera casualidad.
De no haberla probado seguramente sería adicto a cualquier otra sustancia.
Me le quedé viendo con los ojos bien abiertos, iba a agarrarme las puntas de mi cabello que era una especie de tic que me daba cuando pensaba demasiado, pero las puntas estaban varios centímetros más arriba de lo normal.
Me fui hacia el Palacio de Medicina pensando en muchas cosas, entre ellas si realmente había sido una buena opción cortarme el pelo tan corto.
Llegué dos horas antes con todo propósito. Tenía que investigar sobre el proceso para embalsamar. El doctor Campuzano me había hecho una lista de libros que tenía que consultar, y como siempre me tranquilizó:
—No es tan complicado, colega, verás que se trata más de rellenar con cuidado que de curar. Por obvias razones no vas a sentir la presión del enfermo, de lo que puede ocurrir si te equivocas.
A veces la dureza del doctor Campuzano me sorprendía.
No sabía cómo insertarla en el cuadro de una persona que se había dedicado toda su vida a ayudar a la gente.
Pedí a Karla, la amable bibliotecaria en jefe, si me podía ayudar con los libros sobre embalsamamiento.
Normalmente era una mujer muy solícita y capaz, pero ese día la notaba nerviosa.
Nadie puede tener solo días buenos, pensé.
Me senté en una de las mesas de madera oscura y, aún inquieta, Karla me trajo cerca de siete volúmenes del tema.
Alcancé a revisar solo cuatro. Lo único que me provocaron fue más desasosiego.
Me sentía como la alumna que tiene un examen en una hora y no ha estudiado nada.
Cuando vi en el reloj de la pared, apuré las últimas notas y salí de la biblioteca con un grave dolor de cabeza.
Al llegar a la puerta de la morgue me topé con Carlos.
—¿Todo bien, doctora? Estás más blanca que la pureza.
—Hola, me he pasado buena parte de la mañana estudiando sobre lo que ahora tenemos que hacer. No tengo nada claro.
—Bueno —me regresó mientras abría la puerta hacia lo inevitable—, yo pasé por lo mismo hace unas semanas.
—¿Y eso?
—Creí que me dejarían encargado a mí solo. Parece que nadie en Palacio quiere pasar tiempo en este calabozo. Me alegra que seas vos la que de entusiasta manera quiso venir para acá.
Le hice una mueca que me salió mejor de lo que había pensado.
—Venga, vamos a hacer esto juntos, que dos torpes pueden hacer más destrozos que uno. Te voy a ir contando lo que el doctor Genina no quiere que hagamos para que no le encrespemos los nervios más de lo que ya los tiene.
Carlos mostraba un poco más de seguridad porque tenía un poco más de experiencia. Eso me lo había dicho él mismo. Pero también en su actitud había cierto desenfado que en ese momento yo envidiaba. En cuanto llegamos, comenzó a abrir los cuatro ventanales que había en el recinto mientras me decía:
—Al doctor Genina no le gusta que abramos las ventanas porque dice que arruinan la piel de los cuerpos.
Luego fue a la estación que tenía la hornilla de gas, puso una tetera para hacer café y me dijo:
—Al doctor Genina no le gusta que comamos o bebamos en la morgue por riesgo a que derramemos algún líquido en los aparatos.
Finalmente, de un gabinete comenzó a sacar un cauterizador eléctrico, un soporte occipital y tres martillos que puso muy en orden sobre una de las planchas de mármol. Me dijo:
—Al doctor Genina no le gusta que usemos las planchas para poner otra cosa que no sean los cuerpos, asegura que el mármol se puede lastimar y que esas planchas deben estar libres de cualquier bacteria. Bueno doctora, empecemos: ¿ves todos esos aparatos que están cerca de la plancha número uno?
Los volteé a ver, ocupaban un espacio considerable.
—Pues no son ni cafeteras italianas, ni tinas de hidromasajes suecas porque nuestros pacientes ya no necesitan café para despertar, ni una sesión de relajación porque yo los veo bastante relajados ya.
—¡Carlos! —le dije sin poder reprimirme, aunque me sorprendí de que tuviera el mismo talante del doctor Campuzano.
—Perdón, perdón, sí fue una broma de mal gusto. Pero esas maquinitas son las que nos van a permitir hacer nuestra tarea. En poco tiempo te darás cuenta de que nos vamos a parecer más a mecánicos de coches de motor que a científicos altamente reputados.