El Club Barba Azul #14
Pero el pasado siempre nos alcanza y lo hace en forma del peor presente.
Después de algunos meses en los que viví de mis pies bailando al ritmo de la música, las culpas me arrebataron la tranquilidad.
Recordaba el trabajo que mi padre había hecho como anarquista en las chacras de Neuquén.
Recordé sus inmóviles virtudes: el trabajo y la honestidad.
Y mientras tanto yo pasaba noche tras noche montándome en mi figura de Gardel para ir tirando.
En los momentos más honestos pensaba que estaba haciendo solo una variación del nefasto propósito original que me había traído a México.
Probablemente tratando de expiar la culpa que se robustecía sobre todo en las madrugadas, me informé de algunos círculos anarquistas que había en la ciudad de México.
Sabía que los extranjeros no podíamos hacer política en este país, pero confiaba en la hermandad anarquista que tiende los brazos ignorando fronteras.
Así, llegué a las tertulias que Leopoldo Méndez dirigía en la Academia de San Carlos.
Todos me decían que Méndez era el auténtico heredero de José Guadalupe Posada, al que me aficioné casi desde mi llegada.
Posada me parecía simplemente extraordinario.
A pesar de que la gran mayoría de los asistentes a las reuniones practicaban el grabado o eran pintores, el círculo no se cerraba con ellos.
Había escritores, dramaturgos, hombres y mujeres, y diletantes como yo mismo lo era.
Pronto me di cuenta de que la filiación política del grupo era tan diversa como sus integrantes: sí un poco de anarquismo, pero también comunismo, socialismo y varios ismos más que buscaban una salida práctica al idealismo.
Lo curioso era que, incluso si dos miembros se declaraban dignos representantes de la misma corriente, podían discutir durante horas sobre un detalle nimio: ¿qué era lo más urgente para elsocialismo práctico?
¿El refuerzo al hermano agricultor o el apoyo al hermano obrero?
¿Qué producto era más fraterno con la Internacional, la batata o el frijol?
Cuando las discusiones mudaban hacia la creación artística, aquello era un pandemónium.
No había persona en ese salón de clases que no quisiera opinar.
Cercioré que el ego era el denominador común de la lucha de clases.
La voluntad me obligaba a estar ahí. Una especie de deuda que sentía con mi padre, pero el sopor era una resortera que me enviaba de regreso a los bailes de barrio en el nuevo país.
Muchas noches las pasaba en el Salón México, una perla recién inaugurada en donde ya era conocido por mis pasos de tango.
“Gardel, ¿me vas a sacar a bailar la primera pieza?”, me decían las más atrevidas, aunque muchas otras también lo pedían en silencio, con su sonrisa que nacía en la coquetería y moría con la vergüenza.
En las tertulias de Leopoldo Méndez me decían camarada Carlos.
La misma referencia al Mudo pero con un tono de compromiso con el hermano desabrigado.
Ya estaba decidido a dejar las reuniones, cuando apareció Natalia Constrictor.
La mayoría de los asistentes teníamos apodos.
Solo se salvaban las figuras públicas cuyo nombre era tan rotundo que llamarlos de otra manera hubiera sido un torpe intento sin resultados.
A Leopoldo Méndez nadie lo llamaba de otra manera, y nadie omitía el apellido.
Para el grupo, yo era el camarada Carlos y ella Natalia Constrictor.
Su sobrenombre lo había elegido ella con tal tenacidad que no respondía a ningún otro apelativo.
Natalia destacaba por su imprudencia. Y su imprudencia era estudiada.
No dejaba nada al azar, pero tardé algún tiempo en entender esto.
Sus participaciones eran displicentes y siempre espetaba que el arte por sí mismo tenía el poder para cambiar a la sociedad sin necesidad de la Internacional.
La furia llegaba como centella después de que participaba.
Mientras hablaba, no paraba de fumar cigarrillos de tabaco oscuro de El Buen Tono con una larga boquilla.
El olor inundaba el lugar como si no bastara con su presencia.
Siempre llegaba con profundos escotes y, muchas veces, los vestidos tenían un largo tajo de tal manera que cuando se sentaba y cruzaba su pierna era posible verle el muslo.
Todo en ella era una artificiosa bravata, incluso repetir que el arte por sí mismo era suficiente para generar un cambio.
Tiempo después me enteraría de que el arte le interesaba muy poco.
Pero al principio me sentí atraído. De una manera malsana.
Esa mujer era un reto y en más de una ocasión construía la fantasía de llevarla a Buenos Aires ciñéndome al plan original que me había traído a este país.
Era deseo, pero también unas irrefrenables ganas de ponerla en su lugar.
Un día fui incapaz de alejar mi mirada de la pierna que terminaba en lejana promesa.
Al finalizar su intervención, volteó a verme con rapidez, sin bajar la mirada y me dijo enfrente de todos:
—¿Pasa algo, camarada Carlos?
Escupí una respuesta que salió como el más débil de los antídotos y después me quedé callado, mirando al suelo.
Cuando la reunión llegó a su fin —ese día había resultado especialmente soporífera— traté de salir lo más pronto posible, despidiéndome apenas.
No bien había dado dos pasos fuera del salón, cuando me alcanzó.
—¿Le molesta mi presencia en las reuniones, camarada Carlos?
La mujer no dejaba el asunto. Pero ya más preparado para la confrontación intenté mostrarme más seguro.
—Nada de eso, Natalia, es que…
—Natalia Constrictor.
—¿Qué?
—Mi nombre es Natalia Constrictor.
—Bueno, como sea. Solo ponía atención a lo que decía.
—Parecía que más bien estaba poniendo atención a otras cosas de mí.
—¿Le molesta eso? —regresé ya un poco fastidiado.
Sin ponerme atención, o fingiendo que no me ponía atención, sacó otro cigarrillo, lo colocó al final de su boquilla y cuando vio mi ademán de alcanzar el encendedor en mi bolsillo, sacó el suyo a toda prisa y se lo prendió ella misma.
Mientras daba dos caladas, se me quedó mirando.
Me estudiaba. La boquilla entre los dedos índice y medio, el codo apoyado en su cadera que hacía un quiebre muy cerrado.
—Me dicen por ahí que eres estupendo en el gotan .
¡Lunfardo! Me parecía que hacía décadas que no escuchaba a alguien hablar lunfardo.
—¿Qué? ¿Has estado en Buenos Aires?
—¿Es importante eso o lo preguntas solo por boquear?
—Mirá que eres atrevida —le dije, y de inmediato me di cuenta de que frente a lo que ella decía, yo parecía una señorita asustadiza.
—Pues para ser argento tienes poco de atorrante, pero bagarto no eres —avanzó. El lenguaje de los ladrones en boca de Natalia Constrictor sonaba fascinante.
Fuimos al bar La Ópera. “Vamos a sentarnos abajo del balazo de Pancho Villa para que ambos sintamos el cobijo de un hombre”, me dijo cuando vimos que el lugar estaba más bien vacío.
—Pará, pará con ese jueguito que no me gusta.
—¿Te ofende?
—Y no, pero me fastidia.
No sirvió de nada mi advertencia. Mientras yo pedía una cerveza, ella eligió un tequila.
—Dicen que es de peladitos, pero a mí me gusta.
—Pues entonces te acompaño yo también con uno.
Dos por uno. Ese era el ritmo de nuestro consumo, conmigo siempre detrás.
Poco a poco me fui enterando de que Natalia Constrictor vivía en San Ángel, tenía chofer de planta y no tenía razones para preocuparse por el dinero.
Como con otras familias porfirianas, la guerra no había mermado sus arcas que tenían ya varias generaciones de afianzamiento.
Gastaba su tiempo en las reuniones que la sociedad hacía en torno al arte y su día nunca empezaba antes de las 11.
Luego leía, pintaba o escuchaba música. Tres tardes de la semana estaba en el cenáculo Leopoldo Méndez , como ella lo llamaba, y me aseguraba que con cada nueva reunión se mermaba su sensibilidad artística.
Por ello, las otras tardes iba al cine sin fallar.
Esa nueva expresión, me aseguraba, era el futuro del arte.
Las noches, también sin falta, iba a cocteles.
—¿Por qué vas entonces al cenáculo ?
—Para conocer gente —fue su lacónica respuesta.
Conforme el alcohol se mezclaba en la sangre, llegó a temas más delicados.
Pero la verdad era que, sin importar la intimidad o las confidencias, en Natalia Constrictor siempre predominaba la simulación.
De buenas a primeras me aseguró que su madre era un mito bien conocido, pero que no pensaba revelarme tampoco su nombre.
—¿Sabes quién es Efrén Rebolledo?
—Un escritor, ¿no es cierto?
—Sí. Del mítico grupo de la Revista Moderna , pero tuvo el buen tino de irse del país lo más lejos que pudo.
—Pues yo lo conozco por su novela Salamandra , la leí hace poco.
—¡Ajá!
—¿Qué pasa?
—La mitad de México la leyó. ¿Te gustó, Carlitos?
—Me gustó —contesté bravo, pensando que decir su nombre en diminutivo era muy complicado para usarlo en el mismo tono que ella había sometido al mío.
—Pues la mujer de esa novela está inspirada en mi madre.