El Club Barba Azul #15
La historia se había montado en el morbo para vender, y mucho: una mujer de nombre Elena Rivas —muy del estilo de Natalia Constrictor y al parecer de su madre— que acaba de regresar de Estados Unidos, que es un espíritu libre y rebelde, enamora a la gran mayoría de los hombres que la conocen.
Entonces a su alrededor los despechos ocurren.
Desde su propio hermano hasta artistas, sobre todo poetas.
La historia se centra en el enamoramiento y la terrible decepción de un poeta de apellido León ante el deleite sádico de Elena.
El corazón del poeta se hace añicos por un juego de estira y afloja: Elena promete, Elena dice que no.
Elena declara que ahora sí. Elena dice que definitivamente no.
El sensible espíritu del hombre se quebranta como si hubiera leído el más largo y doloroso poema, y entonces la mujer, la salamandra, le manda un regalo: su propio cabello trenzado en una soga que le sirve de horca.
—¿Tu madre tiene el pelo corto o largo? —traté de bromear.
—No te voy a contar nada de ella. Detesta que hayan escrito una novela sobre su forma de ser que, dice, resulta completamente exagerada.
Me di cuenta entonces de que Natalia era la que quería convertirse en el alter ego de su madre. La desenvoltura, las ganas de impresionar, vivir en una eterna actuación. Debía de ser agotador.
—¿Por qué me cuentas entonces de Rebolledo y tu madre?
—Para saber qué tan culto eres.
Nada de abrirse, nada de responder de manera directa. De pronto me sentí agotado. Si había renunciado a actuar para llevar mexicanas incautas a la Argentina, tampoco lo iba a hacer para complacer a una mujer que tenía una máscara indeleble.
—Bueno, la noche termina… —sugerí. Por vez primera vi que Natalia Constrictor no actuaba: se quedó seria.
—¿Te vas, entonces? —intentó recomponerse.
Pero no me fui. Después de mi tentativa de huida, Natalia me enseñó la otra cara de su actuación.
Comenzó a ser encantadora, solícita, aunque nunca sumisa.
Como si hubiera ocurrido una reacción química con una metodología antes probada, inició el contacto físico, y este no se detuvo hasta que llegamos a su casa.
Nunca había roto tantos precintos de moralidad, pero eso a ella no parecía importarle.
Ningún familiar estaba en casa, los sirvientes hicieron la vista gorda.
Era como si todos los cocteles a los que asistía tuvieran, de manera natural, ese final.
Su habitación era más grande que el salón del cenáculo .
Un poco chapado a la antigua: las ventanas tenían pesadas cortinas que caían con holanes, había varias sillas con crestas labradas, otras caladas.
En una esquina descansaba un costurero victoriano, en otra una consola neorrococó y en un rincón más una mesa estilo Luis XV.
Mucho dorado, muchas gasas, muchas alfombras.
—No me vas a penetrar —me dijo cuando ya estábamos magreándonos. Su enunciado otra vez me dejó helado. Ni en México ni en la Argentina había oído esas declaraciones en boca de una mujer que no fuera una profesional.
—¿Entonces qué estamos haciendo? —recuerdo que le dije deteniendo toda acrobacia.
—Me vas a complacer —contestó casi como si estuviera esperando esa pregunta— y si lo haces bien, luego me va a tocar a mí.
Nuevamente quedé engarrotado mientras ella se subía a su inmensa cama con cielo raso, se levantaba la falda sin descubrir más que la parte inferior de su cuerpo y, de una manera que me pareció impúdica, abrió las piernas mientras me llamaba.
Cuando reaccioné, me acerqué con tiento a su cama, ya iba a besarla nuevamente mientras mi cabeza se debatía en un afluente de discrepancias y cautelas, cuando Natalia Constrictor tomó mi cabeza con las dos manos y me empujó hacia abajo.
La misión
Durante los siguientes dos meses el colegio organizó tres excursiones: Xochimilco, las recién inauguradas pirámides de Teotihuacan, y una más en la ciudad de Puebla.
La última incluía una noche fuera. Las alumnas llegaron a cuatro grados por debajo de la histeria.
La casa para señoritas que el colegio había apartado estaba a un costado de la iglesia de la Santísima Trinidad, y en realidad formaba parte de su convento.
Las religiosas trinitarias se entendieron a la perfección con nuestras huestes.
Las reclusas no se quedarían ahí para siempre, aquello solo era una manera de reafirmar su vocación de decencia.
Pero en esa condición, por cierto, evitaban a toda costa el recato.
A la hora de dormir comenzaron a circular materiales de lectura que hubieran erizado los pelos en la nuca de Andrea.
Varios ejemplares de la colección argentina Primor de Novelas tenían las tapas raídas y dobladas por el manoseo.
Tuve que adivinar las portadas de El derecho a la felicidad , El voto de Nadia y El ensueño blanco , sus libros más vendidos.
Las novelas románticas Claudinas también tenían éxito entre las internas y las visitantes.
Las alumnas preferían que fuera yo quien las descubriera en el tráfico literario porque sabían que se las devolvería al día siguiente.
Luego me di cuenta de que también buscaban ese momento para hacerme preguntas fulguradas por lo leído.
—M. Ángela, ¿es cierto que una mujer puede tener más de un hombre?
—¿En su vida o al mismo tiempo?
—M. Ángela, ¿usted ha presenciado cuando una pareja se ama… físicamente antes del matrimonio?
—Jamás he recibido invitación para una fiesta así, pero eso no significa que no suceda.
A todas les pedía discreción. Más que por guardar las buenas costumbres, para que mi actuación con Andrea no se resbalara hasta caer al suelo. No hubo problema: la última noche que pasamos en Puebla, Andrea me excusó del cuidado de las alumnas.
—Te va a sustituir M. Patricia, ¿de acuerdo?, ahora quiero que me acompañes a una cena que tenemos con un grupo de buenos amigos poblanos.
Lo que más me impresionó de la casa que visitamos fue la cocina.
No sabía que el más moderno lujo podía ir tan bien aparejado con mosaico de talavera o con las ollas de barro.
Cuando me asomé vi a más de 10 personas trabajando sin recibir órdenes, en silencio y apenas levantando la cabeza de la tarea que los entretenía.
Unos cortaban verduras, otros preparaban salsas, otros aderezaban unas codornices.
El resto de la casa quería ser solo moderna, lo que resultaba contradictorio tomando en cuenta que era una de las casonas con más historia en la ciudad de Puebla.
Cuando todos los invitados llegaron, nos condujeron a un comedor con una mesa en la que cabían más de 25 personas.
Éramos en total 15, y yo estaba sentada a la derecha de Andrea.
La cabecera la compartían un obispo y el dueño de la casa.
Parecía que en los días anteriores había hecho bien mi trabajo porque nadie reprochó mi presencia.
Previo a la comida se ofició lo que a todas luces era una misa doméstica, con el obispo de pie y todos callados hasta el final de la ceremonia cuando a una sola voz todos dijeron: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!”.
Aquello pareció la señal para que el comedor se inundara de repente por los mozos que depositaron los platillos enfrente de cada uno de nosotros.
La verdad es que no me costó demasiado seguir las formas de esa liturgia.
Se parecía demasiado a la vida institucionalizada que yo había vivido desde que mi memoria me asistía: guardar silencio, asentir, comer cuando te piden que lo hagas.
En esa cena no había conversaciones ligeras, no había risas.
La seriedad cobró después forma de un discurso que dijo el dueño de la casa.
Un hombre en sus 50 años muy bien vestido y que hacía largas pausas mientras comía.
Sus ideas eran muy parecidas a las que el obispo había dicho minutos antes, solo que en vez de la contemplación preocupada o piadosa frente a “las atrocidades del gobierno”, ahora se pedía acción.
—Las brigadas femeninas de Santa Juana de Arco ya están listas en Zapopan —nos dijo de buenas a primeras—, es ahora cuando debemos actuar.
El gobierno comienza a sospechar de ellas y las han intentado interrogar sin éxito.
Fue una gran idea que todas tomaran el voto de silencio.
Hasta donde sabemos ninguna ha hablado. Ese ha sido un voto que eleva a Dios por partida doble, no me cabe duda.
Así, ya han entregado los últimos tres cargamentos de municiones que les hemos proveído, pero en los siguientes meses será más difícil hacer los intercambios.
Como todos sabemos, acaba de empezar la llamada campaña de alfabetización rural.
Una fachada que en realidad busca seguir de cerca nuestros pasos, tener centinelas del gobierno en cada pueblo, en cada villa.
El Mal estará presente de manera directa y ya no habrá la misma libertad que hasta ahora hemos tenido para defender la palabra del Señor.
Es por ello que varias familias de nuestras compañeras aquí reunidas han orquestado, de hábil manera, una estrategia para hacerles llegar un gran cargamento que con toda probabilidad será el último en mucho tiempo.
En tres semanas se organizará, justo en Zapopan, el congreso de escuelas para señoritas.
Irán institutos de todo el país. Ese será el momento justo.