El Club Barba Azul #26
Fui a la sección de “Adiestramiento”. Me centré en un nombre: Daniel Gottlieb Moritz Schreber.
Tomé uno de los volúmenes, El libro de los ejercicios para el cuerpo y el alma , y pronto me di cuenta de que se trataba de un libro de pedagogía del siglo XIX .
Uno infernal. Un manual sacado a partir de un conjunto de perversiones.
No podía llamarse de otro modo a lo que tenía en mis manos.
Me enteré de que el especialista había muerto en 1861, que había sido ortopedista, atleta y educador, y que había combinado todas esas disciplinas para el sano desarrollo de los niños.
En su libro indicaba que, antes de cumplir los dos años, los niños debían ser sometidos a varios métodos para aprender, sobre todo, disciplina.
Disciplina al estudiar, disciplina al comer, disciplina al dormir.
Para lograr ese fin se aplicaban castigos cada vez que el infante no respondiera como era debido: dejarlos sin comer, someterlos, golpes.
Un método consistía en colocar en el cuarto un pizarrón en donde se anotaría cada falta que había cometido en la semana, por más mínima que fuera.
Al final de esa misma semana, la familia se reuniría en torno al pizarrón para revivir los errores que el niño había hecho, echando mano de la humillación.
También eran imprescindibles entrenamientos físicos que desarrollaran la musculatura.
En sus propias palabras, la pedagogía era una mezcla de preceptos morales y religiosos que debían de ser combinados con principios higiénico-terapéuticos.
El método debía alternar la humillación y el castigo con momentos de recompensa o “benevolencia seductora”.
El resultado era una completa subordinación que, si me preguntasen, tenía mucho de sadismo.
Moritz Schreber ponía especial atención en la postura de los niños.
La espalda siempre debía estar recta, sin importar lo que estuvieran haciendo.
Para lograr con éxito esta misión, echó mano de sus conocimientos terapéuticos.
Pasé al dossier de imágenes. En una aparecía un niño y una niña sentados frente a una mesa, muy derechitos mientras comían gracias a un dispositivo: una tabla cortada según el contorno del cuerpo —más ancha en los hombros y en las caderas, más angosta en la cintura— y con una barra de metal que, a modo de diadema, sujetaba la frente.
La madera tenía orificios por donde pasaban cinturones hechos de cuero que también sujetaban al infante a la altura del pecho y de la cadera.
Otra imagen mostraba a una niña acostada en una cama de madera sin colchón, de la misma manera con correas que cruzaban en la frente, el pecho, las piernas y los tobillos y que la sujetaban al mueble.
La tercera imagen que alcancé a ver tenía como meta que los niños no hablaran ni lloraran, sobre todo en las sesiones de castigo.
El artilugio era básico pero efectivo: una especie de casco pequeño sujetado en la coronilla de la víctima —no encontraba ya otra palabra para definirlos— con dos pretinas que bajaban por ambos lados de la cara, y que remataban en una barbillera.
Las pretinas se ajustaban a modo de cinturón con tal fuerza que no permitían que la quijada de la víctima pudiera abrirse y, por ende, que de su boca no pudiera salir ningún sonido.
Mi cabeza me daba vueltas. Eran muchos los elementos que se me venían a la cabeza.
Podía entender la razón por la que esa biblioteca no podía ser de acceso público.
Pero me inquietaba que estuviera ahí, con volúmenes visiblemente nuevos, recién adquiridos mientras la Escuela de Medicina estaba inaugurando justamente una especialidad para atender a niños.
Si era un acervo de los procedimientos nocivos que no se deben hacer a la niñez, eran demasiados libros, demasiado espacio.
¿Qué tanto comulgaban los actuales médicos con estas prácticas propuestas hacía 60 años?
¿Qué relación tenía ese perfeccionamiento físico y mental con niñas como la de Nazarena?
Las dudas en mi cabeza me exigían que leyera más.
Llegué entonces a las recomendaciones que Mortiz Schreber hacía para los niños de tres meses y que llevaban por título “Admoniciones corporales”.
Bañarlos en agua helada, ignorando los llantos, para templarles el carácter, golpear fuerte y sin motivo su cuna, golpear de manera más moderada al propio bebé.
El resultado era que desde muy temprana edad el bebé entendía “quién era el amo”.
La técnica se agradecería porque más adelante bastaría una mirada o un gesto para que el niño se sintiera amenazado y se comportara.
Cerré el libro. Me sentía agredido. Cierto era que mi padre en la Argentina me contaba de las rudezas de mi abuelo, por ejemplo, pero creía recordar que estas se debían a los momentos en que perdía la cabeza, por el cansancio o la falta de paciencia.
No había en esos castigos una metodología construida con todo propósito, pensada con fría calma para escribirla en un libro.
A sabiendas de que el tiempo se me había agotado —lo veía en un reloj de cadena que los hermanos Vitela me habían dado en la Argentina “para impresionar a las pibas”— fui hasta las últimas páginas del libro.
Del interior se deslizó una tarjeta que dando un par de giros terminó en el piso.
Me incliné para recogerla con cierto temor.
Sabía que debía dejar todo tal y como estaba para que nadie sospechara que había estado ahí.
La iba a meter en su sitio con la misma velocidad cuando me di cuenta de que tenía anotaciones hechas a lápiz en forma de listado:
Se pueden aplicar los métodos del autor siempre y cuando se cuente con tiempo prudente para lograr el adiestramiento.
Es posible también aplicar los aparatos que el autor no puso en su estudio como la caja de pinchos para que los niños no volteen a los lados y mantengan siempre la atención.
Tomar como límite de resistencia los casos del hijo del autor. En la medida en que uno se suicidó y el otro terminó en un psiquiátrico, es necesario leer las memorias del último para saber cuándo detenerse.
No desechar los sujetos defectuosos ya que, en algunos casos, existe interés en su adquisición. Reforzar las medidas de disciplina en estos casos.
Importante: solo compartir las notas finales del proceso con el primer círculo del Club Barba Azul.
No sabía si podía estar más alarmado. Los ejemplos del ortopedista no eran una consigna para evitarlos, sino más bien consejos para tomar y aplicar.
Incluso en los “sujetos defectuosos”. Metí el papel en el volumen, dejé el libro en su lugar, con mucho cuidado, con mucho asco y con mucho miedo.
Si Karla era puntual, me quedaban menos de tres minutos.
Recorrí los anaqueles que no había visto para revisar las otras materias señaladas.
Ahí encontré la sección a la que hacía referencia la nota: poco más de 50 ejemplares bajo el título de “Sujetos defectuosos (ventajas y desventajas)”.
Miré rápidamente los lomos y me encontré el libro de John Langdon que había leído hacía algún tiempo.
Los “sujetos defectuosos” eran los niños como la hija de Nazarena.
Ya no había tiempo ni siquiera de sentir enojo, solo quería hacer una cosa más: casi por instinto, fui hasta los últimos libreros que estaban más cerca de las paredes.
“Un pasadizo lleva siempre a otro” había escuchado en algún momento, y el dicho no me defraudó: justo en la pared opuesta a la puerta de entrada, había un portón más.
También cerrado. Hice cálculos arquitectónicos: si mi capacidad de ubicación era la correcta, la biblioteca secreta estaba debajo de la morgue, lo que quería decir que la nueva puerta cerrada daba directamente al espacio que el doctor Genina guardaba con tanto celo.
En ese momento escuché que Karla entraba al lugar, y me llamaba con voz urgente pero discreta. Salí de donde estaba y fui hacia ella. Oculté todas mis preocupaciones con una sonrisa. Era necesario regresar en los días siguientes.
Líquidos para embalsamar
Cuando la doctora Luisa me abrió la puerta, lanzó un gritito que no supe si era de susto o de alegría.
—¡Te cortaste el pelo! —me dijo señalando lo obvio.
—Pues me dijeron que era la última moda, y creo que es la primera vez que hago algo que la moda dicte —le contesté.
Viendo revistas me di cuenta de que en Estados Unidos las mujeres de mi edad se estaban recortando el cabello por encima de los hombros.
Además de que se aficionaban a los suéteres largos y ceñidos, y de sus cuellos colgaban collares largos llamados Dutch .
Por alguna razón me gustó el estilo. La relación con mi pelo siempre había tenido poca interacción.
Toda mi infancia lo tuve corto: así mi madre tenía menos trabajo y evitaba el deseo de terceros porque parecía más un niño que una niña.
En los internados se volvió más corto todavía: era la política higiénica contra la pediculosis.
Fue hasta la clínica que comencé a llevarlo largo.
Tal vez el primer momento en el que tuve decisión propia con mi manera de verme.
Conforme fui atendiendo pacientes, revisando pruebas y escribiendo diagnósticos, el pelo se entrometía en mis tareas, así que vivía con una cola de caballo casi todos los días.
Esta forma de peinarme desapareció al momento en el que entré al colegio de señoritas porque, una vez más, mi aspecto no dependía de mí, y existían vigorosas sugerencias.
Las maestras debíamos llevar el pelo largo, suelto, sujeto solo por una diadema y cepillado hasta el punto de parecer obsesas neuróticas que solo podían paliar su angustia con los peines y peinetas.