El Club Barba Azul #18
Cuando leía los estudios de medicina mental en la clínica de Cuernavaca, me topé con una condición que me parecía inquietante: la neurosis controlada.
En principio, el término parece una virtud, pero no lo es.
Dicha neurosis aqueja a quien la tiene sin que repare en ella, y brota en los momentos que la necesita, ya sea en forma de defensa o de ataque.
A diferencia de la histeria, aparece con ayuda de la voluntad.
De todos los estudios de caso que leí, ninguno señalaba que el cambio de geografía influyera de alguna manera.
Pero en Andrea y varias de sus compinches observé un caso de neurosis controlada que aparecía conforme nos alejábamos de la ciudad de México y nos adentrábamos en el territorio que, decían, estaba en franca guerra.
Pero pronto me di cuenta de algo: el norte de Michoacán y Jalisco eran más bien franco territorio cristero.
Por las calles de los pueblos se podían ver campesinos con la banda negra en el brazo que significaba el luto que guardaban por la muerte de la fe católica.
Los templos oficiaban misa dos o tres veces por día y estaba segura de que más de la mitad del rito estaba enfilado hacia la arenga bélica: convencer a los más timoratos, enardecer a los convencidos.
Por si esto fuera poco, con el pretexto de las iglesias quemadas, habían levantado, en las plazas pequeñas, capillas hechas incluso de ramas en donde también se celebraban reuniones.
La institución católica había mandado a muchos curas para hacerse de un furioso cónclave.
Y liberando su neurosis, Andrea se convirtió en otra: encargó el cuidado de las alumnas a las maestras más jóvenes que poco o nada sabían de lo que realmente estaba sucediendo, y se desentendió de ellas.
Se puso pantalón por debajo de la falda reglamentaria y se recogió el pelo.
Era mitad remilgada maestra y mitad temible amazona.
Nos dijo que nos llevaría a recorrer Zapopan, pero más bien nos lo presumía y nos quería dejar claro que ella era bien conocida ahí: hija de una buena familia local, conocía a la mitad de la gente; reconocida como activista de la causa religiosa, era respetada por la otra mitad.
Yo misma empecé a sentirme más segura. Que me vieran en compañía de esa líder, con mi atuendo de maestra religiosa, mis faldas largas y mi crucifijo en el pecho se volvían sellos distintivos que merecían la misma obediencia que Andrea provocaba.
Nos deteníamos en cada comercio, nos regalaban muestras de comida y más de una persona aseguraba que Andrea era la reencarnación de la Generala que, me enteré, era la Virgen de Zapopan, mujer embarazada a la que le cruza una banda sobre el pecho a manera de una canana de soldadera.
Y Andrea se lo creía. A pesar de negar con fingida modestia, yo veía cómo el pecho, al que solo le faltaban las cartucheras, se le iba hinchando cada vez más.
El centro de la ciudad parecía romería; entre las congregaciones religiosas y la cantidad de gente en las calles aquello no parecía zona de guerra sino carnaval.
—Es que este es un breve momento de paz —me dijo Andrea sin voltear a verme ni detener su marcha y sus saludos—, el ejército no llegará sino hasta dentro de dos semanas, cuando nosotros nos vayamos. De hecho, es muy posible que nos lo crucemos a nuestro regreso.
Honestamente no sabía si reír o temer a la nueva Andrea.
Con esa actitud en la ciudad de México hubiera sido hilarante, pero ahí en medio de un espacio que tenía tantos códigos que no entendía bien, me sentía apocada.
Era necesario deshacerme de su presencia, aunque fuera un momento: ya eran demasiadas horas bajo su yugo.
Así que esa misma tarde, me escabullí sin avisar.
Nunca en mis años de institución me había sentido tan niña, pero si le hubiera preguntado a Andrea ya sabía lo que me hubiera respondido: los federales pueden llegar antes y ya sabes que vienen con los ánimos caldeados y lo que les han hecho a las señoritas católicas.
Además de capillas improvisadas, había corrillos de gente que platicaban del enfrentamiento sin temor.
En mi excursión pude escuchar muchas opiniones imprudentes.
El sitio que mejor se prestaba para ello era un local que estaba a dos cuadras de la Basílica y que con toda originalidad se llamaba Café Zapopan.
El interior estaba reservado a las familias locales e ilustres como las de Andrea.
Era en el exterior donde se podían escuchar las aventuras más atroces.
Mi misión aún seguía siendo comprender al hombre en su entorno, pero en ese viaje aprendí más de lo que hubiera querido sobre violencias fundamentalistas.
Parecía que todos los católicos radicales tenían en la boca un nombre: el Padre Pro .
Yo sabía algo de él por algunas notas sueltas en la prensa.
Sabía que el acontecimiento había sido difuminado por los diarios y eso les daba un punto a las teorías de Andrea y leña al enojo de los defensores de la fe.
El Padre Pro había sido fusilado hacía muy poco tiempo, básicamente por seguir oficiando misas en la clandestinidad y por burlarse públicamente de las leyes anticlericales propuestas por el presidente.
La indignación era consenso. Su fusilamiento, me fui dando cuenta, tenía un agravante: los comentaristas estaban convencidos de que se trataba de un hombre santo.
Un individuo ungido por la gracia divina.
Así, lo primero que me sorprendió fue el conservadurismo al estilo monárquico de las opiniones.
Matar al Padre Pro había sido una afrenta sin escalas a Dios mismo.
Otro motivo del enojo era el número de mártires que habían perdido la vida.
Se hablaba de más de 30 solamente en ese año.
Al parecer ya no había espacio para la diplomacia.
Los ánimos estaban desatados y las ansias de venganza se mezclaban con los agravios tomados a título personal, además del temor a un Dios que veía cómo el país avanzaba por el sendero del Mal.
Sentada en una pequeña mesa mientras tomaba café y fingía leer un libro de literatura completamente inofensiva, la gente me saludaba en silencio bajando un poco la cabeza.
No era correcto que una señorita saliera sola; sin embargo, ya me identificaban como parte del séquito de Andrea y tal vez imaginaban que estaba ahí en alguna especie de misión de infiltrada.
Por ello no sabía si lo que había en sus miradas era recelo o temor.
Había otro religioso que también era muy dolido: Jenaro Sánchez Delgadillo. A las afrentas usuales se sumaba el rencor localista: Jenaro había nacido en Zapopan. Los detalles de su ejecución los escuché en boca de dos señoras que estaban sentadas en la mesa más próxima:
—Fue terrible, me lo contaron todo. No es cierto que lo hayan fusilado como al Padre Pro. No es por hacer menos el martirio del padrecito, pero lo que le hicieron a nuestro Jenaro solo pudo haber sido orquestado por la mano del Maligno.
—¿Qué le pasó, pues?
—Me cuentan que los federales lo agarraron al caer la tarde y que lo golpearon en todo el cuerpo. Y que luego lo llevaron a un mezquite que había a las afueras del pueblo para colgarlo.
—¡Ave María!
—Pero eso no fue lo peor, Isabela, parece que no lo amarraron bien. Que estuvo toda la noche retorciéndose del dolor y del sofoco. Y que, hasta la madrugada, por orden de algún general, regresaron para verlo todavía meneándose y que entonces le dieron el tiro de gracia.
—Pero ¡qué están haciendo esos salvajes! ¿Qué placer les puede dar afrentar al Señor de esa manera?
Me daba cuenta de que muchos revisaban a detalle la muerte con más morbo que tristeza.
Y luego venía la rabia. La certeza de una injusticia.
Entonces, pasaban del morbo a la ira sin detenerse en ninguna otra modulación sentimental.
Tal vez eran demasiados años de guerra, pensé.
Tal vez las muertes sanguinarias ya solo provocaban las emociones básicas para idear venganzas.
Salí del café para dirigirme al claustro donde todas las maestras y las alumnas estábamos recluidas.
Dos cuadras antes de llegar a mi destino, había una cantina por la que inevitablemente tenía que pasar.
Por más piadosos que fueran aquellos religiosos, sabía que el enojo aderezado con alcohol podía llevarlos a concluir que cualquier extraño era el chivo expiatorio ideal.
Por lo mismo crucé la banqueta para evitar la taberna.
Pero no fue lo mejor: la desviación de mi camino me hizo pasar por un portal que estaba justo al lado de la entrada que me correspondía.
Ahí un grupo de tres hombres conversaban sobre el tema recurrente.
Entre la oscuridad de la calle y la neblina alcohólica que cada uno tenía, no repararon en mí. Así que alcancé a escuchar:
—Vieran cómo después de eso se fueron todos los maestritos comunistas. Ni uno quedó en Huiscolco.
—Pero ¿es cierto eso que le hicieron?
—¡No merecía menos, compadre! ¿Sabes qué hacía la maestrita?
En una clase pasaba a un niño y a una niña al frente, sin que se hubieran portado mal, ¿eh?
Les pedía que se bajaran el pantalón y subieran las faldas, y ahí en medio de todos comenzaba a decirles con detalle cómo eran sus partes nobles.
Me contaron que muchos niños llegaron llorando a su casa porque sabían que los habían obligado a cometer pecado.
—¡Hija de la chingada, comunista!
—¡Pero no nada más eso, compadre! Luego les metía en la cabeza indecencias. Les decía que sus partes nobles no tenían por qué estar escondidas, que no era para avergonzarse, que todo eso era natural , por el amor de Dios. Los estaba incitando a la lujuria la muy perra.
La moza de guardia me abrió la puerta con mucho sigilo. Entré y le pedí más con señas que con palabras que se retirara. Me quedé con la puerta entreabierta escuchando el resto de la conversación: