El Club Barba Azul #10
Los que llevaban más tiempo con nosotros eran quienes tenían mayor contacto con la realidad.
Si algún comisionado médico hubiera realizado una investigación seria de la clínica, este grupo hubiera sido la prueba irrefutable de que nuestros métodos eran efectivos.
Pero no eran épocas de investigaciones serias.
Y ese grupo de pacientes se tomó la despedida con más gravedad que nadie.
Su frustración los regresó a la marea de la enajenación: hubo tres intentos de suicidio, de los cuales se logró uno.
El señor Castrejón tomó su navaja de afeitar y se cortó el antebrazo desde la altura del codo hasta la palma de la mano.
De todos los pacientes era el más sereno, y con esa serenidad decidió su futuro.
Tan bien estaba que ya no se le requisaban los objetos punzocortantes.
Yo estoy convencida de que ese acto no fue de locura, sino uno muy racional que tomó en cuenta y con perspectiva todas las opciones.
Días después, llegaron los camiones. La mayor parte del personal ya había recibido su finiquito y se habían ido. La mudanza fue ligera: muchos de los aparatos ya no eran necesarios para los consultorios que el doctor Campuzano y la doctora Luisa estaban instalando en la ciudad de México.
—Solo abriremos por las tardes, querida Ángela —me dijeron casi al unísono—, ya no tenemos el brío de antaño.
Por ello, tú debes aplicarte y entender las nuevas convenciones de la medicina.
Tienes la ventaja de la edad y casi nuestra experiencia.
No debería haber mayor problema. Y como bien sabes, siempre estaremos a la mano para cualquier consejo sin importar su índole.
Luego el doctor Campuzano se permitió un rasgo extraño en él: con la palma de su mano me acarició la mejilla y se me quedó viendo un rato largo:
—¡Cómo has crecido, Ángela! Eres una de las cosas más hermosas que pude solucionar.
Luego se dio media vuelta hacia su oficina que para ese momento ya estaba vacía.
Por la tarde llegaron hasta la puerta de la clínica el embajador Dwight Morrow y su familia, acompañados por el señor Davis.
Ambos se deshicieron en disculpas con la doctora Luisa.
Nos hicieron saber que sentían mucho el no poder apoyarnos más.
Se sentían responsables del cierre de la clínica.
La doctora Luisa fue muy diplomática como siempre.
Les entregó las llaves y nos dirigimos hacia el Hotel Casino de la Selva donde pasaríamos esa noche para, al día siguiente, partir en ferrocarril hacia la ciudad de México.
Más adelante me enteré de que la sala con paredes de vidrio destinada a la primera entrevista con los pacientes se convertiría en un desayunador donde el presidente Calles y el propio Morrow lograron destrabar los conflictos que había entre ambos países, incluso diseñaron buenas estrategias para hacer frente al conflicto con los cristeros.
El bocado amargo recibió algunas gotas dulces, sin embargo, no nos quedaba duda de que la clínica había sido víctima de su momento histórico.
Cristeros, ejército, presidentes, embajadores.
Una realidad que, bien pensada, no prometía demasiado y que para algunos, tal vez los más decididos, merecía una larga hendidura roja en el antebrazo.
Santa Juana de Arco
La meta que el doctor Campuzano y yo habíamos fijado era la Escuela Nacional de Medicina. Pero ambos sabíamos que antes de practicar ahí era necesario adquirir experiencia en un entorno donde las reglas las hubiera puesto otra persona que no fueran mis mentores.
—Nada un poco a contracorriente —me había dicho la doctora Luisa—, para que también perfecciones estrategias que logren objetivos, sorteando las dificultades que la guerra, la burocracia y tu sexo te impondrán.
Mi entrevista fue a las doce del día. Una amiga del doctor Campuzano era prefecta en el colegio para señoritas Santa Juana de Arco, y ella fue el contacto.
El colegio se encontraba entre la ciudad de México y el pueblo de San Ángel —donde Sebastián vivía—, justo en la colonia que apenas se estaba construyendo.
No dejaba de pensar que mientras mucha gente padecía los meses del hambre, otros comenzaban a edificar en el campo ubicado entre los dos poblados.
La recta carretera que veía cada vez que visitaba a Sebastián tenía ya a los costados varias casas del tamaño de la clínica, y adentro las familias —que no sufrían penurias— comenzaban a demandar servicios para sus hijos, incluyendo escuelas.
El proyecto no me entusiasmaba, pero era parte del fogueo, y además no había muchas otras opciones de trabajo.
El edificio del colegio Santa Juana de Arco tenía dos construcciones: la mayor albergaba aulas y dormitorios, la más pequeña —pero más suntuosa— tenía las oficinas de los profesores.
Ambas estaban rodeadas por un inmenso campo tres veces más grande que la clínica en Cuernavaca.
El conjunto estaba cercado por una barda de poco más de dos metros.
Todo estaba pintado de blanco y azul claro.
No había nada fuera de su lugar. Por la perspectiva resultaba imposible dejar de ver siempre un crucifijo: en pasillos, paredes, mesas y escritorios.
El recibidor ostentaba un óleo —justamente— de Juana de Arco liderando, sobre una montaña y con una espada en alto, a ciertas tropas que, por encontrarse a la distancia en el valle, resultaba imposible saber si eran hombres o mujeres.
Me pidieron que esperara en una sala repleta de jarrones con flores.
Antes de que llegara nadie, me asomé por la amplia ventana que daba al jardín.
Ahí afuera estaban, todas uniformadas, las alumnas del colegio.
Conversaban entre ellas y algunas estaban con un libro en el regazo, estudiando.
El colegio era un internado a medias: las alumnas vivían ahí de lunes a viernes y los fines de semana lo pasaban con sus familias, salvo las que venían de ciudades lejanas.
La mayoría de Michoacán y Jalisco. De hecho, la congregación responsable del colegio se encontraba allá.
Eran muchachas pueblerinas que seguramente no sabrían mucho de ciencia y política. Sería un buen reto inicial.
—Buenas tardes —me saludó al entrar una mujer de mi edad—, ¿cómo le va hoy? Bien, espero.
Su sonrisa era amplia y sus modos afables.
—Ángela, ¿no es cierto? —sin esperar respuesta continuó—, mira, Ángela, en realidad esto es una formalidad: vienes muy bien recomendada y si trabajaste junto al doctor Campuzano no se puede pedir más. De hecho, temo un poco que te vayas a aburrir aquí con nosotras, ¿crees que será así?
—Nada de eso, señora…
—Andrea Riquelme, y aquí acostumbramos a llamarnos entre nosotras Mademoiselle , así que yo soy Mademoiselle Andrea, mucho gusto.
Es un formalismo para que las alumnas se acostumbren, ¿me entiendes?
Todas llevamos ese título menos las maestras de inglés, a ellas hay que referirnos como Miss .
Son convenciones para que tanto el francés como el inglés se queden grabados en la cabeza de las niñas, ¿de acuerdo?
Yo sé que tú eres doctora, espero que no te moleste cambiar ese título que sin duda es mucho más grave, por el que usamos en casa, ¿te parece?
Pensé que en realidad no me sentía cómoda con ninguno de los dos títulos, pero también supuse que era el inicio para aprender a moverme entre el tejido de reglas que otros habían bordado.
—Ningún problema, Mademoiselle Andrea —contesté con una sonrisa.
—¡Estupendo! Mira, debido a tu experiencia hemos pensado que eres ideal para dar las asignaturas de Química e Historia Natural para quinto y tercer grado. ¿Sabes taquimecanografía? Porque fíjate que Mademoiselle Carmen tuvo que irse porque va a tener a su hijo.
Le dije que no sabía, pero que tal vez en la clase de Historia Natural también podría enseñar algo de anatomía por si alguna de las alumnas tenía intereses médicos.
—No, Mademoiselle Ángela, no creo que sea prudente llenar la cabeza de información que no van a usar.
La mitad de nuestras alumnas ya están prometidas, ¿sabes?
Por eso les damos especial peso a materias como francés, inglés, geografía, dibujo y, claro, taquimecanografía.
Materias propias del bello sexo. Estamos construyendo la buena sociedad del futuro, ¿entiendes?
M. Andrea podría tener mi edad, pero sus intereses eran opuestos a los míos.
Con sus sonrisas y preguntas sometía las diferentes opiniones a un solo criterio: el suyo.
Varias veces me obligué a recordar que todo ello formaba parte del entrenamiento para entender las relaciones personales.
Era neófita, pero de inmediato diseñé una estrategia: sonrisas y afabilidad de regreso, análisis frente a lo visto y silencio para no incordiar.
De esa manera, mientras se creyeran mis guiños, podría seguir examinando lo que fuera necesario.
—Hemos hecho una adaptación del plan de estudios de la Escuela Nacional Preparatoria, ¿correcto?
Claro que sus derivaciones no las aplicamos: solo tomamos algunos elementos de las carreras de abogacía o incluso de las ciencias agropecuarias, pero en realidad nos centramos en los menesteres que puedan ser útiles a las señoritas, ¿sí?
Lo que más nos gusta del sistema es el lema “Amor, orden y progreso”. Creemos firmemente en esos pilares.
“Que ya pertenecen a otra época”, pensé de inmediato y luego asentí con una sonrisa.