El Club Barba Azul El Club Barba Azul #11
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El Club Barba Azul #11

Más tarde otra Mademoiselle me hizo una visita guiada a las instalaciones.

Las aulas no diferían una de otra: pupitres, pizarras, todas pintadas de blanco arriba y azul abajo.

Cuando llegamos a los dormitorios, un acceso de memoria me pegó en el cerebro como un manotazo.

Grandes galerones con hileras de cama sin separación.

Recordé sin remedio el orfanato de la infancia.

Las amenazas, los bichos, la maldad congénita.

Tuve que gastar energía para recomponerme.

Ya lo había superado, pero era necesario no olvidarlo.

Me convencí de que, a pesar de las similitudes, ese sitio era diferente: las sábanas estaban limpias, el piso estaba bien barrido, no había ni telarañas ni humedad en las paredes.

—¿Se encuentra usted bien, M. Ángela?

Mi guía era más joven que yo. Me atreví a preguntarle:

—Oye, ¿las muchachas son aquí felices?

Se me quedó viendo extrañada.

—Sí. Supongo que sí.

Cuando conocí a las alumnas, derribé uno de mis primeros prejuicios: no estaban cortadas con la misma tijera.

Tras los uniformes idénticos y las similares maneras modosas, sus personalidades diferenciadas permanecían agazapadas, pero listas para saltar cuando el momento resultaba propicio.

Algunas me despreciaban de manera velada: no era tan blanca, mis ojos no eran tan claros, mi título no tenía endilgado un reconocido apellido europeo.

Otras me admiraban con discreción: cuando me salía de los lineamientos de la materia y les hablaba de algunos pacientes y sus dolencias.

Algunas incluso se me acercaban al final de la clase para hacerme preguntas que no se habían atrevido a realizarme en público.

La mayoría simplemente vegetaba en clase.

No les interesaba ni lo que decía ni cómo era.

Para ellas, el colegio solo era la antesala para llegar al altar.

Las altaneras eran las más divertidas:

—M. Ángela, ¿y trabajar tanto tiempo con locos no le contagió algo?

—Afortunadamente nos inyectaban todas las mañanas para no contraer sus enfermedades mentales.

—M. Ángela, ¿qué se siente ser una solterona?

—No lo soy, querida. Entre los pacientes de la clínica logré convencer a un débil mental para que se comprometiera conmigo: tengo mi futuro asegurado.

—M. Ángela, ¿no teme que en la calle la confundan con una criada?

—Al contrario: eso me da la posibilidad de enterarme de información que sin querer me dan porque piensan que soy inofensiva.

Algunas reacciones eran nuevas para mí, y no solo en el colegio.

Afuera me topé con la novedad de que era muy difícil caminar por las calles sin que uno o dos hombres me lanzaran piropos o miradas lascivas.

Yo era nueva en el mundo, pero a veces sentía que el mundo también me veía con novedad.

No era lo más alentador. Las miradas casi siempre me recordaban que era la hija de una prostituta destazada.

Nunca me quedaba a dormir en el colegio como M.

Andrea lo sugirió, y cada tarde, cuando regresaba a casa, me invadía un sentimiento de desasosiego.

Era la primera vez que dormía sola. Los sótanos con mi madre, los orfanatos repletos, mi estadía en la clínica: siempre había estado acompañada.

Sabía que era un gasto excesivo, pero por las noches siempre tenía que dormir con una luz encendida.

De lo que no me podía librar era de las misas cada tarde.

Me hubiera gustado en el alma poder contar con las casi dos horas que duraba la liturgia para llegar antes a casa y continuar con mis estudios.

Pero no era negociable. M. Andrea había sido tajante.

Así que, cada día a las cinco, después de las lecciones, todas nos dirigíamos con un caminar lento hacia la capilla que estaba en medio del jardín.

Parecíamos condenadas al patíbulo. La seriedad en esa procesión parecía agobio.

El cura que oficiaba la misa tampoco ayudaba mucho.

Su semblante tenía el entusiasmo de un taxidermista.

Conocía solamente tres estados de ánimo: la tristeza, la preocupación, pero sobre todo el enojo.

La idea de pecado jamás había tenido tanto peso, y nos hacía probar ese plomo por etapas: de pronto se entristecía por nuestros pecados, luego se preocupaba porque de manera irremediable nos iríamos al infierno y finalmente se enojaba porque ni su tristeza ni su preocupación provocaban nuestro arrepentimiento.

No importa qué hiciéramos, siempre estaríamos condenadas.

Arderíamos en las llamas del averno por la eternidad.

La presencia del reverendo no se limitaba a la blanca capilla: por la mañana estaba o en sesudas reuniones con M.

Andrea o se paseaba entre las aulas. Era común que entrara a cualquiera de las clases —incluyendo la mía— sin pedir permiso, agarraba una silla y se ponía a la diestra del maestro.

A cada intervención de alguna de las alumnas, la miraba con cualquiera de sus tres sentimientos y a media participación comenzaba a negar con la cabeza.

El salón en silencio se llenaba entonces con el balbuceo de la alumna que en ese momento intentaba responder.

En más de una ocasión lancé preguntas sencillas ante su presencia, era deliberado.

Pero a pesar de la ridícula prueba, las alumnas se ahogaban en su nerviosismo.

También en las noches se paseaba, pero en los dormitorios.

Me lo habían contado las cuatro o cincos alumnas que me tenían más confianza.

Y no era a la hora de acostarse, sino un par de horas después.

Su tarea consistía en revisar que todas durmieran con las manos fuera de las sábanas.

Si alguien desobedecía la indicación en sueños, el cura con una vara de madera golpeaba el hombro.

No era brutal, solo se trataba de despertar a la pecaminosa durmiente.

El cura tenía mucha jurisdicción, muchas libertades; sin embargo, el castigo físico en el colegio ocurría muy de vez en cuando.

Para el colegio pesaban mucho las colegiaturas de las buenas familias que deseaban tener hijas instruidas, bien portadas, pero sin moretones.

Así como había corrillos de alumnas, también había grupillos de maestras.

Algunas eran extranjeras. Parecía requisito indispensable que cualquier colegio dedicado a “construir a la buena sociedad del futuro” tuviera cierto porcentaje de personal extranjero.

Otro grupo estaba formado por los directivos administrativos y los prefectos.

Y uno más por un pequeño círculo de maestras directivas que rodeaban a M. Andrea.

—Son las fundadoras —me habían dicho, como si el colegio llevara años funcionando y no solo unos meses.

Hacían reuniones improvisadas en cada rincón y solían hablar a media voz. El misterio se resolvió cuando un día la propia Andrea me llamó a su oficina:

—M. Ángela, veo que te adaptas muy bien a las dinámicas del colegio, ¿no es cierto?

Me da gusto. Mira, ya que has respondido muy bien, me gustaría que nos acompañaras en nuestra siguiente excursión, ¿qué te parece?

Te explico: a cada tanto organizamos salidas, siempre a sitios seguros, para que las señoritas tengan algo de mundo, aunque sea el mundo inmediato, ¿comprendes?

Claro que siempre es importante estar ahí para cuidarlas e instruirlas, para que no sea un simple viaje de ocio y aprendan lo que es debido.

Por eso vamos varios del cuerpo docente, y me interesaría mucho que en la siguiente excursión estuvieras ahí con nosotras, ¿te parece?

No se podía decir que no, de la misma manera que las preguntas de Andrea nunca necesitaban respuesta.

Así, una semana después fuimos a los campos de Chimalistac, muy cerca de San Ángel y de Sebastián, con quien había quedado de verme después del engorroso trámite.

El plan iniciaba, cómo no, con una misa que se iba a celebrar en la pequeña capilla de San Sebastián.

Cuando le conté a mi amigo, pensé que le daría risa, pero me dijo con seriedad que su nombre era por culpa del santo que estaba en aquel templo, y que justo ahí había sido su bautizo y primera comunión.

También me dijo que estaba seguro de que fue en esa liturgia, viendo al mártir asaetado, cuando se le despertó del todo su preferencia sexual y su afición por las paradojas literarias que más tarde lo mantendrían ocupado.

El viaje se haría en ocho coches que levantaron revuelo durante todo el trayecto: parecíamos procesión de fiesta en primavera.

El festival de las flores en medio de una guerra que, aunque tuviera su escenario más virulento en el Bajío, se dejaba sentir de manera irremediable.

Cada auto era monitoreado por una maestra.

La distribución se determinó por las afinidades recurrentes.

De esa manera, conmigo iban las cuatro alumnas que más me frecuentaban.

El trayecto fue todo palabras, gritos apenas ahogados y admiración por el paisaje que pasaba en la ventana.

“Estas niñas han vivido más encerradas que yo”, estaba convencida.

Cuando llegamos, tapamos durante buenos 20 minutos uno de los accesos principales al pueblo.

Los mirones se multiplicaron mientras las jovencitas iban bajando de cada vehículo.

Luego, iniciamos la procesión hacia la capilla.

Una caminata de cuatro cuadras con entorno arbolado ayudó a sosegar las emociones.

En la entrada del templo ya nos esperaba una mujer.

—Buenas tardes a todas —nos dijo elevando la voz—, soy Concepción Acevedo de la Llata, y voy a organizar la misa que el párroco dará en unos minutos.

Su protagonismo duró realmente muy poco, porque casi de inmediato se le acercó Andrea con sus preguntas y sus sonrisas.

—Madre Conchita, ¿cómo está usted? Véanos, aquí hemos llegado lo más puntuales que hemos podido. Cada vez hay más coches, ¿sabe, madre? No sé a dónde nos va a llevar esto.