El Club Barba Azul #24
—Nada —mascullé sin poder ocultar el miedo—, solo reconocer el área donde voy a trabajar.
—Reconoce todo lo que quieras, pero esas escaleras están prohibidas para ti o para cualquiera.
De hecho, en la medida en que pasarás aquí el resto de tus días —así lo dijo—, te hago responsable de que nadie se acerque a esas escaleras.
Abajo tenemos los aparatos más sofisticados de anatomía patológica.
Instrumentos que no más de cinco saben operar en este lugar.
¡Y ponte ya a trabajar para no dejar mal parada la recomendación del doctor Campuzano! Aquí hay mucho que hacer.
Se fue utilizando sus consabidas zancadas. Antes de perderle por completo la pista escuché que desde el laboratorio de al lado le gritaba a uno de los trabajadores:
—¡Llevo tres días pidiendo que pongan la puerta de las escaleras! ¡Si no está lista para mañana despídanse de este trabajo!
Hasta entonces pude relajarme. Me sentía agotada.
Apoyé mis dos manos en una de las planchas vacías y la sentí helada.
Bajé la cabeza. Haber salido al mundo en aquel momento parecía un despropósito.
Fanáticos traficando armas, religiosos martirizando laicos, laicos bombardeando efigies, médicos enervados hasta el punto de la histeria.
Era una realidad demasiado convulsa. Por breves instantes quise tener la edad del doctor Campuzano, de la doctora Luisa, de Sebastián.
Estar ya lista para guardarme en casa, para salir lo menos posible.
—Vaya acólito de la ciencia nos ha tocado, ¿no?
Sin darme cuenta, Melquiades estaba casi a mi lado. Levanté la vista. Su acento me permitió distraerme de mis turbaciones. Me estaba extendiendo una taza.
—Es una infusión. En un principio pensé en ofrecerte café, pero creo que los nervios ya los tenés lo suficientemente crispados.
No me quedó más que sonreír y aceptar la taza.
—¿Tú no eres mexicano? —fue lo único que pude decirle.
—No, no, soy de la Argentina.
—¿Eres enfermero o laboratorista?
—Y… ninguna de las dos. Soy también un recomendado —me sonrió sin ningún afán de evidenciar nada. Se lo agradecí en el alma.
—Entonces ¿tampoco eres experto en embalsamar cuerpos?
—Creo que vamos a tener que aprender juntos —me dijo aún con un buen semblante—, pero ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Que por nuestro desempeño el doctor Genina se enoje? Eso ya lo tenemos asegurado.
—Tienes razón, Melquiades.
—No, decíme Carlos, todos los amigos acá me dicen Carlos, por Gardel, ¿sabés? Y ya me he encariñado con el ridículo apodo.
Los mármoles de Tepeaca 3
(Redactado en inglés)
New York, E.U.A., 20 de marzo de 1926
Estimado primo:
¿Cómo te encuentra esta carta? ¿Tu mujer y tus hijos están bien? Espero de corazón que así sea y que las revueltas religiosas en México no los agarren mal parados, aunque ya me dejaste claro que es gracias a ellas que la competencia casi se ha esfumado.
¡Vaya orgullo sentí hace poco por nuestro mármol!
Tras haberse concretado finalmente el trato con la familia Bowman, me invitaron para que viera los avances de su nuevo hotel, y ahí en la recepción principal puede ver el piso y las columnas hechas con nuestro material.
Verlo de manera palpable, me espetó en la cara nuestro éxito.
¡De Tepeaca a N. Y., primo! No es poca cosa.
Los Bowman están satisfechos. Me han sugerido que comprarán mármol y ónix para sus futuras construcciones, siempre y cuando les hagamos una buena oferta.
Creo que estaremos en la posibilidad de hacerlo.
Pero hablemos del otro negocio. ¡Los muralistas de México están siendo un gran negocio!
Hay que dar gracias a Nelson Rockefeller.
Desde que destruyó el mural de Rivera en el Rockefeller Center, los pintores de Nueva York apoyan el arte de nuestro país con entusiasmo y sin reparos.
Ya sabes: la rebeldía que se sabe vender.
Nuestra prima ya me había referido la historia, pero no creía que el impacto fuera así de mayúsculo.
Me he dedicado las últimas semanas a gastar la suela de mis zapatos en los círculos de artistas plásticos, y la opinión es casi unánime: no había derecho a que los Rockefeller destruyeran la obra del mexicano, dicen, más aún cuando Picasso o Matisse declinaron para que fuera Rivera el artista encargado de ese proyecto.
Me contaron la historia completa: todo iba bien hasta que al necio de Rivera se le ocurrió pintar a Lenin del lado del socialismo (en contraposición al capitalismo), y eso fue demasiado para la familia. ¿Quién puede culparlos?
Entonces, me hice pasar como un conocedor de los muralistas más acreditados por acá (Zárraga, Rivera, Siqueiros y Orozco), incluso les dije que era amigo de ellos.
Eso valoriza mucho: desde que la Gran Guerra terminó, nuestra corriente artística se ha cotizado sobremanera.
¡Imagíname hablando de pintores y piezas!
En fin. Pude recoger una opinión que parece extendida: los compradores se lamentan de que el formato de estas pinturas las vuelve inasequibles, y que el costo para que alguno de los “grandes” les pinte algún muro de su casa es estratosférico.
Puedo jurar que me brillaron los ojos. Nuestro negocio les pondrá al alcance de sus manos la estética muralista.
Pero todavía no he soltado prenda, muy al contrario: me he dedicado a alimentar su dolor.
Les cuento de la maravilla que significa en la ciudad de México caminar unas cuantas cuadras para “revisar los múltiples detalles de un mural de Siqueiros o Rivera”.
Las fotografías que me enviaste por correo me sirvieron para hacer varias soirées .
Que a la inaugural haya venido el Dr. Atl para dictar una conferencia ayudó muchísimo.
Te lo digo para que no extrañes demasiado las monedas que gastamos en el viaje y que, de nueva cuenta, debemos verlas como una importante inversión.
La idea era sencilla: después de tres reuniones podría saber con mayor exactitud quiénes eran los verdaderos interesados en nuestro negocio.
Cobijado por las Grand Central Art Galleries, llegó todo el mundo: conocedores, entusiastas y aquellos que sabían que esa noche aquel era el lugar donde había que estar.
La segunda reunión me sirvió de criba, pero contrario a lo que podrías pensar, quienes faltaron fueron los especialistas, los “entendidos”.
Los entusiastas y la gente de posibles en el medio (que no son muchos) estaban presentes, aunque el cartel no fuera tan atractivo como en su primera ocasión.
En la tercera reunión yo mismo dicté la conferencia.
¡Como lo oyes! Pero no se trataba de vanagloriarme.
Esto, ambos lo sabemos, es business as usual .
Mi conferencia versó (jeje) sobre la imposibilidad de hacerse con obras originales del muralismo y lo que esto implicaba.
Hablé de la magistral (je) manera en que los muralistas habían rescatado un pasado y una realidad mexicana que durante tanto tiempo había estado cubierta del polvo del olvido (¿qué tal?), que descubría una novedosa estética india que no hacía otra cosa que retratar la vida cotidiana de los pueblos de México.
Lo que en N. Y. era extraordinario, les expliqué, tenía su origen en la cotidianeidad del México rural.
El tono de la piel cobriza, los rasgos mayas, los textiles de vivas tonalidades (te juro, primo, que todo eso dije).
Para ello fue que te pedí esa cantidad de ropa y artesanía india.
Mi intervención transcurrió rodeada por los objetos que dispuse como si fueran obras de arte en una galería de la Quinta Avenida.
Al finalizar, serví generosos cocteles (siempre acompañados de la más cuidada discreción) hechos a base de tequila y esperé un poco.
Dos horas después me quedé con un selecto grupo.
No más de 20 personas pertenecientes a esa alcurnia que solo el dinero puede dar.
Ya en un escenario de confidencialidad, avancé y les dije que en la siguiente exposición solo aceptaría a un grupo de invitados muy reducido.
Que se trataba de una muestra excepcional para los criterios más distinguidos y liberales.
A todos les picó la curiosidad. Me preguntaron por qué razón sería una reunión tan cerrada y les contesté que la propuesta podía agredir a las moralidades más endebles.
Más curiosidad. Además, rematé, va a ser una exposición donde se podrá adquirir obra con acento en el muralismo.
Quedaron prendados, querían más datos. Contesté que era necesario solicitar por escrito la información que mandaría después de haber firmado una cláusula de confidencialidad.
Ocho la pidieron en el acto, y cuatro más dijeron que lo pensarían.
Nada mejor que tener clientes expectantes, querido primo. Y te digo que vamos por buen camino. Tenemos que afinar los detalles del traslado de la mercancía que debe llegar dos semanas antes de la gran muestra para que pueda dejarla a punto.
Como puedes notarlo, me embarga la emoción.
Estoy convencido de que, además de un buen negocio, estamos explorando una veta que nadie antes se había atrevido a comercializar.
Ahora te toca a ti. Necesitamos concretar lo más pronto posible las rutas para que llegue hasta acá la mercancía.
Centrémonos en lo que acordamos: usar las mismas vías que hemos utilizado para llevar a México las M1911 y las “bebidas refrescantes” hacia este lado.
¿Has podido hablar con los propietarios de las vías?
¿tendremos el espacio que necesitamos? ¡Recuerda que deben llegar a Houston y no a N. Y.!
Te mando un abrazo inmenso desde este lado de la frontera para que repartas entre tu esposa y tus hijos. Haz el favor de darle todos mis cariños a mi madre que todavía debe estar por allá.
Muy cariñosamente, tu primo E MILIANO B ERRONDO -L EMONTRIP
Diario de un seductor 3