El Club Barba Azul El Club Barba Azul #8
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El Club Barba Azul #8

Pero, estimado primo, las buenas noticias no terminan ahí: los geólogos acaban de encontrar en la falda de una montaña lo que parecen ser betas de mármol.

Así como lo escuchas. Con un poco de suerte no solo sacaremos ónix sino mármol.

Dos piedras muy preciadas en una sola excavación.

A veces, ni el mejor cálculo puede superar un buen golpe de suerte.

Ahora te toca a ti hacer las matemáticas en Estados Unidos: qué proyección tendrá el precio del ónix, cuánto el del mármol, para ver si nos conviene ese mercado o más bien el europeo.

¿Apostarle al viejo mundo o al nuevo? Realiza los cálculos sin impuestos: este país sigue enfrascado con los cristeros y en buena medida eso lo convierte en tierra de nadie respecto a protocolos mercantiles.

El único producto al que le ponen cierta atención es a las balas.

Y contrario a lo que podrías suponer, el hecho de que los yacimientos estén en medio de uno de los frentes de batalla nos ha permitido realizar nuestro trabajo sin contratiempos: basta con que entreguemos una módica cuota tanto a un bando como al otro y listo, tenemos la fiesta en paz.

Ahorita a nadie le interesa el mármol, por eso apenas nos prestan atención.

Cierro la presente con la tercera buena noticia: la mano de obra.

Otro milagro de la guerra entre católicos y federales.

Resulta que, tras largos meses de enfrentamientos violentos, muchas de las familias en la sierra poblana han quedado en la ruina.

No porque todos hayan participado activamente, sino porque lo poco que había de comer termina en manos de los soldados.

Se trata de familias grandes con muchos hijos en donde, las más de las veces, los padres se han ido a trabajar lejos para jamás regresar, o bien han muerto en las trifulcas guerrilleras.

Por lo mismo, hemos notado la gran necesidad de trabajo que tienen los jóvenes que quedan e incluso los niños.

Por lo mismo, y para evitar que mueran de hambre, hemos hablado con las madres para que dejen a sus hijos trabajar en las minas, a cambio de una porción de comida diaria.

Su agradecimiento ha sido inmenso, las minas comienzan a funcionar de manera boyante (una vez que los niños han aprendido el oficio) y los costos se han reducido al mínimo.

Espero que esta carta te llegue con la calma suficiente para delectar el éxito, estimado primo, y hazme el favor de abrir una botella de Glenfiddich 18 que me cuentas que llegó en el último buque inglés.

Bébelo a escondidas de las autoridades, pero que sea a mi salud, y no olvides contestar prontamente con los precios de mercado para ver hacia dónde dirijo las piedras preciosas que ya comienzan a llenar nuestras bodegas.

Con todo el afecto filial,

J AIME T ERRÉS L EMONTRIP

1927

No hubo más remedio que cerrar la clínica.

Los patronos comenzaron a volverse tímidos.

Luego tacaños. Tal vez resultábamos demasiado experimentales para sus bolsillos.

Tal vez nuestra discreción no calzaba con su filantropía que deseaba ser pública, reconocida.

Afuera me esperaba un mundo inhóspito. Su virulencia me recordó en más de una ocasión algunos episodios de mi infancia.

Las sombras que se esconden en los rincones y solo se revelan poco segundos antes de golpearte.

Sin embargo, como todo monstruo astuto, la vida afuera se me presentó primero inofensiva incluso divertida.

—Cuando estés ya en la ciudad, estimada Ángela, tienes que ir a divertirte —me dijo el doctor Campuzano. Me sorprendía que, pese al cierre forzado de la clínica, aún tuviera el ánimo de darme un consejo tan frívolo.

—Creo que me dedicaré más bien a mis estudios, doctor, y a conseguir un trabajo.

—Eso está bien, muy bien. Sin embargo, tienes que tomar mi exhortación como parte de tu trabajo.

—¿Cómo es eso?

—Has pasado demasiado tiempo encerrada aquí.

No tienes experiencia en el mundo real, y en la medida en que has decidido trabajar con los padecimientos humanos, es necesario que conozcas a los humanos.

Si la idea de divertirte te causa culpa o lo ves como un acto inútil, piensa que solo estás analizando tu objeto de estudio.

—¿Tan necesario es, doctor Campuzano?

—Tanto como examinar diagnósticos, tratar pacientes, escuchar música o leer literatura. El positivismo, querida Ángela, ha quedado atrás.

Primero incursioné en museos y galerías de la ciudad de México.

El evento era novedoso para mí: nunca había ido a ese tipo de recintos.

Veía las exposiciones con la boca abierta y no me sabía los protocolos más básicos.

En el Museo de Geología tuve un desencuentro con el gendarme.

Después de varios días de pasearme por enfrente del edificio, me armé de valor para entrar, pero pasé veloz y de largo: la verdad es que estaba intimidada.

La majestuosidad de la entrada, las escaleras de granito y mármol parecían decirme que yo nada tenía que hacer en aquel sitio.

Era la cuarta vez que pasaba enfrente y no me decidía a subir los escalones.

Podía ver el museo a la distancia casi diario porque el doctor Campuzano me había conseguido un cuarto en una hermosa casa de huéspedes que estaba en Santa María la Ribera, a unas cuadras del museo.

El doctor había elegido la zona más exclusiva de la ciudad.

No sabía si era para bien: me sentía desubicada.

Ese día entré con un paso tan resuelto como actuado.

Dejé atrás el umbral, vi la escalinata de hierro forjado que subía como soberbia serpiente hacia el piso superior.

Cuando me di cuenta de que estaba detenida en el hall como una boba, decidí apresurar el paso hacia el interior.

Entonces un gendarme me detuvo, seguro me diría lo que la mente me indicaba: que ese no era sitio para mí, que el recinto estaba reservado para miembros del Instituto de Geología únicamente.

Mis oídos no quisieron escuchar sus llamados, y cuando me tomó por el hombro, me puse tan rígida como las rocas que estaban dentro del museo.

La ansiedad de mi cerebro se diluyó cuando el hombre, cortés y hasta sonriente, me dijo:

—Señorita, ha olvidado usted el pago de su boleto.

Me deshice en disculpas, llegué hasta la taquilla y con rapidez entregué un billete de 10 pesos. La señorita del otro lado me dijo que la entrada solo costaba un peso con 50 centavos.

De nueva cuenta encaminada hacia las salas, ya más tranquila, al pasar a su lado, el mismo gendarme me dijo:

—Empiece por la sala de Paleontología, no la va a olvidar nunca.

Tenía razón. Vi el esqueleto de un inmenso mamut, las poderosas conchas de los ancestros de los armadillos, colmillos, dientes y cráneos de animales que ya no existían.

El orden era preciso, las piezas pequeñas se encontraban en gabinetes muy bien dispuestos y las mayores sujetadas por bases metálicas.

Fue una maravilla y me prometí visitar todos y cada uno de los museos de la ciudad.

—No haga trampa, Ángela —me dijo el doctor Campuzano cuando le conté de mi visita y de mi propósito—, usted más que huesos viejos debe codearse con gente joven: ya le dije que forma parte de sus labores. Tiene demasiada teoría y ninguna práctica, colega .

Pedí ayuda a Sebastián. Desde el cierre de la clínica lo seguía viendo con regularidad.

Cada vez que iba, constataba que él extrañaba el proyecto de Cuernavaca más que yo.

Me rogaba que no dejara de visitarlo con recurrencia, que eran de las pocas alegrías que le quedaban.

Pero en esa visita, era a mí a la que le tocaría rogar.

Llegué hasta San Ángel tomando un autobús de cercanías.

En el camino pasé por la Roma. Miré con sorpresa esa nueva colonia construida en el valle.

Ocho cuadras de casas modernas que terminaban por perderse en el campo.

De ahí hasta San Ángel apenas había casas desperdigadas en medio de unos prados magníficos.

La casa de Servando estaba seccionada: la primera mitad era una casa de huéspedes mucho más linda que la mía.

Estaba rodeada de árboles y plantas. Me recordaba a la clínica de Cuernavaca.

La otra mitad era la particular de mi amigo.

La casa de huéspedes era para tener los ingresos que le garantizaran una vejez tranquila.

Me había informado por algunos impresos que había dos espectáculos contemporáneos que estaban de moda en la ciudad: las artes escénicas conocidas como teatro de revista y un nuevo estilo de música al que por alguna razón le llamaban mariachi .

—Ángela, usted lo que quiere es aniquilarme —me dijo riéndose Sebastián—, ¿cómo va a creer que yo iría a esos espectáculos?

A mí invíteme a la ópera o al Teatro Nacional.

¡Vaya! Lléveme al cine: ¿sabía usted que yo me cuento entre los primeros espectadores del cine?

Fui uno de los que vieron los Doce cuadros fílmicos en la Droguería Plateros.

¿No quiere mi autógrafo? ¡Dios! De eso hace ya 20 años.

Justo cuando conocía a nuestro querido Servando.

—El doctor Campuzano me va a decir otra vez que hago trampa, que lo que necesito ver es el comportamiento de la gente, no analizarlos en pantalla.

—Lléveme a ver entonces a Dolores del Río o a María Conesa, ¿cómo que teatro de revista ?