El Club Barba Azul #22
—Soy doctora si no le molesta, y estoy sobrecalificada para el puesto que me dio.
—¡¿Me has estado engañando?!
—No más que usted a mí. Yo me retiro de esto. Entregar estas armas es contribuir a la masacre. Dios no tiene nada que ver con esto.
—¡Estás blasfemando! ¡Yo, que te di toda mi confianza!
—Y por eso le digo lo que escuché, para que sepa exactamente lo que está haciendo, a lo que está contribuyendo.
Tiré al piso el resto de las pistolas que me quedaban. Lo hice con desprecio, ya no estaba actuando nada. Me di media vuelta. Ya me dirigía hacia la puerta, cuando la escuché vociferar:
—Tú no crees en Dios, no tienes fe, ¡eres nuestra enemiga!
Vaya declaración de guerra, pensé todavía envalentonada.
—No creo en la Virgen Inmaculada de la Salud, tampoco creo en la Generala, pero si existe un Dios, tenga por seguro que entre sus planes no está que esclavicen niños, ni que destacen mujeres, ni que las violen, ni que las maten.
—¡Hiciste un voto de silencio! ¡No puedes contar nada o vas a sufrir las consecuencias!
Mi valentía entonces menguó. Supe que tenía que salir de Zapopan lo más pronto posible, incluso sin recoger mis cosas.
No quería volver a saber nada de Andrea ni de las brigadas de Santa Juana de Arco.
Pero también en eso me equivoqué: volvería a ver a Andrea y descubriría que el aparato que ocultaba era mucho mayor y más complejo de lo que imaginaba.
Y no: Dios tampoco tenía nada que ver en eso.
SEGUNDA
PARTE
El palacio
El doctor Campuzano y la doctora Luisa me acogieron en su casa durante casi un mes.
Había llegado desde Zapopan en un coche de alquiler que costó una fortuna.
Del costo se encargaron mis mentores. A mí solo me quedó hacerme cargo de mi vergüenza.
Desde que llegué, mi actividad favorita era voltear todo el tiempo por encima del hombro.
La primera semana fue abundante en cariñosos regaños y en infusiones con mucha miel.
Que cómo se me había ocurrido llevar hasta ese extremo lo que ellos llamaban acto de espionaje .
Que haber sobrevivido a una infancia como la mía como para inmolarme por cosas en las que no creía.
Que una cosa era dedicarse a entender al género humano y otra pararse en medio de una tormenta sin sombrilla.
Recuerdo que en algún momento se me ocurrió —tal vez a manera de excusa— decir que Sebastián no había visto con malos ojos esa aventura.
Al día siguiente Sebastián ya estaba convocado. Me sentía como una traidora.
—¡Pero si nuestra Ángela está bien! —les dijo sin perder cierta alegría.
—¡La amenazaron, Sebastián! —decía la doctora Luisa.
—¡Escuchó historias que supuran la violencia más absurda! —completaba el doctor Campuzano.
—Pues ahora puede escribir una crónica de lo que está pasando en este país —regresaba Sebastián en lo que parecía un duelo de esgrima.
—¡Claro! Para que la ubiquen bien y sus amenazas se cumplan. —La doctora no cedía.
Jamás en mi vida me habían cuidado tanto.
Conforme el temor se fue evaporando, cierto bienestar se apropió de mí.
Me sentía en una Navidad con chimenea y con los papás preparando bizcochos y, por supuesto, té con mucha miel.
Pero al mismo tiempo no me era fácil aceptar el cuidado.
Sentía que no lo merecía y que los estaba importunando, a ese trío de viejecillos a los que siempre imaginaba con bastón, aunque no lo usaran.
—No voy a escribir ninguna crónica, Sebastián —dije sin atreverme a levantar la voz.
—¡Vaya! La cordura habla en la persona más joven de esta casa. No cabe duda de que nuestros cerebros se están agusanando —respondió la doctora.
—Pero no se me quita de la cabeza ese grupo de niños que venía en el desfile —me apresuré a decir para que ninguna campana se mantuviera mucho tiempo en su vuelo—, ahí hay algo raro. Contrato de esclavitud, niños que no sabían bien a bien dónde estaban.
Alcancé a ver que Sebastián sonreía con el gusto de haber ganado una batalla.
—Y en cuanto a escribir, sí lo haré y sobre el tema, pero no una crónica —seguí con rapidez para no desairar a nadie.
—¿Qué tienes en mente?
—Un estudio sobre Avellaneda.
—¿Y eso?
—En los últimos días mi cabeza insiste en pensar que la infancia no ha recibido la atención suficiente por la medicina, y que ahí pueden identificarse, y tal vez evitarse, muchos de los padecimientos adultos.
Los tormentos de Avellaneda, por ejemplo.
Y a la par, ver a niños usados de manera tan vulgar como los vi en Zapopan me dice que nadie se está tomando en serio algo que puede ser muy importante.
Lograr un ensayo académico a partir de lo que he estudiado dentro y fuera de la clínica.
Los tres me miraron en silencio. Luego Sebastián dijo, otra vez sonriendo:
—Sí saben que esta niña heredó de mí su elegancia, ¿verdad?
Aún viviendo en casa de mis protectores, tuve mi primera entrevista en la Escuela Nacional de Medicina.
A pesar de que era imposible estar más protegida, mis nervios se sentían como espinas en la espalda.
El llamado Palacio de Medicina estaba en boca de todos.
Acababan de remodelarlo y lucía imponente.
Además, la escuela estaba a punto de pasar bajo el control de la Universidad Nacional y todo era ebullición.
Cuando entré al edificio, el respeto se alió con mi ansiedad.
Lo sabía porque bajé la mirada y las manos me sudaban.
Los mosaicos que habían puesto en el patio eran nuevos y le conferían a todo el edificio un aire de majestuosidad: la antigüedad del palacio y la modernidad de sus remodelaciones eran intimidatorias.
El paso de la historia era palpable. Subí al segundo piso por una escalera que me pareció hecha para gigantes y al preguntar indicaciones, me llevaron a una oficina que tenía una sala, un escritorio y ninguna persona.
Cuando mi guía se fue, me senté a esperar.
En las altas paredes colgaban óleos de médicos notables.
Ninguno sonreía. Parecía un mal augurio.
A los minutos entraron tres personas como una tolvanera. Abrieron la puerta con fuerza, caminaron con prisa hasta el escritorio mientras hablaban sin parar:
—Señorita Jimena, la situación es grave. Las pruebas no se pueden perder así como así.
—Doctor, alguien lo hizo a propósito. El laboratorio estaba cerrado bajo llave.
—Además, doctor, no podemos olvidar que las pruebas pueden ser infecciosas y no quiero ni imaginar lo que puede ocurrir si caen en manos descuidadas.
—Doctor Genina, deje usted por favor de echar más leña al fuego. No ayuda para nada.
Comencé a sentirme muy incómoda. La situación por la que pasaban los dos médicos y la secretaria —solo intuía los cargos— los tenía tan absortos que no habían reparado en que había una cuarta persona en la sala.
—No es para acusar a nadie, doctor Espronceda, pero desde que se están llevando a cabo las reformas del edificio el personal ha descuidado demasiado las labores cotidianas.
—No es un momento sencillo, doctor, mi equipo hace lo que puede para mantener el orden, pero entre las remodelaciones y los ajustes administrativos no nos damos abasto. Educación Pública y la Universidad Nacional… Estamos trabajando para dos jefes.
—¿Quién puede entonces llevar el orden de las nuevas salas, de los inventarios y de las pruebas que están en curso?
—Si ambos están de acuerdo, yo puedo hacerme cargo de eso. Siempre y cuando me permitan contratar unas cinco personas para que me asistan.
Veía cómo los ánimos se iban relajando. Los tres aún se encontraban rodeando el escritorio, pero los músculos ya no estaban tensos y las voces habían bajado varios decibeles.
Aproveché entonces para carraspear como si tuviera un garbanzo atorado en mi garganta.
Los tres voltearon a verme en perfecta coordinación.
—Buenas tardes —alcancé a decir.
—¡Pero bueno! —dijo el doctor Espronceda—, usted debe ser la colega de mi gran amigo Campuzano.
—Así es, muy buenas tardes.
La mirada de mi interlocutor era amable, la de los otros dos no tanto.
La llamada Jimena me veía calculando cuánto daño podría hacer y el llamado doctor Genina más que verme parecía que me estaba estudiando como si fuera una bacteria con potencial contagioso.
Solo detuvo su análisis para regresar —sin saludarme— a la discusión anterior:
—¿Entonces, doctor Espronceda?
—Está bien, está bien: usted se encarga de mantener el orden en medio de tantos trapicheos, y con el nuevo presupuesto contrataremos a cuatro asistentes.
—¿Cuatro? Necesito al menos cinco, doctor.
—Tiene usted enfrente a la quinta persona que lo va a asistir —de nueva cuenta los tres me voltearon a ver.
Noté que la noticia no era bien recibida. Celos en Jimena. Desconfianza en Genina. Al menos, pensé para consolarme, no habría entrevista.
Minutos más tarde, corría por los pasillos del palacio siguiendo al doctor Genina. Con todo lujo de descortesía, me iba hablando sin detener su ritmo frenético.
—Espero que tenga la experiencia suficiente, doctora…
—Ángela, Ángela de Lizardi —sin pensarlo adopté por reacción de urgencia el apellido del Abuelo. Eso me hizo sentir un poco más segura. Ante la breve duda en mi respuesta, Genina finalmente se detuvo para preguntarme:
—Pero sí es usted doctora, espero.
—Me formé en la clínica del doctor Campuzano en Cuernavaca, trabajé poco más de 10 años antes de que…
—Sí, sí —regresó fastidiado mientras volvía a retomar las largas zancadas—, algo me ha dicho el doctor Espronceda.
Y le voy a ser honesto: no comulgo con los tratamientos que hacían en esa clínica.
Muy poco metódicos y tremendamente arriesgados.
Aquí no estamos en una isla experimental.
Aquí lidiamos con la ciencia y con la que requiere mayor responsabilidad: la ciencia que salva vidas y mejora al hombre.