El Club Barba Azul #13
De algo no había duda: Andrea era una mujer muy devota.
Su familia —me había contado— venía de los Altos de Jalisco, y eran hacendados para quienes el inicio de la Revolución solo había sido un desafortunado evento que mermó un poco sus ganancias.
Las batallas que ahora se vivían eran distintas, no porque amenazaran la economía familiar sino porque, en palabras de ella misma, “cuestionaban verdades que no debían ser discutidas”.
Para mayor peste, me aseguró, la nueva guerra se había instalado en medio de los ranchos de la familia.
Ante ese panorama, los padres habían decidido mandar a los hijos a la ciudad de México.
Los colocaron en la colonia Roma, en la casona de una familia que no tuvo tanta suerte y que por las guerras tuvo que rematar la propiedad para irse a vivir al extranjero.
Además, se hicieron socios del proyecto educativo que Andrea en parte dirigía.
Teniendo clara esa situación, en los días siguientes, durante cada recreo aprovechaba para ir a la capilla del colegio y actuar lo más piadosamente que me era posible.
Para añadir un toque dramático, llevaba siempre conmigo, en una de mis manos, un rosario al que acariciaba fingiendo concentración.
Fue la misma época en la que elegí los vestidos más recatados.
Hice la compra con todo propósito: a pesar de que ya había caído en desuso, obtuve tres vestidos con crinolina en vez de polisón.
Comprarlos fue sencillo; lo difícil era ponérmelos todas las mañanas, atarme el armazón alrededor del talle sin arrugar demasiado los holanes.
Eran colores serios, pero no oscuros; tampoco deseaba verme como una viuda: debía tener las cantidades exactas de circunspecta respetabilidad y vigorosa juventud.
No pasó mucho tiempo para empezar a tener las primeras reacciones de Andrea.
Después del escándalo de Santa , el cura del colegio se paseaba más por mis clases.
Fueron periodos en los que me apegué por completo al plan de estudios e incluso elegí lecturas piadosas.
Las alumnas se aburrían y me veían extrañadas, pero la misión exigía la avenencia de los adultos, aunque eso me restara popularidad entre las jovencitas.
Después de algunas semanas Andrea aprovechó una de mis escapadas de falsa contrición.
Entró detrás mío, se persignó y de inmediato lanzó su cascada de preguntas:
—¿Está todo bien contigo, M. Ángela? He prestado atención porque parte de mi trabajo consiste en prestar atención, ¿sabes? Y he visto que últimamente vienes mucho a la capilla.
—Todo bien, M. Andrea, es que, no sé si le ha pasado, pero en estos días he sentido una fuerte vocación religiosa. Eso incluso me ha hecho pensar si no estoy errando mi camino.
—Te refieres a… —no se atrevió a completar la frase como si el solo hecho de decirlo fuera una falta de respeto.
—Sí, tal vez tomar los hábitos, M. Andrea —la ayudé a terminar.
—Pero no entiendo: ¿entonces por qué las lecturas malsanas?
—Probablemente sean los bandazos propios antes de cualquier gran decisión, no lo sé de verdad.
Se quedó pensativa un rato, con su mirada instalada entre el retablo y una de las ventanas altas de la capilla.
—¿Sabes? Yo pasé exactamente por lo mismo que me cuentas.
(¡Cómo dudarlo! Era imperativo que Andrea siempre llevara un paso de ventaja, siempre tenía un poco más de experiencia que las demás, por eso podía aleccionar).
—Incluso le comuniqué a mi familia que deseaba ingresar al convento de las capuchinas, pero ¿sabes lo que me dijeron?
(Estaba segura de que me iba a enterar).
—Me dijeron que, en estos momentos revueltos, la fe necesita de otras voluntades para fortalecerse.
—¿De qué se trata?
—De la guerra que estamos viviendo, M. Ángela.
(¡Lotería!)
—¿A qué guerra se refiere? ¿A la Revolución?
—No, no: a la última. La que sucede en este momento mientras ambas conversamos en esta modesta casa de Dios, protegidas por esta institución. En el mundo exterior las cosas son distintas, aunque tú no lo sepas. Los ambientes son más agrestes, más nocivos, ¿sabes?
(Lo sabía. Parte de mi trabajo era enterarme de eso).
—Pero ¿cómo es posible ayudar, si está lejos de nuestro alcance?
—No tanto como crees. Los soldados de Dios allá afuera necesitan del toque femenino que los proteja, que los alimente, que los provea de vez en cuando.
—¿Ustedes hacen eso? —De inmediato agregué otra pregunta para no verme tan obvia—: ¿Es posible hacer eso?
—Claro que sí, M. Ángela: esta es una batalla entre lo erróneo y lo correcto.
Aquí todos juegan una parte, lo sepan o no.
Tú aquí en el colegio ya lo estás haciendo, pero siempre se puede hacer más, ¿no es cierto?
Los signos son claros. No se te puede olvidar el terrible atentado que planearon hace cinco años en la Basílica.
La dinamita que pusieron las fuerzas de la desesperanza para hacer desparecer la imagen de Nuestra Señora Guadalupe.
¿Lo recuerdas? Y la manera en la que milagrosamente su figura se salvó.
Esos barbajanes fueron incapaces de contagiar su descreimiento, su falta de fe, su inmoralidad.
Y ahora con la Ley Calles quieren mermar todas las casas de Dios del país.
Irrumpen en plena misa, quieren obligar a los sacerdotes a casarse, a tener hijos para poder oficiar.
¿Te parece moral? Los quieren prostituir con ideas alejadas del sendero de Dios.
Así de seria es esta batalla, M. Ángela, y frente a este ensayo de Apocalipsis no podemos permanecer impávidas.
Mientras duró su discurso, me di cuenta de que las mejillas se le habían puesto rojas, la carótida se le había inflamado y los nudillos de las manos estaban blancos de tanto cerrar los puños.
Diario de un seductor 1
No me enorgullezco de los motivos por los que llegué a México.
Mi contacto me dijo sin sonrojarse que la idea, pibe , era ir hasta México.
Convivir ahí en fiestas de pueblos, conocer a una mexicanita guapa y joven, invitarla a salir, decirle que en Buenos Aires mi familia era de buena cuna, convencerla de que se fuera a vivir a la Argentina conmigo y una vez ahí ponerla a trabajar en la calle.
No. No me enorgullezco de lo que me motivó a venir a México.
Mi familia no era de buena cuna. Tampoco tenía mucho dinero: mis padres, después de haberme tenido a mí, tuvieron otra hija que nació con un retraso mental que los médicos diagnosticaron como cretinismo .
Tuve que dejar los estudios para trabajar con mi padre en una chacra que pertenecía al barrio y que nos daba de comer.
Cada vez que llegaba por la tarde o entrada la noche, Silvina salía corriendo a mi encuentro y me abrazaba al menos por dos minutos, mientras se reía como si mi presencia fuera una sorpresa que ocurría por vez primera.
Mi madre la cuidaba y le tenía paciencia.
La paciencia le pintó el pelo de blanco a temprana edad.
Mi padre trabajaba el doble de tiempo y el esfuerzo le provocó un eterno dolor en los huesos.
Por ello tomé la decisión: con el trabajo de ambos y el cuidado de mi madre, no íbamos a ir muy lejos.
Así que cuando los hermanos Vitela se me acercaron para decirme que no era mal parecido, que viera el éxito que tenía con las minitas en cada milonga, para luego hacerme la propuesta internacional, no lo pensé mucho.
—Ya serías el cuarto que reclutamos, che —me dijo el más pequeño.
—Los otros han estado yendo y viniendo sin mayor problema —completó el hermano mayor.
Pero la verdad es que no me atreví. No bien me vi fuera de mi país, decidí otro camino.
Mi país no estaba pasando por un buen momento: Yrigoyen y Alvear desde sus presidencias fragmentaron los ánimos y destrozaron la moral de todos los que laburábamos unidos a un sindicato.
La fuerza obrera se había visto disminuida y los conservadores se fortalecían.
Tampoco es que en este país se viviera la bonanza, pero tal vez por ser extranjero sentía que las rencillas políticas simplemente no me correspondían.
Cuando intenté engañar a la primera mexicana que había conocido, la vergüenza me hizo torpe.
Quería parecer chulo y me salió lo ganso.
La verdad es que no me nacía ligar a la fuerza y menos teniendo en mente lo que le podía ocurrir a esa piba.
La historia terminó con la mujer apiadándose de mí.
Me invitó a comer con sus padres en una modesta casa al norte de la ciudad, no como novio sino como quien adopta a una mascota.
Mantuve la cabeza abajo y di las gracias lleno de vergüenza por mis intenciones iniciales con la mexicana.
Ya no podía regresar a Buenos Aires. Los Vitela me habían pagado el billete que iba a cuenta de lo que me darían por el trabajo hecho y que no estaba hecho.
Los tres hermanos Vitela eran de temerse: extendían sus tentáculos en los sindicatos de la industria ganadera, pero también se codeaban con los empresarios, aunque estos se lavaran hasta el brazo después de haber estado en contacto con cualquiera de ellos.
Regresar sería la muerte. Además, ¿qué puedo decir?
Me gustó México. Y parte de mi éxito se lo debo al Mudo .
¡Cómo escuchaban a Gardel en México! Eso y los boleros.
Seguí asistiendo a las fiestas de barrio donde sacaba a bailar tango a las invitadas y la gente veía.
Ahí sí me salía lo chulo. Ya sin presiones, ya sin dobles propósitos.
En el barrio me llamaban Gardel. No estaba mal.