El Club Barba Azul El Club Barba Azul #7
8%

El Club Barba Azul #7

—Pensé que todo en él era bueno. De cualquier manera, no me interesan esos textos para afinar mi crítica literaria, sino para que me ayude a entender, a partir de ellos, su padecimiento.

—La de Rimbaud es una propuesta estética y usted tiene preguntas clínicas. Estamos hablando del agua y el aceite, doctora.

Repetía con insistencia mi falso título, y con un tono tan cargado de desprecio, que estaba segura de que había descubierto la trampa. Contra mi deseo, tuve que optar por la investidura de crítica literaria más que de médico:

—Quisiera saber, señor Avellaneda, si encuentra coincidencias con la furiosa precocidad del poeta —pregunté.

Me miró con una cara de hastío tan calculada, que tuve que reprimir una sonrisa.

—Rimbaud era una persona demasiado adelantada para su tiempo —comencé yo también a actuar como si fuera una completa neófita—, los temas de su poesía, su decisión a los 19 años de dejar la literatura, irse a África…

—Todo eso era producto de su más exquisito hastío, doctora.

—Sin embargo, en medio de su hartazgo había algo que lo movía de viva manera. Una pasión que le resultaba difícil refrenar.

Me miró más que interesado, asustado.

—Su homosexualidad, señor Avellaneda.

Juro que no calculé el tono ambiguo de mi última frase, pero quedó flotando en el aire. Era imposible saber si me refería al poeta francés o al paciente mexicano.

—Ahora sí vienen las preguntas clínicas, y por lo mismo le pido que entienda que no tengo ninguna postura moral al respecto: ¿cuántas parejas sexuales ha tenido usted?

¿Ni siquiera la pasión sexual es capaz de sacarlo de su ennui ?

—utilicé el término francés con todo propósito—, ¿el sexo ha terminado por aburrirlo también?

—Mi vida sexual no es de su incumbencia —creía ver en su semblante la presión de la vergüenza.

—La vida sexual, señor Avellaneda, es la mitad de lo que nos define.

Por más spleen que Oscar Wilde tuviera o por más ennui que expresara Rimbaud, la vida sexual de ambos fue rica en aventuras.

Un escape que tal vez dejaba salir toda la presión contenida en el hartazgo. En ese sentido son unos transgresores.

El paciente iba a replicar algo. No lo dejé:

—Entonces, si queremos ayudarle de alguna manera, su vida sexual sí es de mi incumbencia. Así que, ¿parejas sexuales?

Silencio.

—¿El sexo es un asunto que le provoca emoción o solo ahonda en su tedio?

Silencio.

Cuando al día siguiente el señor Avellaneda firmó su salida de la clínica, yo misma sentía una especie de spleen . El doctor Campuzano no fue de mucha ayuda:

—También a eso vas a tener que acostumbrarte, Ángela. La necedad individual, ambos lo sabemos, afecta las decisiones racionales y las precauciones clínicas.

—Pero, doctor, las decisiones clínicas deberían prevalecer.

—La medicina ha creado demasiados diagnósticos terribles cuando no respeta la libertad individual —fue su respuesta, más filosófica que reconfortante.

Sin pensarlo fui con Sebastián. Me quedaba claro que ya se estaba convirtiendo en mi colega en terrenos clínicos cuando la estricta medicina se quedaba corta de miras.

—No iba a ser de otra manera, Ángela querida —me dijo después de pensarlo un poco—, descubriste algo que él mismo no se atreve a aceptar.

Se fue de la clínica, pero se fue con algo en qué meditar durante mucho tiempo.

En ese sentido, te acercaste a la cura, y para el tipo de paciente que era, creo que hiciste bastante.

Pero no fue suficiente. Fue incluso contraproducente.

La melancolía que me provocó la partida del señor Avellaneda se volvió rotunda tristeza cuando nos enteramos un par de meses después de que se había suicidado.

Lo encontraron en su inmensa y lujosa habitación, pendiendo de una viga de madera.

Debajo de sus pies en punta estaba tirada una montaña de libros que minutos antes había usado como banco para subirse y meter su cuello en una soga.

Era política de la clínica hacer un seguimiento de los pacientes que abandonaban las instalaciones.

Tanto en los que salían más recompuestos como en los que no se había podido lograr mejoría.

Para ello se había diseñado una especie de cuestionario que pedía resaltar ciertas condiciones del doliente.

Fue el padre del señor Avellaneda quien de su propia mano nos dio el documento.

Lo recibimos el doctor Campuzano y yo. El caso resultaba tan delicado que el doctor necesitaba estar presente: el nombre de la institución estaba de por medio.

—Pero también temo, querida Ángela, que el padre se muestre enfurecido, incluso violento.

Yo temía lo mismo. Sin embargo, cuando entramos a la oficina, el señor que nos esperaba no estaba ni colérico ni cargado de amenazas por disparar.

Representaba un papel más simple: el de un padre que ha perdido a su hijo.

Sin mayor parafernalia. Con la cabeza agachada, miraba sobre sus rodillas un pesado documento de varias páginas.

Era el reporte. Mucho más abundante de lo que se le había pedido.

Más de lo que cualquier familiar jamás hubiera entregado como seguimiento a un tratamiento.

Lo hacía, nos aseguró, porque no quería que ningún otro hijo —usó esa palabra— padeciera lo mismo que el suyo.

Sin decir más y sin despedirse, se fue caminando como si sus suelas fueran de metal y abajo del piso unos magnetos solo le permitieran arrastrar los pies.

La diferencia entre los dos Avellanedas, pensé, era que uno actuaba muy mal, mientras que el otro, como si supiera que no tenía dotes histriónicas, se abandonaba a sus sentimientos sin importarle quién lo viera.

Tanto el doctor Campuzano como yo leímos el informe.

Había mucha información, no solo del señor Avellaneda, también de la opinión que algunos miembros de la familia tenían al respecto.

A ratos el informe parecía el análisis meteorológico de una tormenta de opiniones contrarias.

Ahí estaba con infidencia, lo que nunca se confesó en tribunales.

El señor Avellaneda había cometido suicidio como corolario a otra muerte más: la que él mismo había cometido contra su propia madre.

Había sido una pelea por dinero. Dinero para comprar alcohol.

Se lo había pedido a una persona que estaba demasiado preocupada como para dárselo.

Un atizador de chimenea empotrado en la cabeza había zanjado la cuestión.

Algunos días después de haber leído el informe, descubrí que el zumbido de la inquietud no me abandonaba en ningún momento.

Tenía que construir otro epílogo para esa historia.

Intenté comunicarme por teléfono con el padre del paciente.

Lamentaba que el día de su visita nos hubiera dicho tan poco.

Comenzaba a imaginar un estudio sobre homosexualismo, depresión, alcoholismo y suicidio.

Pero, sobre todo, se me había metido en la cabeza la idea de analizar a Avellaneda cuando todavía no vestía el título de señor .

Llevaba un tiempo creyendo que en la niñez había muchas respuestas a preguntas que hacíamos en otros sitios que no eran los indicados.

Quería tomarle la palabra a su padre para hacer más patente la intención de que “ningún otro hijo” padeciera lo sufrido por Avellaneda.

La infancia era el sitio en el que se gestaban las fracturas del adulto, pero también los antídotos para poder sobreponerse a ellas.

Sin embargo, la comunicación no fue posible.

Tres días después de haber pedido la conexión telefónica para la ciudad de México, del otro lado me contestó una voz masculina y airada.

Ahí sí las amenazas se sucedieron una tras otra.

Me aseguraron que ese documento —así lo denominó— jamás tendría que haber caído en nuestras manos.

Que los asuntos de la familia no incumbían a nadie más.

Que había sido un error haber enviado al señor Avellaneda a una institución tan poco seria.

Que dentro de poco tiempo tendríamos ásperas noticias de sus abogados.

La llamada telefónica tenía demasiado eco, como solía suceder en temporada de lluvias, así que cada amenaza se multiplicaba dos o tres veces, como si la tecnología quisiera hacer énfasis en la irritación de mi interlocutor.

Cuando finalmente colgué, decidí que el ensayo incluiría esas dialécticas familiares, alrededor de los depresivos que, en un afán de control más que de cuidado, atizaban el peor de los males.

Después de eso, le conté al doctor Campuzano mi determinación de que jamás volvería a tratar a ningún paciente. Ni las condiciones ni mi capacidad habían sido las adecuadas.

Pero estaba equivocada. Un par de meses después, cuando la clínica de Cuernavaca ya no existía, tuve otros pacientes en condiciones aún más difíciles.

Los mármoles de Tepeaca 1

(Redactado en inglés)

Tepeaca, Puebla. México, 7 de octubre de 1925

Estimado primo:

¿Cómo estás? ¿Qué dice Texas? ¿Los negocios han resentido el conflicto?

Desde la “revolución” hasta Calles, los berrinches son su único norte.

De verdad que estos gobiernos no entienden que no entienden: la política es el peor agravante para las actividades comerciales.

Si lo sabremos nosotros que nos toca lidiar con gubernativos en dos idiomas.

¿De qué manera hacerles entender que no es necesaria una disputa para lograr la fórmula ganar-ganar ?

Los problemas que tenemos hoy sin duda jamás los tuvieron nuestros padres. Buen Porfirio, adiós, Díaz.

Pero hablemos de lo importante. Hoy en día, no tengo duda de que haber invertido en Tepeaca fue una gran decisión.

Desde la última vez que estuviste aquí, cuando apenas proyectábamos las dos primeras minas, debo decirte que hemos encontrado cuatro yacimientos más.

El ingeniero Maldonado tenía razón: esta tierra promete, y como la tierra es de quien la trabaja…