El Club Barba Azul #19
—Cuando vinieron las madrecitas a contarnos lo que estaba pasando, cómo estaban usando ese dizque escuelas para pervertir a los niños, fuimos con nuestros muchachos hasta allá.
La agarramos cuando ya había terminado de envenenar a nuestros niños por ese día.
La forzamos a entrar a su casa y no le voy a mentir compadre: en medio de la rabia que teníamos, varios la gozamos.
Para que siguiera diciendo que todo eso que enseñaba era natural .
Hasta ahí le duró el placer a la maestrita de seguir maleando chamacos, que se metiera con alguien de su tamaño a ver si podía.
”Ya la íbamos a colgar en un laurel que estaba afuera de su casa, pero luego a Martín se le ocurrió que debíamos dar una lección para que se enseñaran todos los maestros que estaban llegando a la zona.
La amarramos de las patas y la arrastramos desde su casa hasta la entrada del pueblo.
Al principio no paraba de gritar, compadre, pero le digo que esos aullidos no eran humanos: a veces se le hacía la voz ronca y luego bien aguda, y la cantidad de improperios que decía, compadre.
Pinches groserías que ofendían a todos los seres terrenos y celestiales.
Pero cuando llegamos a la entrada del pueblo, ya no dijo nada la cabrona, ya estaba más muerta que viva.
Y con algunos tragos encima que nos fuimos echando durante el viaje, también a Martín se le metió en la cabeza que mucha gente no nos había visto paseándola, y que no se iban a enterar de que se había hecho justicia divina.
Entonces que saca su puñal y que le corta los senos a la maestra que ya ni de eso se quejaba.
Los puso sobre arbustos uno a cada lado del camino de entrada a Huiscolco, “para que se enteren los que quieran venir”, dijo.
—Oiga, compadre, ¿no se les habrá pasado la mano con eso?
—Pues fue el Martín quien lo hizo, además, compadre, si la maestrita no tenía empacho en enseñar las partes nobles ajenas, ¿por qué no le íbamos nosotros a dar el mismo trato?
Aunque la verdad nos dimos cuenta de que mucha gente del pueblo no lo tomó a bien.
Se les veía en la cara cuando regresamos ya sin ella.
Pinches indios malagradecidos que no saben el peligro que esa gente trae.
Lo bueno fue que tuvimos la venia del cura.
Al día siguiente en misa nos dio el perdón y les contó a los duros de mollera de los peligros de esa educación comunista que mancha el nombre de Dios.
No pude escuchar más. Me di cuenta de que mi malsana curiosidad se había convertido en morbo y de ahí saltó al enojo.
No había entonces diferencia entre mi comportamiento y lo que criticaba de los fanáticos en guerra.
Para calmarme intenté poner orden y perspectiva a lo que acababa de escuchar.
Los maestros socialistas eran los maestros rurales que el gobierno intentaba colocar en los sitios a donde la educación laica no había llegado.
Conocía algunos de sus textos. El aquelarre perverso que esas personas imaginaban solo era educación sexual.
El plan educativo era uno de los pilares rotundos que Calles retomaba de la Revolución.
Eso y hacer efectiva la disminución del poder de la Iglesia.
Pero también era un poco imprudente lanzar así, de buenas a primeras, una información que contradecía todas las creencias y moralidades de aquella gente.
La reacción no podía ser sino desproporcionada.
Pensaba todo esto, usando mi razonamiento como si se tratara de mi propia capilla, también hecha de ramas endebles.
Pero había una inquietud mayor y recóndita que me sacudía y amenazaba con tirar abajo toda calma.
Lo escuchado me hizo tensar las cuerdas más íntimas.
Esa maestra había sufrido lo mismo que mi madre.
Volvieron a mis oídos sus gritos, su voz gastada en pocos segundos que se volvió ronca.
Lo que yo tuve a bien llamar desde mis seis años “su conversión en monstruo”, era lo que estos salvajes llamaban “aullidos no humanos” dejando implícito que se trataba de un ser del averno.
En ambos casos había un denominador común: el dolor y la vergüenza que se infringen a una persona hasta convertirla en algo que no reconocemos.
Y cuando ya no la reconocemos nos es más fácil seguir torturándola porque lo que estamos destrozando ya dejó de ser humano.
La perversión y el sadismo se podían poner el hábito que quisieran, pero no dejaban de ser lo que eran: crueldades inhumanas.
Las leyes, los designios de la política, las creencias metafísicas se encontraban muy alejados de una animalidad que se manifestaba a la menor provocación.
La brutalidad siempre encontraría una fría justificación para hacer con otra persona lo que se le viniera en gana.
Y Andrea con su grupo contribuían a pavimentar ese camino.
Si no sabía de estas anécdotas tiznadas de rojo, su ignorancia se volvía impertinente.
Si lo sabía, la alquimia era mucho peor.
En cualquiera de los casos me iba a escuchar.
Esa era mi última aventura con el colegio de señoritas, pero hasta ese momento no sabía qué tono iba a tener el epílogo.
Diario de un seductor 2
Los amigos de México no se cansan de repetir que las mujeres argentinas son muy dominantes. Que las ven muy decididas, muy parlanchinas. En una cantina, con varios tragos encima, un amigo que es asiduo viajero me dijo que conoció a una. Lo había intimidado.
—Llegó y no me dejó hablar —se quejaba—, y me cuestionaba todo, hermano.
—Querrás decir que te confrontó, compadre.
—Pues no lo dejan a uno ser —generalizó.
—Pues dependerá de cómo sea uno, ¿no crees?
—¿Sabes que creo, Carlitos? Que es por su herencia europea, hermano. Porque con las españolas me pasa lo mismo.
Sin embargo, la idea que muchos mexicanos tienen de sus mexicanas es curiosa.
Esto lo pensé más tarde. El diálogo que pueden tener con mis compatriotas les molesta, lo ven como una amenaza, pero si me pudiera sincerar sin miedo a ser tomado por un malinchista, les diría que muchas de las mujeres mexicanas son más amenazantes.
Son complejas, llenas de sitios recónditos que uno no termina de entender.
A mí, al menos, me hace falta la claridad.
La echo de menos. Cuando tejía con ese hilo de pensamientos —que ocurría con frecuencia desde que conocí a Natalia Constrictor—, no podía evitar recordar cuando vi el monolito de la diosa Coatlicue en el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía del Chopo.
Es impresionante: serpientes por todos lados: falda de cascabeles, dos cabezas de víbora enfrentándose en el sitio donde debería estar la cabeza, y luego manos, muchas manos que uno no sabe si están ofreciendo ayuda, rechazando o haciendo ambas cosas.
La inmensa piedra tallada impone, aterra.
Pero al mismo tiempo es muy atractiva. Siempre he pensado que muchas de las mujeres mexicanas son así: inexpugnables, violentas, moviéndose sin parar entre la diplomacia, la hipocresía, la invitación y el recato.
Y, sin duda, hay mucho de encantador en ese reto.
Enfrentarse al portento que es la diosa de la fertilidad resulta, por antonomasia, un misterio que los hombres apenas entendemos.
Y el reto de avanzar, para entender o conquistar, es un impulso que rompe corazones y lo puede enloquecer a uno.
Con esa perspectiva, me parecía una empresa de locos ligar mexicanas para llevarlas a la Argentina.
Buena parte de mi tiempo la pasaba oculto por miedo a que los hermanos Vitela pudieran encontrarme y cobrarse a la mala el dinero que me habían dado.
Pero prefería enfrentarme a ellos que terminar de resolver el laberinto de serpientes de esa Coatlicue.
Y para ese momento yo ya tenía mi Coatlicue personal.
Vaya dolores de cabeza que me daba. Natalia Constrictor —una vez más las serpientes— y yo solíamos vernos una vez por semana, si ella lo disponía.
Sus mandatos eran volátiles: podía pedirme que nos viéramos ese mismo día, y entonces yo cancelaba lo que había planeado.
O bien, minutos antes de una cita, decía que le había salido otro evento, y yo tenía que inventarme paseos, idas al cine o de plano refundirme en alguna taberna para pasarme con cerveza el enojo.
Natalia Constrictor me tenía subordinado.
No se trataba solo de su atractivo —que era mucho—, sino también la conveniencia: me había conseguido trabajo con uno de sus tíos como asistente de laboratorio en el Palacio de Medicina.
Yo nada sabía de esas materias, y estaba ahí por la gracia de la recomendación.
Y la recomendación duraría el tiempo que tuviera contenta a Natalia Constrictor.
Entre la pasión, el deber y la inercia, me fui quedado en esa relación.
Mis salidas con Natalia Constrictor eran siempre de dos personas.
Prefería ir sola a sus eventos sociales.
A veces me tocaba esperarla en un restaurante.
En otras, lo que creía que iba a ser una tarde larga con ella, terminaba de manera abrupta porque, sin noticia previa, me notificaba que en 15 minutos debía estar en la inauguración de alguna muestra.
Yo había dejado de preguntarle si quería que la acompañara.
La respuesta siempre había sido la misma.
Natalia tenía dos vidas, o eso era la que pensaba.
Luego me di cuenta de que tenía al menos tres.