El Club Barba Azul #16
El anfitrión contó algunos detalles más.
Estaba sorprendida, pero debía enmascarar ese asombro.
No sabía que me había ganado a ese grado la confianza de Andrea.
Aquello era una conspiración que, si sufría de alguna indiscreción, no solo arruinaría el plan, sino que pondría en riesgo la libertad de varios de los invitados.
Por otro lado, no sabía que la logística estuviera tan articulada.
Utilizar a las escuelas como tapadera y a mujeres ordenadas en la fe como espías era bastante más de lo que mi imaginación podía elucubrar.
Y de mis elucubraciones me sacó Andrea cuando me tomó una mano y me susurró al oído:
—¿Verdad que me vas a ayudar en esta misión, M. Ángela?
Yo asentí con poca convicción. Quería seguir enterándome de esa realidad, pero al mismo tiempo, mi cabeza se llenaba de las palabras de Sebastián: ¿cuál era el verdadero motivo de mi curiosidad? Con mi arrojo imprudente ¿no estaba tratando de resolver lo que no tenía solución?
—Te veo perdida M. Ángela, ¿tus convicciones son los suficientemente sólidas?
—Sí, claro —contesté tratando de recomponerme—, estaba pensando en Sebastián.
—¿En Sebastián?
—El mártir —rectifiqué mi torpeza—, lo valioso que fue su sacrificio.
Andrea me sonrió satisfecha.
Los mármoles de Tepeaca 2
(Redactado en inglés)
New York, E.U.A., 22 de enero de 1926
Estimado primo:
¿Cómo sigue la extracción de mármol? ¿Sigue siendo igual de rentable? ¿Nos mantenemos en los mismos precios? El mercado por acá no ha tenido mayores variaciones, y nuestra marca se va posicionando poco a poco, pero de manera firme.
Por otro lado, debo decirte que la idea que me has contado en tu última visita me parece magnífica.
Mientras más lo pienso, más estoy convencido de que es uno de los negocios mejor diseñados que recuerdo.
No cabe duda de que para lograr una perfecta situación ganar-ganar es necesaria la imaginación comercial.
Me da mucho gusto ser partícipe de esta empresa que vamos a iniciar.
Como lo pediste, me acerqué al pomposo mundo del arte.
No fue muy difícil, menos todavía porque Nazarena me ha dado buenos consejos que me han servido para establecer contactos por acá.
A cambio he prometido que le organizaré una exposición individual de sus óleos en Nueva York.
Me he dado cuenta de que los artistas están tan desesperados por vender y son tan pocas las personas dispuestas a pagar por lo que hacen, que cualquier promesa de negocio es recibida con el más ramplón de los entusiasmos.
También en esto le pedí instrucción a nuestra prima, aunque tuve que pasar por las preguntas de rigor y atender sus temores vueltos quejas.
(¿Qué? ¿Ahora te vas a dedicar a mi ramo?
¿No te basta con haberte conchabado la empresa familiar?
¿Realmente crees que vas a apreciar algo de la pintura?).
Pero finalmente accedió a darme una lección o dos con su usual displicencia.
Así, el día que entré a nuestro querido hotel Astor con la misión que me habías dado (aproveché que tenía una invitación de los propios Bowman para una cena de gala en el Grand Ballroom), me di cuenta de un cambio: en las paredes y sobre caballetes había una exposición de óleos.
Con el timing que sabes manejo bien, en el momento preciso me levanté y comencé a fingir un interés que en realidad era puro histrionismo por aquella muestra.
Ante la aburrición que el evento y la prohibición de alcohol me provocaban, mi misión me entretuvo, aunque fuera un poco.
Por supuesto antes de salir de casa me eché cuatro tragos para aguantar la velada, además de llenar mi anforita de plata que me regalaste en mi último viaje “para aguantar la moral seca”.
A los pocos minutos se acercó hasta mí uno de los organizadores de aquella exposición (te digo: la necesidad que apremia).
Me contó que era parte de un proyecto que los hoteles Bowman apoyaban, aunque también los New Heaven Railroads entre otros.
Un inmenso plan de arte: desde hacía dos años estaban construyendo lo que llamaban “la galería de venta más grande del mundo”.
Mil trescientos metros cuadrados distribuidos en diferentes museos, hoteles y algunas tiendas por toda la Unión Americana.
Es el Grand Central Art Galleries primo, y más vale que te aprendas bien ese nombre y estudies su visión y misión a fondo porque han sabido juntar el negocio con el arte.
Por lo mismo, rápidamente me di cuenta de que, habiendo tanta gente práctica en ese proyecto, podía ser el terreno perfecto para lo que ambos queremos.
Volví a fingir un interés estético. Incluso sugerí intenciones de compra.
El organizador (él mismo un artista) se quiso poner serio: me aseguró que para comprar las piezas era menester ser socio de aquel consorcio.
Me aseguró que no cualquiera entraba, que estaba limitado a los círculos más selectos de Nueva York.
Fingí entonces decepción y la acompañé con una falsa intentona de retirarme abatido.
Logré el efecto que quería: ya dándole la espalda rumbo a mi asiento, fue hacia mí y me preguntó si realmente quería ser socio.
“No sé si cumpliré con los requisitos”, le dije dirigiendo ahora yo la negociación.
“Seguro que los cumple”, me dijo. Me reveló el costo anual y mensual de la membresía (un gasto que hay que hacer y que deberá verse como inversión), y me aseguró que ese dinero estaba destinado para la manutención del funcionamiento de las Grand Central Art Galleries y de sus estupendas recepciones que se hacían a cada tanto con motivo de las nuevas muestras de arte.
Simulé tragármelo todo con deleite. Únicamente una de sus preguntas nos hizo dudar tanto a mí como a él: “Usted no es norteamericano, ¿verdad?”.
“¿Quién lo es desde siempre?”, le respondí utilizando mi fórmula consabida.
Insistió: “Pero ¿de qué origen es usted?, si me permite mi impertinencia”.
“Mexicano. Llevo viviendo en este país 18 años, desde mis 12, y mi familia fundó la Lemontrip Marble Co. ¿Va a ser mi origen un problema?”, pregunté con fingida voz cándida.
Cuando solté el nombre de la compañía ya lo tenía en el bolsillo.
Se deshizo en disculpas y a partir de ahí no tuve por qué fingir más.
Le pude mostrar sin mucha diplomacia el desprecio que me inspiraba.
El resto de la velada estuvo procurándome y más aún cuando se dio cuenta de que solo conversaba con miembros de la familia Bowman.
Mi fastidio, querido primo, no fue fingido.
Al final se empeñó en darme su tarjeta y con el paso de los días finalmente le llamé, hicimos una cita, llené algunos formularios, pague un año por adelantado y me invitó a la siguiente muestra que se celebraría en el High Museum of Art en Atlanta.
Fue en ese convivio cuando me convencí por completo de que estaba en el mejor de los caminos y que algunas de estas personas pueden ser receptivas a tu idea.
Te cuento: el proyecto suele realizar exposiciones itinerantes.
Para este caso, el museo fue una casita victoriana de dos pisos, modesta en realidad, pero con grandes jardines, muy al estilo de Georgia.
Los socios éramos alrededor de 50 y todos tenían algo que ver o con compañías pujantes o con familias longevas y acomodadas.
Por supuesto que reconocí algunas caras y nombres, otro punto a favor para nuestra empresa.
Pero el siguiente detalle te va a encantar porque tiene que ver casi de manera directa con tu idea: a la entrada de la exposición nos esperaban tres mujeres disfrazadas de la época colonial.
Con enormes tocados blancos, amplios vestidos, maquillaje blanco y chapas rojas en las mejillas.
¡Eran modelos de artistas contratadas para el evento!
Primo, debes entender que de esto a tu idea solo hay un paso.
Y espera: cada una nos pedía anotar en un papelito nuestro nombre, el cual metían en un gran jarrón de vidrio.
La verdad es que estaba encantado, el arte jamás me había parecido tan entretenido.
Luego pasamos a la muestra. Bronces y óleos se desplegaban por toda la sala.
Los visitantes los veían y se emocionaban ante algunos mientras otros eran tomados con frialdad.
Después de largos y tediosos minutos de revisión pasamos al fin a los cocteles que se servían de discreta manera.
Ya sabes: el juego de lo hago, pero no me entero.
La mayoría de los socios intercambiaban impresiones de las obras, algunos hacían preguntas a los propios artistas que estaban ahí y que también eran considerados socios, pero creativos (esto es, sin dinero).
Nos hicieron pasar al salón más grande del museo donde nuevamente estaban las modelos, el jarrón con los papeles dentro y un subastador.
Pero la subasta no tenía el formato conocido: las obras ya tenían un precio fijo e inamovible.
Entonces, lo que sucedía era que una de las modelos metía la mano en el jarrón, sacaba al azar uno de los papeles, leía el nombre y ese socio era el primero en elegir la obra de arte que quería comprar.
Los primeros lugares tenían un sitio privilegiado porque tenían a su disposición la gran mayoría de la obra, y a los últimos ya les tocaba “un parque muy disminuido” como hubiera dicho nuestro tío.
Por fortuna a mí me tocó más bien ser de los últimos, de esta manera compré una de las obras menos costosas.
Tendrías que haber visto la cara de los artistas (que tenían designadas las últimas filas de asientos) cada vez que se vendía un cuadro o un bronce.
Como en cualquier negocio, los vendidos de inmediato se empollaban felices, mientras que los quedados se iban abatiendo más y más.
Era un espectáculo para partirse de risa.