El Club Barba Azul #20
La inmensidad de su domicilio en la colonia Roma era casi todo un secreto para mí.
Cada vez que íbamos, solo tenía acceso a una sala que antecedía a su propia habitación, y siempre orquestaba la tarde para que no viera a nadie más.
Casi todo el tiempo se escudaba en una broma que me ofendía: “Es que no quiero que vean a mi amante argentino pobre”.
Lo decía entre sonrisas que yo encontraba cada vez más amargas.
Si los Vitela me vieran no darían crédito y sabrían la pésima elección de cinturita que habían hecho conmigo.
El agobio constante deviene en depresión, y ambos inmovilizan.
Así estaba yo: impedido. Cada vez que terminaba una sesión de amor en su cama, languidecía hasta desparecer.
No era el deseo satisfecho. Las últimas semanas no llegaba a terminar.
No se trataba de la melancolía que siempre viene después del orgasmo.
No había calma en mi pasividad. Pienso que era eso exactamente lo que Natalia Constrictor pretendía y lograba.
Ella, por el contrario, después de cada encuentro se activaba: escribía en su cuaderno de notas a saber qué cosas, salía del cuarto y alcanzaba a escuchar muy a lo lejos que giraba instrucciones para el día siguiente, o simplemente desaparecía por largos minutos y luego regresaba pidiéndome que ya me fuera porque otras actividades la requerían con urgencia.
Follarme era una actividad más de su agenda.
Pero un día la urgencia le ganó. No hubo espacio para la estudiada actuación.
Yo estaba convencido de que, en muchas ocasiones, sus prisas eran fingidas para deshacerse de mí, y para no perder la oportunidad de deslizarme algún insulto jocoso.
Pero ese día, en efecto, se olvidó por completo de que tenía un compromiso dentro de muy poco tiempo.
No hubo espacio para el lento preparativo de embellecerse y que de alguna manera u otra me espetaba a sabiendas de que yo no iría con ella.
—Ahora sí se me hizo tardísimo, Carlos, me tengo que ir con lo que tengo puesto. Voy a tener que salir yo primero. Por favor, espera unos minutos para que la gente no vaya a pensar mal.
—¿Que no vaya a pensar que nos vemos y nos revolcamos en esta cama, decís?
—No tengo tiempo para estupideces, Carlos. Me voy.
Y se fue.
Por supuesto que no iba a salir pronto. Era la primera vez que me quedaba ahí solo y la primera vez que estaba tranquilo sin que nadie me jodiera.
Di varias vueltas entre las sábanas y los cobertores que me parecían de satín.
Me levanté y deambulé por la habitación en bolas, incluso me asomé a la ventana que daba hacia la calle con cuidado de que nadie me viera.
La luz iba desapareciendo entre las cortinas hasta que la noche llegó.
Decidí entonces que ya era momento de irme.
En la sala a un costado de la recámara, que estaba en semipenumbra, escuché que alguien huía cuando avancé.
Primero pensé que se trataría de algún miembro de la servidumbre, pero era demasiado descuido: la persona, en su carrera, tiró una mesa con un adorno de cristal que estalló en el suelo, luego desapareció por una puerta que siempre estaba cerrada.
Con la caída del objeto, también se escuchó un gemido de angustia que parecía de terror puro.
Descarté también que el responsable se tratara de un ladrón o un intruso.
Sin mayor precaución —ya estaba bueno de fingir tanto— prendí las luces de esa pieza.
Sí: ahí estaban la mesa volcada, un florero de grueso cristal hecho astillas en el piso y la puerta que apenas terminaba de cerrarse tras el paso del culpable.
Alargando mi falta de precaución, caminé hacia la puerta y la abrí con cierto ímpetu porque la verdad es que yo también estaba algo asustado y creía que ese acto voluntarioso me haría pasar como un hombre decidido.
Al otro lado de la puerta había unas escaleras que llegaban a un sótano.
Estaban iluminadas y alcancé a ver que en su parte más baja alguien daba la vuelta hacia la izquierda.
Mi temor fue sustituido por la curiosidad.
Comencé a bajar con cierto tiento. En la parte inferior vi un pequeño pasillo que terminaba en otra puerta.
Del otro lado podía escuchar gemidos. Ahora preocupado, caminé hasta esa segunda puerta y la abrí.
Adentro había un cuarto sin ventanas que parecía una réplica de la habitación de Natalia Constrictor, pero con muebles más pequeños y baratos.
Donde tenía que haber hierro, había aluminio, donde tenía que haber gasa había tul.
Pero al igual que la habitación de arriba, la pieza estaba repleta de telas, alfombras y una instalación eléctrica que parecía que el día se había metido en ese subsuelo.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, también me di cuenta de detalles más pequeños: las esquinas de los muebles estaban tapadas con compresas de algodón que, de tanto haber sido manoseadas, ya estaban grises.
De hecho, la limpieza de aquella habitación dejaba mucho que desear: había platos sucios en el piso y la humedad subía por algunas de las paredes.
Y luego la vi a ella. Estaba debajo de las sábanas de la cama y se asomaba a cada rato intentando pasar desapercibida de muy torpe manera.
—Hola —intenté, pero lo único que obtuve a cambio fue que se tapara una vez más. Me acerqué tratando de no asustarla. Hasta ese momento tenía claro que se trataba de una mujer y que era menor de edad.
—No te voy a hacer nada, querida —le dije otra vez aludiendo a la calma y a la tranquilidad.
No supe la razón de que estuviera viviendo allá abajo oculta hasta que, con la mayor gentileza que pude, deslicé las sábanas para ver su cara.
Los ojos rasgados, la frente prominente, el pelo muy lacio, la nariz chata y la boca desproporcionada.
Repasé en mi cabeza las lecturas médicas.
Muchas las había hecho por curiosidad. Era inevitable: la literatura de los últimos años insistía en cosechar términos y padecimientos clínicos para airear sus propuestas artísticas.
Después tuve que retomar el mismo tipo de lecturas para no parecer un completo neófito en la Escuela de Medicina.
Aquella era la cara que el doctor John Langdon Down describía en su estudio Observaciones sobre la clasificación étnica de los idiotas pero que nunca terminé porque me parecía soez la manera en la que trataba a “los casos de estudio” como si no fueran humanos.
—¿Mamá? —me preguntó la niña aún con la cobija como parapeto.
—¿Tu mamá, querida? No sé, pero arriba no hay nadie, no te preocupés.
En cuanto dije esto, no solo terminó por salir de su escudo de tela, sino que, de un salto entusiasta, aterrizó en el piso.
Comenzó a enseñarme sus objetos y sus juguetes.
Hablaba tan rápido que no le entendía ni la mitad, pero su alegría se contagiaba.
Trataba de seguir el paso de su frenesí, mientras en mi cabeza me hacía muchas preguntas.
A cada tanto, se detenía, guardaba silencio y escuchaba.
Un par de veces incluso corrió hasta la puerta de su cuarto, la abría a medias y atendía con mucha concentración.
Luego regresaba y de manera inevitable volvía a preguntar:
—¿Mamá?
—Que tu madre no está en casa, querida.
Y regresaba entonces la misma alegría que había sido interrumpida por la precaución. Cuando repitió el mismo rito una tercera vez, aproveché para preguntarle:
—¿Tu mami es Natalia, corazón?
Se me quedó viendo sin entender bien.
—Natalia ¿es tu mamá?
—Nazarena, mamá: Nazarena—me contestó mirándome como si no entendiera nada de nada.
Todo fue haciendo sentido. La ubicación de su cuarto en el sótano, el secreto, la vergüenza.
En mí, creció el odio y el desprecio. Lo domé durante los siguientes minutos que jugué con la niña, hasta que el tiempo se convirtió en un peligro porque Natalia o Nazarena, para ese momento, estaría a punto de regresar.
—Bueno, nenita, me tengo que ir.
Esto la disgustó bastante y se sentó en el piso, pero sin llorar, solo con una cara que no podía disfrazar su enorme tristeza. ¿Cuánto tiempo pasaba sola allá abajo? Cuando me paré para salir, me agarró del brazo rogándome.
—Te prometo que otro día voy a regresar a jugar contigo, pero ahora debo irme, ¿está bien?
No estaba bien: le estaba mintiendo, pero no me quedaba otra opción. Mientras salía de ese cuarto, pude sentir su mirada de congoja en mi nuca. Avancé por el breve pasillo, subí las escaleras, llegué a la parte civilizada de la casa y me fui de ahí.
El fervoroso deseo de servirte
Las tareas que Andrea me había encomendado durante el congreso de señoritas nada tenían que ver ni con las alumnas ni con las maestras.
Ya formaba parte del grupo cercano. Lo curioso era que, una vez pasadas sus pruebas, rara vez me volvió a poner en tela de juicio.
Cualquier infiltrado, pensé, podía esforzarse solo unos días y descubrir la red que había detrás de la fachada sin mayor problema.
Eso hablaba de los endebles flancos de una guerra que estaba cobrando demasiados muertos.
A veces, me resultaba difícil ver a Andrea como cómplice de la misma brutalidad que había acabado con mi madre.
Sin embargo, mi rabia estaba ahí, anidando en un sitio entre el pecho y el estómago.
Estaba reacia y hosca a hacer las actividades encomendadas.
Ya no me importaba que se dieran cuenta de que no me importaba ni su misión ni la idea que tenían de este mundo.
No me molestaba en sonreír y realizaba mis tareas de manera mecánica, economizando cualquier histrionismo que me congraciara.
Para mi sorpresa, al tercer día, mientras organizábamos el tráfico del cargamento y lo ubicábamos en una de las aulas más lejanas del encuentro de alumnas, Andrea me llevó al jardín y a solas me dijo: