El Club Barba Azul #25
La verdad que solo en México, che. Mirá que utilizar un mismo edificio para dos actividades tan contrarias.
Un Palacio de Medicina que antes había sido de la Inquisición.
Primero el oscurantismo, luego la pasión por analizarlo todo.
Primero la guerra contra la ciencia y después la ciencia médica como única verdad.
Me imaginaba al Palacio de la Inquisición oscuro, con paredes enmohecidas, con ratas y sin luz.
Tinieblas en las celdas de los prisioneros y en los cuartos de los inquisidores.
Y luego, al evocar al Palacio de Medicina, la verdad es que lo recuerdo más luminoso de lo que realmente es.
En mi cabeza vuelvo más potente la luz eléctrica, los rayos del sol que pasan por las ventanas con los postigos ya abiertos.
Ya no lo imagino como un cascarón lúgubre, sino con el personal que se pasea por todas partes vistiendo batas blancas —a diferencia de las negras túnicas que me imagino en los inquisidores—, escucho risas en donde antes había lamentos desgarradores.
Sin embargo, las oposiciones se tienden puentes.
Eso lo vi en la Argentina, y lo veo acá.
Si uno observa con detalle a los médicos decanos, la mayoría adopta el mismo aire de un inquisidor.
Un poco de desprecio, un poco de hartazgo, muchas órdenes repartidas entre el séquito de seguidores que siempre los acompañan.
Y luego la certeza. Hay demasiada certeza en los diagnósticos y su remedio.
No se vale dudar de lo pronunciado como si el enfermo fuera un pecador que, sin dudarlo, merece castigo.
Desde que hice mi descubrimiento en casa de Nazarena —que no Natalia Constrictor—, llegaba un par de horas antes a mi trabajo y me escondía en la biblioteca.
La bibliotecaria titular venció sus inseguridades para dejarme pasar cuando eché mano de los encantos que supuestamente utilizaría para engañar a mexicanas y llevarlas a mi país.
Pero creo que estos engaños tienen un final más loable.
Me interné en tratados de la locura y de las enfermedades mentales que entendía a medias.
La división y especialización por afectaciones era una novedad.
Hasta hace un par de décadas, en el hospital de San Hipólito, los criminales compartían espacio con los débiles mentales, los violadores con las mujeres que padecían histeria, los pedófilos con los huérfanos.
Pronto me di cuenta de que lo que leía eran más bien experiencias, anécdotas clínicas que aventuraban algún remedio que poco tiempo después alguien refutaba para proponer uno nuevo.
En medio de esta disputa estaban aquellos que aseguraban que los males mentales eran producto enteramente físico, y aquellos que, por el contrario, aseguraban que los problemas mentales eran exclusivos de la psique.
Perdido en esos laberintos, solía poner en las bandejas libro tras libros con mucho desánimo. Fue hasta la segunda semana que la bibliotecaria, viendo mi rito del agobio, se acercó y me dijo:
—Te noto perdido, ¿qué estás buscando?
—Busco información sobre una enfermedad mental, algunos le llaman cretinismo y otros, mongolismo. Quiero ver si algún especialista ha encontrado alguna cura, algún tratamiento —le dije mientras revisaba lomo tras lomo en la sección de libros de psiquiatría.
—Ya —me dijo la bibliotecaria que parecía distraída.
—En realidad —continué—, el último nombre que se le ha dado es…
—¿Te refieres al síndrome de Down? —me atajó rápidamente la piba. La volteé a ver sorprendido y vi en su cara una sonrisa.
Soy un caradura. De pronto los libros que estaba revisando habían perdido su atractivo, y la bibliotecaria se convirtió en el ser más encantador de todo el Palacio.
—¡Pero si sos un ángel, Karlita! Y además un ángel instruido, caramba.
¿Cómo es que sabés del síndrome de Down?
Yo creía que apenas los más altos especialistas tenían una ligera idea del término —le dije.
En la mayoría de las situaciones, trataba de someter mi acento argentino para que la gente no se cebara conmigo, pero en este caso, lo subrayé a propósito.
—Carlitos, Carlitos —me regresó entendiendo mi trampa cazadora, pero sin negarse al juego—, ¿crees que una bibliotecaria de medicina ve a los libros cómo objetos? ¿Qué crees que hago todo el día cuando no estás aquí y no te tengo que dar servicio personalizado?
—Me matás, Karlita.
—Mira, te voy a llevar a una sección que supuestamente no te debo llevar, pero de cualquier manera tampoco se supone que deberías estar aquí.
Con una mirada elocuente señaló mis cosas para que las recogiera.
Revisó que no hubiera nadie más en la biblioteca y caminó hacia el fondo del recinto.
Iba en silencio y yo la imité. Llegamos justo a la última estantería que, al igual que las otras, iba de piso a techo.
Yo siempre pensé que estaba pegada a la pared del fondo.
Ese día me di cuenta de que no era así. Justo atrás había un espacio de medio metro cuando mucho.
Por ese pasadizo nos metimos. A mitad de la pared había una puerta muy discreta de madera y con bordes de metal.
Karla metió una de las llaves y la puerta cedió.
Me indicó con la mano que la siguiera. Mientras avanzaba pensé que en los últimos días había dedicado demasiado tiempo a entrar a sitios prohibidos.
Llegamos a una sala que también era una biblioteca.
Pero parecía una biblioteca personal. Siete libreros no tan grandes como los de la sala general, aunque de respetables dimensiones, rodeaban una mesa de trabajo que tenían en el centro vasos de cerámica con lápices y plumas, incluso había papel para hacer anotaciones.
—Esta es una biblioteca a la que solo pueden entrar algunos de los médicos del colegio, Carlitos.
Me estoy jugando el pellejo al traerte aquí —esto último me lo dijo fingiendo una seriedad y peligro que me dieron ganas de apretarle sus cachetes—, es un acervo especializado en la infancia, vas a tener que buscar el libro tú solo porque no puedo ausentarme tanto tiempo de mi puesto y no tengo idea de la clasificación de estos materiales.
—Pero ¿por qué estaría aquí entre las materias de niños los de síndrome de Down?
—¿Conoces a alguien que lo tenga y que sea mayor de edad?
Tenía toda la razón.
—Te dejo aquí y cierro la puerta. Luego vendré por ti, ¿cuánto tiempo necesitas?
—Y, solo tengo una hora más antes de subir a trabajar a la morgue.
—Pues regreso en 50 minutos más o menos, ¿está bien?
—Perfecto, piba.
—¿No necesitas ir al baño? —me preguntó, y otra vez quise pellizcarle los cachetes.
—Estoy perfecto, che, no te preocupés.
—Y Carlitos —me dijo mientras ya iba rumbo a la puerta—, no tienes que exagerar tu acento conmigo, en eso puedes relajarte un poco.
Me quedé con una sonrisa y cuando desapareció comencé a revisar los libros.
Una biblioteca secreta dedicada a los niños.
Sabía que entre las nuevas ramas del colegio estaba la puericultura, lo que no sabía era por qué estaba rodeada de tanto misterio.
Recordé lo ocurrido dos días atrás. El despliegue de crueldad de Genina con la nueva doctora frente a un cadáver infantil rígido, renunciando a cualquier tipo de ternura.
¿Por qué tanta secrecía? En cuanto comencé a ver los rotuladores de los estantes que dividían a los libros por materias comencé a entender.
“Higienización”, decía un rótulo con letras mayúsculas.
Otro señalaba “Adiestramiento”. ¿Qué era eso?
¿Entendimiento de la infancia o sometimiento?
Seguí avanzando, me detuve en “Hechicería”.
No pude reprimirme, se me olvidó el objetivo primordial por el cual estaba en ese lugar.
Comencé a revisar los volúmenes que estaban bajo el último letrero.
No se trataba de estudios contemporáneos, ni siquiera del siglo anterior.
Eran compendios de brujería que tenían como centro algún elemento infantil: cabello, uñas, sangre.
Los resultados buscados eran la permanencia de la juventud, la fortaleza de algunos órganos, los amarres amorosos.
Sin embargo, que estos libros fueran escritos hacía más de 200 años tenía el atenuante de la inocencia.
Era muy difícil tomárselos en serio. Curiosamente, en un gabinete especializado en niños, esos materiales no levantarían sospecha: podrían formar parte de la bibliografía para un estudio de la figura del niño a lo largo de los años.
Los yerros cometidos en el pasado, las supercherías que debían evitarse.
No pasaba lo mismo con la selección de libros más recientes.