El Club Barba Azul El Club Barba Azul #21
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El Club Barba Azul #21

—M. Ángela, me tienes gratamente sorprendida. Tu diligencia y discreción me indican lo serio que te estás tomando este asunto. Me felicito de haberte hecho partícipe de esta cruzada.

Los contactos en Zapopan no eran ni campesinos ni guerrilleros: las armas se las entregamos a tres curas en sus propios templos.

Cada parroquia tenía un anexo a un costado o detrás en donde vivían los responsables del culto.

Pero las casas que visitamos, en aquel momento parecían más bien cuarteles generales: los muebles estaban pegados a las paredes, se habían quitado alfombras y adornos.

Cuando llegábamos, solo estaban el cura y el sacristán.

La idea era que no se conocieran mucho las distintas partes de la célula.

Las pistolas las llevábamos a cada casa en cuatro o cinco viajes, escondidas en morrales para no llamar la atención.

Esa prudencia resultaba innecesaria en la medida en que prácticamente toda la ciudad parecía cómplice de lo que estaba sucediendo.

En mi último cargamento como traficante, se cruzó por la calle una larga procesión.

Una muchacha tras otra desfilaba en cinco hileras que se extendían hasta donde la vista alcanzaba, lo que nos obligó a detenernos largos minutos, con el peso de las pistolas en nuestros morrales.

Las muchachas traían una bata blanca, unas la habían bordado y otras pintado con flores y cruces color amarillo.

Encima tenían una capa azul que les llegaban hasta los tobillos, también bordada o pintada, y sobre la cabeza una pequeña corona hecha de diferentes materiales.

Por el calor y la hora del día, todas iban sudando.

Pero no dejaban de sonreír y de repetir una letanía:

Bajaste del Cielo

Sobre Michoacán,

Y en Pátzcuaro hiciste

Tu imagen grabar.

Ave, ave, ave María…

Fijaste en nosotros

Tu dulce mirar,

Y en él nos envías

Tu amor maternal.

Ave, ave, ave María…

Tu manto lo hiciste

Más ancho que el mar,

Que a todos quisiste

Bajo él amparar.

Ave, ave, ave María…

Eran estrofas que recitaban casi cantando, algunas con los ojos vueltos al cielo, otras fijándose en las piedras de la calle para no tropezar.

—¿Quiénes son estas muchachas? —le pregunté a una entenada de Andrea.

—Vienen desde Pátzcuaro en procesión. Es una manda que hacen tres veces al año para rezarle a su virgen, María Inmaculada de la Salud y a la Generala de Zapopan.

—Ya veo: es un intercambio religioso, o algo así —traté de ironizar.

—Sí, algo así —me contestó mi compañera seca como río de desierto.

Seguimos esperando en silencio. En algún momento se abrió una brecha entre los cuerpos y entonces cruzamos.

El resto de las maestras avanzó sin voltear la vista, pero yo me quedé viendo a un minúsculo grupo que venía detrás.

Unos 15 niños de entre cuatro y 11 años, que solo llevaban una bata blanca sin adornos.

Creía que aquella procesión estaba dedicada únicamente a mujeres y por ello me quedé un rato más viendo aquel corolario.

Los niños no iban formados ni cantaban, más bien se apretujaban unos con otros.

Me di cuenta de que tenían miedo. Una niña de unos siete años le agarraba la mano a uno de cuatro que estaba llorando.

En silencio, pero con gruesos lagrimones sobre sus mejillas.

No pude retener mi impulso, eran demasiados años de tratar pacientes en la clínica, demasiados de recordar una infancia amiga de la violencia.

Me acerqué al grupo, les pregunté si estaban bien, si necesitaban algo.

Me miraron perplejos. No detenían su marcha. Caminé entonces a su par.

Una señora vio mis esfuerzos y se me acercó.

—No gaste saliva con estos, señorita: no pueden hablar.

—¿También están haciendo la manda? —le pregunté con la urgencia que provoca atestiguar algo que no estaba bien.

—Es otra manda, señorita. Estos no son de Michoacán, son de Puebla, de la sierra. Son niños que estaban muy enfermos, ya sabe: las enfermedades de los indios. Me contaron que tenían la panza llena de lombrices y que no comían sus tres comidas, por eso están así de tontos.

—¿Y en esas condiciones los hacen marchar? —pregunté dirigiendo mi indignación al sitio menos propicio.

—Oiga, no se enoje conmigo que yo no tengo nada que ver, pero no, ya los aliviaron. Los curitas y las madrecitas ya los revisaron y todo. Ahora están agradeciéndole a la Inmaculada de la Salud. Van a pagar que los hayan salvado.

—¿Cómo pagan? —pregunté intentando mostrarme más tranquila.

—Son esclavos.

—¡¿Esclavos?! —Otra vez mi indignación por sorpresa.

—Sí, pero esclavos de la virgencita. Mire.

La señora tomó por el hombro a uno de los niños mayores y le preguntó:

—Niño, ¿tú eres esclavo? —mientras le preguntaba, hacía muchas gesticulaciones como si el niño fuera subnormal.

Para mi sorpresa, el niño asintió muchas veces con la cabeza, mientras repetía la misma palabra una y otra vez.

—¿Ya ve? No hay nada que temer. Ahora son almas de Dios.

Luego el niño se sumó a una letanía que ya recitaban los demás, sin duda de memoria, sin entenderla, porque la pronunciaba mal:

—Santísima Virgen María, Madre de Dios, Señora y Madre de la Salud; yo, aunque del todo ingísimo (indignísimo) de parecer en vuestra soberana presencia y acatamiento; pero confiado en tu piedad y begnidad (benignidad) admirables, y movido por el deseo fevroso (fervoroso) que tengo de servirte y amarte, te escojo y elijo desde este día y para siempre, delante de toda la corte celestial, por mi Señora, Ayobada (abogada) y Madre, y propongo y determino fememente (firmemente), que desde hoy te tengo que obedecer con toda puntilidad (puntualidad) y servir y amar con toda filidad (fidelidad), procurando juntamente, según mis fuerzas, que otros también te sirvan, amen, reverencien…

—Es la carta de la esclavitud, señorita, la que firman todos los que la virgencita ha curado. Como ve, lo aceptan de buen modo.

—Estos niños no saben ni qué están diciendo —dije más para mí que para nadie—, ¿dónde están sus padres? ¿Qué les sucede después?

—Ya no se ocupe tanto, señorita. Van a estar bien, mucho mejor de lo que estaban en su pueblo. Los curas les van a asignar un lugar para que trabajen para Dios. Son unos niños con suerte.

Un poco fastidiada, la señora terminó por irse de ahí. Pero algo no estaba bien: niños que son recogidos de la sierra de Puebla, sin sus padres, y que ahora estaban ahí en Jalisco. Era demasiado movimiento.

Vi cómo el hatajo de críos seguía su marcha.

Uno de los mayores me volteó a ver. Se tapaba la cara con las manos lleno de vergüenza.

Observé que en una de ellas tenía una especie de marca.

Una costra hecha por algo caliente, un líquido o un hierro.

No pude ver más: en ese momento, Andrea me gritó.

Había tenido que regresar varias cuadras por mí.

Fui caminando sin apresurarme hacia donde ella estaba.

Mientras descargábamos las armas, Andrea se iba a otro cuarto con el cura y le daba información relevante.

Cuántos federales iban a llegar, dónde pensaban apostarlos, en qué fecha estarían ahí.

A pesar de no poder relacionarla con la brutalidad ramplona, cada vez que la veía me enervaba.

Jamás abandonaba su papel. Como si todo aquello fuera solo un juego.

Como si no hubiera muertos. Después de escuchar las anécdotas de aquellos borrachos afuera de la cantina, creía que su posición era de lo más conveniente.

Dejaba las armas justo en el punto en que ya no eran inofensivas.

Los muertos, cuando no se ven, no pesan.

La combinación perfecta para una fe piadosa que termina en barbarie.

Que se mancharan las manos los hombres de campo mientras ella no solo tranquilizaba su conciencia religiosa, sino que lograba inventarse una vida que la subía al mausoleo de los héroes.

Como si en vez de pistolas estuviera repartiendo crucifijos sin filo.

También estaba enervada por los niños que acababa de ver.

—M. Andrea, ¿para qué se van a usar estas M1911 exactamente? —le pregunté con una inocencia cargada de malicia.

—Para defender la palabra de Dios, querida, para no dejarnos caer en la senda del Mal —fue su vaga respuesta.

—Sí, gracias a Dios —regresé mustia—, pero, de manera práctica, ¿quiénes las van a usar? ¿Quiénes son esos siervos de Dios? ¿Cómo son elegidos?

—M. Ángela, esos menesteres nos son ajenos, y así debemos dejarlos. Pertenecen a la malsana curiosidad.

—Es que, M. Andrea, he escuchado cosas terribles de la guerra.

—Por eso te advertí y te recomendé que solo salieras en mi compañía. Estamos en zona de guerra, M. Ángela, y por lo mismo se pueden escuchar historias de guerra, muchas de ellas exageradas.

Andrea se había vuelto una piedra. Mientras conversábamos no me volteó a ver ni una sola vez. Fue lo último que necesitaba. La decisión de irme ya estaba tomada.

—¿Sabía que mi madre fue violada, golpeada y desmembrada hasta la muerte? —le dije a bocajarro, pero siguiendo su estrategia: sin voltearla a ver, moviendo las pistolas de un sitio a otro.

—M. Ángela, ¡eso es terrible! ¿Por qué jamás me habías contado?

—Porque no creía que lo fuera a entender. De hecho, creo que ahora mismo no lo entiende y que lo suyo es pura actuación. Cuando mucho algo de conmiseración.

En ese momento sí detuvo sus movimientos y su puesta en escena. Solo me observaba. Pero estaba segura de que lo que sentía era más parecido a la rabia por el desacato que sorpresa por mi historia. Aproveché el impulso:

—Andrea, ayer escuché a unos cristeros —omití deliberadamente que estaban borrachos— contar con jactancia cómo violaron, mataron y destazaron a una maestra rural porque enseñaba educación sexual.

Me escondí atrás de la puerta para oír completa la historia.

Me recordó en todos sentidos a mi madre. A su final.

—M. Ángela, ¡por favor! Déjame explicarte.