El Club Barba Azul #23
No sabía cómo reaccionar. Mi experiencia histriónica no serviría de mucho ahí: tarde o temprano tendría que demostrar lo que actuaba. El único rasgo calculado que pude desplegar fue el de la seriedad. Luego me dijo:
—Una cosa más, doctora, y para que nos quede a ambos claro desde el principio: no confío en que las mujeres puedan ser médicos —alcé la vista como pidiendo perdón—.
Le digo la razón: en momentos de crisis, las mujeres son incapaces de retener su histeria.
Y la histeria no ayuda en momentos cruciales.
Son un peligro. Pueden ser buenas enfermeras siempre y cuando sigan con precisión las indicaciones de un verdadero doctor que mantenga la calma.
Por lo mismo ya decidí en qué área me va a ayudar: en la morgue.
A los muertos no le podrá hacer demasiado daño, espero.
Sin esperar la réplica de una histérica, volvió a su apresurada carrera, y comenzó a tutearme.
—Te voy a enseñar solamente las áreas que estamos inaugurando. Necesitamos que queden lo más adecuadas posibles, el resto del recinto lo tendrás que visitar por tu cuenta, cuando tengas algún tiempo libre.
Me hizo un rápido repaso por los espacios generales que ya había visto, “hace algunos años se quitaron las balaustradas de bronce y pusieron estas de mampostería, horrendas si me pregunta”, me iba señalando los cambios como recitando de memoria y con fastidio la información de un tour turístico.
“De esa época también es este enorme tragaluz que cubre el patio y que no tiene que ver con nada”, no se detenía en su neurótica carrera.
“Hace 10 años se adquirió la exresidencia de los inquisidores y ahí se colocaron algunos de los laboratorios, si me pregunta se tendría que haber quedado como una sala inquisitorial para castigar a los ineptos que no entienden la importancia de la ciencia médica y la higienización”.
Comencé a caminar más lento con todo propósito.
Estaba cansada del ejercicio y de los malos modos.
Genina siguió avanzando y parloteando hasta que, con cuatro metros de distancia, se dio cuenta de que estaba hablando solo.
Se detuvo, dio media vuelta y me puso la mejor cara que su indignación pudo construir.
Yo también me detuve sin avanzar, y con mis manos hechas nudo sobre mi pecho.
Las recomendaciones laborales, creía entender, no eran para ser maltratada.
Eran garantía de cierta calidad de la contratada.
Con el mismo ímpetu, Genina regresó dando zancadas.
—¿Te pasa algo?
—Me duele un poco el tobillo, es todo.
El resto de la caminata ya se pareció más a un paseo civilizado.
Lo que nunca fue civilizado fue el tono de Genina.
Llegamos a un ala en donde estaban derribando algunas paredes para hacer la conexión con el cuerpo principal del Palacio de Medicina.
Seguíamos en el segundo piso y cuando me hizo pasar en medio del polvo y la cal blanca, pude ver cómo el sol entraba formando rayos por los grandes ventanales.
—Esta casa pertenecía al Colegio Francés —me dijo Genina que ahora había sustituido su tono rasposo por uno cargado de dignidad—, aquí va a estar el laboratorio de microbiología.
Mi familia era dueña en parte del colegio y tuve que interceder para que la transacción fuera ventajosa.
En realidad, se trató casi de una donación.
Mi familia entiende de ciencia y le gusta contribuir al avance de este pueblo tan lleno de vicios.
Mientras lo escuchaba, me preguntaba si Genina no habría sido diputado por su forma de hablar. Pero luego me quedó claro que su pedantería era más bien culpa de la genética.
—Mi familia quería que me dedicara a las leyes o al comercio que son los oficios naturales de nosotros. Pero los convencí de que el progreso también se encuentra en la medicina.
Avanzamos a un segundo recinto de ese nuevo anexo. A diferencia del anterior, ya estaba bien montado.
—Aquí están el aula y laboratorio de histología, tienen los equipos más modernos porque tanto el doctor Espronceda como yo mismo nos dimos a la tarea de no escatimar para adquirirlos.
Llegamos a una sala más. La última del segundo piso. Genina gastaba más saliva en pedantería. Creí que con escucharlo ya saldaba el castigo que mi novatez me estaba haciendo pagar. Estaba equivocada.
En el último espacio estaba la recién remodelada morgue. Veinte planchas de mármol llenaban el recinto, las más cercanas estaban vacías, en las más lejanas se podían ver cadáveres. Genina se dio cuenta de mi respingo y, fingiendo no disfrutarlo, me dijo:
—Las planchas de mármol también fueron una donación de mi familia. Por eso es justo que coordine las adquisiciones y maneras de operación de estos nuevos sitios. He invertido mucho tiempo en modernizar esta institución.
El olor a formol lo inundaba todo. Amenazaba con provocar desmayos.
Desde algún tiempo atrás ya me había enfrentado a la muerte que atenaza un cuerpo hasta la rigidez, o la muerte que no respeta la unidad del cuerpo.
Pero mi inexperiencia médica se convirtió en temblorina frente a ese espectáculo que era macabro, majestuoso y numeroso.
Nunca había visto tantos cuerpos en un solo lugar.
—Este es el sitio que quiero que coordines, doctora Lizardi —me dijo mientras las comisuras de sus labios no podían reprimir su satisfacción.
—¿Qué necesita que haga aquí, doctor Genina?
—No mucho: revisar los cadáveres —estoy seguro usaba esa palabra con todo propósito— y hacer un inventario.
En qué condiciones se encuentran, si los tejidos no presentan un estado de putrefacción elevada, y si así fuera qué partes todavía son útiles para su estudio.
Luego también se encargará de embalsamar.
No me iba a abatir. Si alguien había sentido la compañía de un cadáver era yo.
—Perfecto —le contesté apretando mis piernas para eliminar las sacudidas de mis rodillas—, ¿sabemos cuántos cuerpos son?
—Son y van a seguir siendo, doctora Lizardi: cada semana recibimos al menos una docena.
Los saldos del crimen de esta ciudad. Gente sin educación y con muchos desenfrenos que nadie reclamó a la hora de su muerte.
Así que la minuciosidad que tenga con ellos no debe minar la velocidad con la que los procese.
En ese momento pasó uno de los enfermeros. Comenzó a verter más formol en unas tinas pequeñas que, descubrí hasta entonces, se encontraban dispuestas a lo largo del piso de la estancia. Sin prestarle atención, Genina me pasó un cuaderno:
—En estas listas vas a anotar la entrada de los cadáveres, y los vas a disponer en dos columnas: los que sirven y los que no.
De los que nos sean útiles, apuntas cuáles deben ser embalsamados y cuáles pueden aguantar en su estado natural el tiempo prudente para ser estudiados sin alterarlos.
Supongo que, como todo médico, sabes embalsamar, ¿no es así doctora?
Te habrán enseñado en la clínica del doctor Campuzano.
No sabía, nunca lo había hecho.
—Claro, lo que no sé es si me daré abasto dada la cantidad de cuerpos que me dice que llegan —dije, suponiendo que la labor no sería sencilla aun para alguien versado en esas tareas.
—¡Uf! Y a veces son más. Los fines de semana pueden llegar a más de 20 en tres días.
Pero no te preocupes, bajo tu dirección, Melquiades aquí presente te asistirá, solo que él no tiene experiencia, así que la responsabilidad de la conservación de los cadáveres es por entero tuya.
Por cierto, no te he preguntado, ¿cuál es tu especialidad?
—Puericultura médica.
Se me quedó viendo con una mezcla de desprecio y de asombro.
—Niños, ¿no es así? Una ciencia nueva, te interesará saber que es una rama que estamos inaugurando en este recinto.
Aunque debo advertirte que, a diferencia del corte psicológico que me dicen que tenía la clínica de doctor Campuzano, aquí nos centramos más en la fisiología y la anatomía. Toma, por ejemplo, este caso…
Con su paso decidido me llevó a otra de las planchas de mármol que estaba al fondo del salón.
Sobre ella había una bolsa que parecía un costal por el material con el que estaba hecha y por su tamaño.
De uno de los costados desamarró un cordón de plástico y luego pasó al otro extremo del costal.
Lo jaló con fuerza de las puntas hasta deslizarlo por completo.
En la plancha de mármol quedó completamente descubierto el cuerpo de una niña no mayor a los 11 años.
Por la manera en que fue deslizada fuera de la bolsa, los brazos le habían quedado por encima de la cabeza, pero no estaban rectos: el rigor mortis le había doblado los codos y los dedos se encontraban en garras.
Su piel era color cenizo, pero yo no podía quitarle los ojos de los labios que estaban prácticamente negros.
—Tienes mucha suerte: a últimas fechas nos están llegando los cadáveres de muchos niños.
Estos años de hambre matan a muchos en la ciudad y además en provincia la guerra no ha cesado, lo que también hace repuntar la llegada de niños.
—Genina no estaba siendo irónico, creía, en efecto, que la Escuela de Medicina estaba de suerte.
Tuve que pasear mis ojos por otros lugares.
Mientras lo escuchaba, me resultaba insoportable ver el cuerpo de la niña.
Cosificada, pensada como un golpe de suerte.
Vi que Melquiades manipulaba varios químicos en una de las mesas al otro lado del anfiteatro.
Estaba en silencio, pero nos daba la espalda solo a medias, atento con toda discreción a lo que estaba ocurriendo.
Luego observé en un rincón unas escaleras de caracol que descendían hacia la planta baja.
El impulso de alejarme de aquel cuerpo y del propio Genina, me hizo ir hacia esas escaleras. De inmediato ocurrió una explosión.
—¡¿A dónde crees que vas, doctora?! —fue la primera vez que Genina gritó. Me detuve completamente.