El Club Barba Azul #17
Como ves, querido primo, todo es comprable, todo es negociable, pero esto tú ya lo sabes.
El asunto aquí es cómo este formato de venta se acerca mucho a nuestros propósitos.
Si todo nos sale bien, el mármol de Tepeaca va a significar una ganancia incluso menor frente a estas nuevas posibilidades.
Sobre todo pensando en los precios que me has sugerido.
En algunas semanas más creo que ya estaré en condiciones de hacer la propuesta para el arte mexicano, irlos empapando en la estética del país que nos vio nacer para tener listo el terreno y hacerles la propuesta que realmente nos interesa.
Ahora bien, es necesario utilizar los caminos que hemos usado para la importación de bebidas a este país y la exportación de las M1911.
En algún momento te dije que estas transacciones de bajo monto nos ayudarían y hoy es el momento.
No se trataba tanto de prolongar el negocio familiar de nuestro tío, sino de mantenernos al día con las redes de distribución.
Mismos caminos, distintas mercancías. ¿Te podrás encargar de eso, querido primo?
Dale todo mi cariño a Estela y tus hijos, te mando un gran abrazo
Tu primo, E MILIANO B ERRONDO -L EMONTRIP
Fieros tiranos
No creía que estudiar al género humano incluyera embarcarse en el tráfico de armas, y así se lo dije al doctor Campuzano.
—No, Ángela, no. Es hora de salirse de ahí. A veces la realidad nos sobrepasa e intentar modificarla solo demuestra tozudez.
No podía dejar de verlo, más que de escucharlo.
Mi maestro, que insistía en llamarme colega, se había hecho viejo.
La clausura de la clínica comenzaba a cobrarle salud y a devolverle arrugas.
La falta de actividad, incluso de preocupación, le había restado velocidad a sus movimientos más cotidianos.
—¡Pero piensa en lo que has descubierto! —intentó animarme—, en la forma más dócil se esconden actividades que asustarían a muchos que van de valientes. Bajo las castas enaguas de una institutriz se pueden encontrar metralletas.
—Jamás pensé que ese colegio significara tanto peligro —completó la doctora Luisa. Finalmente se habían decidido a vivir juntos. Se entendían tan bien y tenían tanto en común que hubiera sido una afrenta al destino hacerlo de otro modo.
—Pero doctora, no es culpa de nadie: quién iba a pensar lo que esa fachada escondía —les dije para tranquilizarlos.
Me sorprendió mi propio tono al contestar.
Casi llegaba a la condescendencia. Al darme cuenta lo pensé como un insulto.
A su inteligencia, a todo lo que me habían enseñado.
Luego recordé que hacía mucho tiempo que no utilizaba ese tono.
Desde que el Abuelo vivía. Entendí que había cariño en esa inflexión, aunque me cuidé de usarla con prudencia.
—¿Qué tocará hacer ahora? —me pregunté en voz alta, pero también me lo reproché: ya no era justo endilgarles más preocupaciones. Fue demasiado tarde.
—¡Basta de tonterías! —dijo el doctor Campuzano resuelto—, es hora de hablar con Espronceda.
La doctora Luisa se le quedó viendo con seriedad un momento y luego sonrió:
—Sí, creo que eso es lo que debes hacer.
—¿Quién es Espronceda? —pregunté.
—El doctor Espronceda es uno de los directores de la Escuela de Medicina —me dijo la doctora Luisa a media voz como si fuera un chisme—. Colega de Rogelio.
Dos días después también quise contarle la situación a Sebastián.
En realidad, estas visitas tenían mucho de nostalgia.
La sentía y la identificaba: después de haber pasado mi vida encerrada —en un prostíbulo, en internados, en la clínica— lo curioso era que en medio de la libertad de las calles y de la voluntad antojadiza, extrañaba la rutina y elcariño de las pocas personas que en aquel momento me rodeaban.
El mundo exterior no tenía patrones claros y la necedad de la gente por darle un sentido a su vida, los convertía en grandes egoístas.
—Veo, Ángela, que estás muy cargada de realidad —me dijo sonriendo Sebastián cuando intenté explicarle estos sentimientos.
—Es agotador, Sebastián. No estoy acostumbrada.
—¿Sabes qué te hace falta a ti?
—Estoy segura de que me lo vas a decir.
—Crear tu propio sentido. Volverte tú un poco egoísta. Si vas por la vida solo tratando de entender los acertijos de los demás, no vas a durar mucho y vas a querer volver a vivir en el encierro. ¿Por qué no, en vez de concentrarte en todo el mundo, te centras en una sola persona?
—¿En quién?
—¡Ah! Esa es la cuestión para pensar. Y pensarla al menos evitará que estés buscando analizar a todos. Puede ser un confinamiento más placentero que uno real.
—Y ¿sobre el asunto de Andrea y la cena?
—¿Es peligroso?
—Pues si nos descubren, me van a suponer una espía más.
—¡Si no estás en la Gran Guerra, querida mía! Además, en todo caso puedes decir que no estabas enterada. Yo digo que, si vale la aventura, vayas. Si hay un peligro inminente, entonces ya será hora de retirarse. Ahí tendrás otro tema concreto en el cual concentrarte.
Le hice caso a Sebastián. Pensé que tal vez el doctor Campuzano veía el reto desde una postura demasiado profiláctica.
Me quedaba claro que, a diferencia de Sebastián, no podía deshacerse de mi imagen como niña.
Y eso tampoco era ya justo. Para ninguno de los dos.
Sin embargo, en cuestiones prácticas seguía siendo mi mentor: me había conseguido una entrevista con el doctor Espronceda, pero esta sucedería una semana después de la excursión escolar , así que tenía tiempo.
Ya decidida, tuve oportunidad de ver cómo funcionaba la maquinaria religiosa desde dentro.
Las armas llegaban de Estados Unidos por ferrocarril.
Me resultaba sorprendente lo fácil que era traficar armamento de un país a otro, aunque tenía claro que con las continu as guerras los canales nunca habían cicatrizado.
Andrea se transformaba por completo. Era una frente al colegio y otra en la clandestinidad.
En su estado de alerta, las preguntas de sus diálogos se eliminaban y daban paso a efervescentes órdenes directas.
—En este cargamento —me explicó dentro de una bodega del colegio a la que nunca había entrado— solo vienen pistolas M1911.
Son más baratas porque se producen mucho en Estados Unidos.
Además, son más sencillas de transportar: caben más por caja.
Luis, ¡que no quede ningún espacio entre los cajones, por favor!
Las armas iban escondidas bajo los asientos de siete autos, también dentro de compartimentos ocultos en las cajuelas, y encima se les ponían los velices y petacas de las alumnas, incluso colocaron algunas en las llantas de refacciones.
Pronto entendí lo que Andrea me decía del tamaño de las M1911: podían esconderse casi en cualquier sitio.
Por la noche se cargó el armamento, por la mañana subieron al auto las alumnas.
Era una fachada a prueba de escrúpulos. Todos los autos salimos en caravana a las cuatro de la mañana de un viernes.
Hacer un viaje en auto hasta Zapopan, con tantas personas, se me antojaba una idea compleja.
Era, para mi gusto, demasiado sospechoso.
Cualquiera nos podría preguntar por qué motivo no habíamos tomado el ferrocarril.
La decencia era nuestra mejor arma: resultaba impensable mezclar a las señoritas del colegio Santa Juana de Arco con los brutos rurales, más aún en temporadas de guerra.
También podrían preguntarnos por qué se hacía la reunión en uno de los lugares más críticos del país, la respuesta entonces sería la opuesta: era necesario que las señoritas del colegio Santa Juana de Arco se empaparan más de la realidad que existía en México, sobre todo para saber a dónde enfilar, en un futuro, sus campañas de filantropía.
La primera parte del trayecto sería hasta Morelia, donde pasaríamos la noche.
Llegamos al atardecer a una casa para señoritas que pertenecía a la misma sociedad que sostenía el colegio.
Por la noche, Andrea juntó a las maestras para decirnos que lo más peligroso sucedería al día siguiente, porque ya entraríamos por completo en el terreno de la disputa.
—Van a escuchar que a los religiosos los persiguen porque no pagan impuestos y porque le están haciendo un boicot al gobierno —nos persuadía—, no hagan caso.
En realidad es porque el presidente es un indio salvaje que quiere tener todo el poder y por ello le tiene ojeriza a la Iglesia, la cual por cierto es más justa que el “gobierno revolucionario”.
No olviden que el mes pasado Calles bombardeó un tren repleto de creyentes que se iban a congregar en Guadalajara.
Me sorprendió que nadie de las presentes replicara la verdad de Andrea, como si jamás hubieran tenido en sus manos un periódico.
—Si me permite M. Andrea —me atreví a decir faltando a mis convicciones histriónicas—, yo leí que se trataba de guerrilleros cristeros que…
—¡Ese es el problema M. Ángela! ¡Justo ese!
¿Quién controla la prensa en nuestro país?
¡El gobierno!, y a partir de sus medios mienten de la manera más descarada.
A saber cuántos actos impíos y violentos han hecho, y nosotras sin enterarnos.
Somos la conciencia de la gente, y la gente no quiere ver bombardeadas sus iglesias.
Nosotras tenemos que ayudarles a salvarse como se salvó nuestra Señora Guadalupe cuando también quisieron reventarla de un bombazo.
Todas las presentes asintieron, terminamos con alguna prisa el café que estábamos tomando y cuando estaba a punto de pararme para ir a mi cama, todas las maestras y asistentes se tomaron de la mano, detuve mi impulso y agarré las manos que me ofrecían mis compañeras.
Bajaron la cabeza, las imité y luego dijeron a una sola voz:
—Por destruir nuestros templos sagrados, no podrán esos fieros tiranos arrancar de nuestra alma a Jesús.
Tres veces.