El Club Barba Azul #12
La Madre Conchita hizo acopio de paciencia. No parecía que Andrea le desagradara, pero tampoco le gustaba ceder la batuta.
—Pues hay peores cosas, M. Andrea, mire usted lo que está pasando en la casa del Señor.
Dimos la vuelta para ver la entrada del templo. Ahí, miembros del ejército cargaban un pequeño camión con varios de los objetos sacros que habían sustraído del interior.
—Pero ¿qué es esto? —preguntó Andrea sin actuar con preocupación y, ahora sí, esperando una respuesta.
—La Ley Calles —contestó la Madre Conchita—, ya ve: una ley que permite el robo, y no cualquiera: el robo de las casas más importantes que puedan existir.
Su respuesta la dijo a un volumen alto como para que los soldados escucharan. Ninguno de ellos se ufanó, muy al contrario, algunos bajaron la cabeza con visible vergüenza.
—Entonces, debemos hacer la misa aquí afuera ya que la capilla de San Sebastián está siendo ultrajada de esta penosa manera —no bajó un ápice el volumen de su voz.
Ordenó a las alumnas en líneas de seis, una fila atrás de otra.
A las maestras nos puso hasta atrás. Luego fue por el cura que empezó a oficiar la misa, tratando a cada rato de sobreponerse a lo que estaba sucediendo detrás.
Mientras hablaba, algunos mirones se sumaron en silencio a la liturgia.
Los ojos de Andrea se mantenían vigilantes.
Cuidaba a sus señoritas mientras la Madre Conchita revisaba que todos guardaran un férreo respeto.
Cuando parecía que ya no habría sorpresas, ambas se colocaron en una esquina y hasta allá llegó el círculo cercano de Andrea.
Estuvieron hablando en voz muy baja atendiendo la misa a medias, parecía que se ponían de acuerdo en algo.
Yo alterné mi vista entre ellas y el cura, que parecía más atribulado que entusiasta.
Después de la misa, la despedida también se ajustó a la perfección para recriminar de nueva cuenta a los soldados.
El único que no mostraba vergüenza era un capitán que miraba a M.
Andrea y a la Madre Conchita con una sorna que parecía tener alma de resentimiento.
Minutos más tarde fuimos hasta el paseo del río.
Caminamos por su vereda y nos dimos cuenta de que estaba crecido.
Me dijeron que era de las temporadas en las que, para pasar de un lado al otro, era necesario hacerlo por los puentes de piedra.
Avanzamos entonces hasta el puente mayor y nos instalamos en su parte más alta y en la explanada que tenía a un costado.
La Madre Conchita fue invitada, lo mismo que el párroco.
Junto con Andrea hicieron una reunión aparte.
El resto de las maestras vigilábamos a las alumnas.
Uno de los autos se las ingenió para llegar hasta donde estábamos nosotros, avanzando con lentitud por una de las veredas más anchas que, en esa zona, eran pocas.
Los mozos comenzaron a bajar la comida bien tapada bajo mantas que luego nos servirían de manteles sobre el pasto.
Mientras acomodaba la comida junto con el resto de los docentes, me di cuenta de que uno de los mozos llevaba otros bultos envueltos, de gran tamaño.
Con la mayor discreción que podía los colocaba justo debajo del puente.
Al principio pensé que era ahí donde comerían él y sus compañeros, tal vez aprovechando la sombra, pero cuando el mismo hombre llevó su última carga, subió con el resto de los ayudantes, y con arduas maniobras sacaron el auto de ahí, y desaparecieron.
Estaba convencida de que nadie había caído en la cuenta de esos viajes: todas estábamos ocupadas conversando, disponiendo la comida, comiendo.
Pero entonces vi al grupo de siempre: Andrea, la Madre Conchita y el cura, quienes supervisaban el ir y venir del joven con aprobación y silencio.
De vez en cuando se decían algo, asentían o negaban.
Yo miraba de reojo para que no se dieran cuenta.
Me quedaba claro que algo más sucedía en ese día de campo.
M. Andrea se percató de que estaba observando y por unos segundos se me quedó viendo fijamente.
No pude adivinar la reacción en su cara que se mostraba impasible.
Ese día no podría saber de qué se trataba aquel ajetreo.
Si hubiera ido abajo del puente, me interceptarían y sería marcada como sospechosa.
Quería lo contrario. Si deseaba enterarme de qué pasaba, era necesario crear otra distracción opuesta a lo que estaba pasando.
Una que le hiciera olvidar a M. Andrea mi curiosidad.
Entonces construí un artífice que llamara la atención y me sacara de la franja de la sospecha.
La situación se dio de manera natural. Les pregunté a mi grupo de alumnas:
—Señoritas —así pedían que las llamáramos—, ¿alguna de ustedes ha leído Santa ? La escribió Federico Gamboa.
Silencio.
—Gamboa tiene su casa al lado de la capilla de San Sebastián.
Mayor interés.
—¿Es rico?
—¿Es famoso?
—Un poco de ambas cosas —contesté—, aunque no es ni tan rico ni tan famoso como Rodolfo Valentino. Pero… su novela es considerada inmoral.
Ya con la atención a prueba de distracciones les conté la historia de Santa , prostituta que enamora, enferma, aborta y muere.
Les hablé un poco sobre la tragedia como manera de mostrar la hipocresía social.
Me preguntaron sobre enfermedades venéreas, les di diagnósticos clínicos.
Me preguntaron sobre la locura, les conté —sin nombres— algunos cuadros de los pacientes que conocí.
Me preguntaron sobre Eros y Tánatos aunque usando otros apelativos, les hablé de Freud.
La sesión terminó cuando Andrea ya estaba a mi lado. Se había acercado sigilosa.
—¡M. Ángela, pero ¡¿qué les estás contando a estas niñas?!
A las seis de la tarde toqué la puerta en casa de Sebastián.
—¡Ja, ja, ja! —se rio—: ¡ Santa ! ¿Se te ocurrió contarles de Santa ? ¡Qué bien!
—He descubierto que más de una tiene inclinaciones para la medicina.
—Bueno, habrá que ver si su vida marital les permite esas inclinaciones. Pero cuéntame de las reuniones clandestinas.
—No sé si me estoy poniendo paranoica.
—El miedo puede estar en tu cabeza o estar fundamentado, querida Ángela. La maravilla con la paranoia es que es difícil saberlo porque depende de tu nivel de locura, y un loco no puede hacer el mejor diagnóstico de sí mismo.
—Tengo que investigar más, pero me da la impresión de que Andrea y varias de las maestras no se juntan todo el tiempo para hablar de experiencias escolares o religiosas.
No es sencillo sacar una conclusión porque estoy completamente apartada de ellas; sin embargo, entre el cura del colegio y ellas mantienen alta la tensión, como si tuvieran que llevar a cabo una tarea delicada.
No quiero adelantar nada: eso sería un error de procedimiento.
—¿Qué harás entonces? —preguntó entretenido, casi divertido.
—Voy a hacer que me inviten a sus reuniones.
—Si lo haces bien, el premio que te espera igual no resulta muy apetecible.
—Quién sabe, pero mi duda quedaría resuelta. Eso lo vale.
—¿Alguna estrategia?
—Ser lo que no soy. Fingir que me gustan las cosas que me disgustan. No contestar y sonreír.
—Es curioso —regresó Sebastián de pronto sin ningún ánimo festivo— que quieras hacerte pasar por quien no eres.
—¿Por qué?, si es parte de la estrategia.
—No, no por eso: es que en esas condiciones fue que conocí a Servando.
—¿Al Abuelo?
—Al Abuelo. Se hizo pasar por un aficionado a la literatura decadente.
—¿Y eso?
—Quería entrar en un círculo de amigos pretenciosos que en esos momentos nos reuníamos en mi casa.
—¿Y lo logró?
—Pasó por uno más para mis amigos, pero yo no lo creí su papel, y por eso nos hicimos buenos amigos.
—¿El Abuelo era espía?
—Algo así. Tenía debilidad, como tú, por enterarse de información que no le pertenecía. En ese sentido sí puede pasar como tu auténtico abuelo.
Ambos quedamos en silencio. Tal vez recordándolo, tal vez intentando definir la línea que separa a la curiosidad de la obstinación.
—Ángela, hay algo que necesito decirte a pesar de que los consejos salen torcidos de mi boca.
Tienes un buen olfato para descubrir situaciones que no son correctas, eso me queda claro desde que estabas en la clínica.
Y tienes un alto sentido de la justicia.
Te gusta analizar las cosas para ver si las puedes enmendar.
Eso puede ser de gran ayuda para muchas personas.
—¿Pero? —le pregunté adelantándome.
—Pero el motor que te lleva a hacer todo eso tiene una gasolina demasiado inflamable.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que lo que le ocurrió a tu mamá es algo que quedó en el pasado, es una injusticia que no se va a poder enmendar, querida.
—Apenas conocí a mi mamá.
—Pero su muerte te tiene marcada.
—¿Y qué puedo hacer? —le pregunté hastiada del rumbo que estaba tomando la conversación.
—No sé. Tener muy claros los motivos que te llevan a hacer lo que haces, probablemente. Tal vez con eso baste.
Los días siguientes estuve actuando la mayor parte del tiempo.
La representación me extenuaba porque debía fingir cosas que no aceptaba.
Para sobrellevar la contradicción, establecí un método: contestar a destiempo las preguntas de Andrea.
Sabía que en el momento no me dejaría hacerlo, pero esperaba que tuviera la memoria suficiente para recordarlas después con mis tardías respuestas.
Que se diera cuenta de que estaba acomedida para responder y ganar su aprobación.
—Les estaba contando de la novela Santa de Gamboa porque es un clásico que lee la buena sociedad.
—Pero si es un rosario de indecencias, M. Ángela. Yo misma la leí después del desaguisado del otro día y no pude pasar de la página 20. Hay que cuidar las formas, eso es todo, ¿entiendes?
—Tiene toda la razón. No volverá a pasar M. Andrea.