El Club Barba Azul #9
Dos días después estábamos en la nueva inauguración de una plaza llamada Garibaldi que en realidad era un ancho pasaje lleno de puestos y que se anunciaba como “Mercado del comerciante en pequeño”.
Llevaba a Sebastián del brazo y pude darme cuenta de que disfrutaba más que yo.
Veía las baratijas con deleite y compraba los objetos más insólitos: refacciones de autos que estaban “hermosas”, marcos para cuadros “del más fino ébano”, y hasta una torta de bistec con bolillos gigantes a la que se le escurría el aguacate, la crema y la lechuga.
Al terminar ese paseíllo, Sebastián se había vuelto íntimo amigo de la mitad de los tenderos a quienes les prometió regresar la semana siguiente.
Yo por mi parte estaba agotada: tanto mundo me desconcertaba.
No sabía cómo era posible que, en medio de un país en guerra, la gente comprara, se riera y no tuvieran el menor trazo de paranoia.
Pensé en La psicología de masas de Gustave Le Bon mientras en un segundo plano de mi cabeza analizaba muchos objetos que, como si fuera una extraterrestre, Sebastián tenía que explicarme para qué servían.
Pensé en todo lo que me había perdido por una infancia encerrada, por la enfermedad de la neurosis que tanto tiempo me tuvo presa.
Cuando le comenté al respecto, me volteó a ver, me sonrió y me dijo:
—Venga, venga, mi Dante, que yo seré su Virgilio y le explicaré los símbolos del infierno y del purgatorio.
Me sentí segura y casi feliz. Cuando salimos y nos subimos al coche de alquiler que esperaba en una esquina, le indiqué al chofer:
—Regresemos ahora a San Ángel, señor, por favor, vamos primero a dejar a…
—¡Un momento! —se apresuró Sebastián—, llévenos antes, si es tan amable, al Dancing Hall Mata Hari; está en la calle de Bolívar. Si no vamos al Teatro Principal, al menos déjame tomar una copa a unos metros de él.
Lo miré azorada. Tanta energía a su edad. Él me miró de reojo, pero sin mover su cabeza puesta hacia el frente. Sonrió y me dijo a media voz:
—Aún le falta conocer un círculo más que será lo más cercano al paraíso, Dante. —Y el coche avanzó hacia la noche.
Comencé a alternar esas salidas con los días de sosiego en casa.
El cuarto que me había conseguido el doctor Campuzano era cómodo y hermoso.
Una especie de estudio con dos ambientes.
En uno había colocado todos los objetos correspondientes a mi vida privada: el armario, el ropero, un tocador, una cama y las aguas que tenía ordenadas en el rincón más ventilado.
En el otro ambiente estaba todo lo que había rescatado de la clínica: tres altos libreros —que me había dado la doctora Luisa con su sentido práctico y académico— llenos de manuales, libros de medicina y literatura.
Un secreter de amplio fondo con toda la papelería necesaria para mis notas, y en medio de ese espacio, la pequeña sala con una mesa de centro.
Sobre ella tenía un regalo más de Luisa: la reproducción en mármol de La amazona herida de Policleto.
Una figura clásica de una mujer “con rostro inexpresivo para que le atribuyas el estado de ánimo que tengas cada día”.
La mujer se revisa con tranquilidad una herida infringida en su costado derecho, mientras sostiene la otra mano arriba para lograr mayor movilidad.
“La fuerza del mármol, Ángela, la tranquilidad del médico y la belleza que siempre tiene algo de tortuoso”, me había dicho.
Esas eran las advertencias que observaba desde que la clínica había cerrado sus puertas.
De una manera u otra, la guerra había sido la culpable.
Llevábamos ya más de 15 años en un país que se iba desmoronando por distintos motivos.
Las temporadas de hambre se intercalaban con escaramuzas que lograban cambios de líderes, de causas y formas, pero todas eran igual de sanguinarias.
Al norte del país los yaquis se habían rebelado y el gobierno de Calles los sofocaba como en las épocas más cruentas de Díaz.
“Entre generales te veas” era una de las frases predilectas del doctor Campuzano.
La llamada guerra cristera asociaba la violencia con el fanatismo en demasiados sitios.
La tensión con Estados Unidos subía la temperatura de cualquier conflicto interno hasta el punto de crisis.
Primero vinieron las reuniones con el círculo de médicos.
Luisa insistía en que estuviera en esas juntas.
Decía que mi vida estaba trenzada con la de la clínica.
Cuando lo decía, venía a mi cabeza un muro de piedra con enredaderas escalando, aunque no sabía si yo era el muro o la enredadera.
A pesar del sombrío panorama, el doctor Campuzano proyectaba un orgullo estoico.
Luisa y otros especialistas le habían pedido que hablara con sus contactos en gobierno.
Le recordaron que podía llegar hasta Calles si era necesario.
Me enteré así de que uno de los primeros pacientes del nuevo proyecto había sido un familiar del actual presidente.
Nunca supe su nombre: el anonimato era fundamental para la sanación y para la clínica, decía Luisa.
Pero ahora se referían a ese paciente —que salió rehabilitado de las instalaciones— como un salvoconducto efectivo para proteger a la institución. Campuzano se negaba.
—Pedir favores de esa manera contraviene todo —aseguraba—, traiciona nuestra vocación científica: si no podemos sostenernos a partir de la mejoría de nuestros pacientes, de los pagos que hagan porque realmente les hemos ayudado, entonces estamos haciendo algo mal.
De la misma manera, si este país sigue determinando el éxito o fracaso de un proyecto por las amistades que tenga con el gobierno, entonces ni revoluciones, ni reformas, ni transformaciones servirán de nada.
Yo sabía que los principios del doctor Campuzano eran inamovibles, y aunque ahora jugaran en contra de la sobrevivencia de la clínica, esa declaración de principios hacía la diferencia en el resultado favorable de los pacientes más complejos.
El doctor Campuzano y la doctora Luisa citaron entonces a todo el grupo de médicos y especialistas.
—Colegas, tenemos que cerrar la clínica. Ya hemos intentado la supervivencia por distintos medios y hoy nos encontramos ante un callejón sin salida.
—Dos callejones sin salida para no faltar a la verdad —corrigió la doctora Luisa.
—Así es: primero, los fondos de los que disponíamos han sido cortados por completo.
Los últimos tres meses nos sostuvimos con el dinero de los familiares de los pacientes, pero la realidad es que ya estamos en números rojos.
Como todos ustedes saben, me di a la tarea de visitar a varias familias para pedirles donaciones, y algo pasó, no sabemos exactamente qué, pero el entusiasmo que al principio mostraron ha ido desapareciendo.
Tal vez hizo mella el discurso de antiguos compañeros que, en realidad, nunca aceptaron nuestros métodos de trabajo.
Incluso las familias que en un principio nos aseguraron una suma mensual se retractaron, ofreciendo excusas de todo tipo.
—La más escuchada fueron los estragos que la interminable guerra les ha hecho a sus arcas —acotó nuevamente la doctora Luisa con un dejo que no supe si era de sorna o congoja.
—El segundo callejón sin salida es la posesión de esta casa.
Como saben, la propiedad es del señor Fred Davis, norteamericano fascinado por la cultura nacional que nos rentó este espacio a muy bajo precio durante mucho tiempo, dejando por un momento de lado sus intereses de filantropía artística.
Pues bien, ahora que se ha nombrado a un nuevo embajador de Estados Unidos en México, que ha quedado prendado de Cuernavaca, el señor Davis ha decidido venderle su casa. Tampoco por ahí hay nada que hacer.
No había nada que hacer.
Fue triste ver la acompasada partida de los pacientes.
El doctor Campuzano no apresuró el proceso: les dio dos semanas para su salida.
Las 27 familias de los 27 internos le pidieron consejo al doctor para ver cuál era la institución idónea para cada caso.
Un tercio de los pacientes apenas se enteraron del cambio: eran nuevos en la clínica y no habían tenido la oportunidad de presentar signos de mejoría.
Su realidad estaba en otro sitio. Los casos más dolorosos fueron los que conformaban al grupo de los que apenas habían puesto los pies en el mundo real y ese mundo se circunscribía solo a la clínica.
Un poco como yo. Estos, cuando entendían que debían abandonar su recién adquirida realidad, tenían reacciones desesperadas: vi cuando al señor Félix Espíndola lo llevaban a rastras entre la familia y los enfermeros, mientras gimoteaba y trataba de explicar que estaban cometiendo un error en un idioma del que solo la mitad resultaba reconocible, pero que lo hablaba con tanta seguridad que parecía un extranjero al que se le estuviera haciendo el peor de los atropellos.
El señor Jirado consiguió una cuerda con la que se amarró a una de las columnas del jardín.
La señora Becerril y la señora Consuegra urdieron un plan que en su cabeza era muy sofisticado: el día de su partida se arreglaron de la mejor manera, sacaron vestidos de gala y se maquillaron como si fueran a asistir a la ópera.
Con fingida tranquilidad y la mayor discreción que sus atuendos les permitían, se acercaron a los cocineros, los llamaron a un rincón y los trataron de sobornar.
Si les proveían de un escondite seguro, ellas estaban dispuestas a pagar una fuerte suma de dinero.
Después cada una sacó de sus bolsos papeles recortados del tamaño de billetes.
Los papeles, tomados de alguna de sus terapias ocupacionales, eran de diferentes colores y ellas se habían puesto de acuerdo sobre la denominación que representaba cada color.