El Club Barba Azul #6
—Esa pastilla se la damos solo a las pacientes cuyos espasmos intestinales les provocan una severa migraña. Que únicamente sucede los días previos a la menstruación. Condición que en su caso considero poco probable.
De pronto toda agonía y aburrimiento se eliminaron de su semblante.
El señor Avellaneda levantó la cara, irguió su cuerpo y dio dos pasos amenazantes hacia mí.
Tuve que reprimir mi terror, pero jamás hice ademán de cubrirme.
Sin lugar a dudas, mi pasado me asistía de vez en cuando para hacer frente a violencias sorpresivas.
—¡Tome asiento en este instante, señor Avellaneda, si no quiere ser el primer paciente de esta clínica al que le pongamos camisa de fuerza!
Uno de los enfermeros de guardia escuchó mi grito y sin tocar la puerta entró. La diferencia de cuerpo era notoria: mientras el aburrimiento adelgazaba, el trato con pacientes se robustecía.
Esperé largos minutos de silencio para que el paciente se tranquilizara. Cuando su respiración era otra vez pausada y regular, le dije:
—Señor Avellaneda, aunque no le parezca, lo que deseamos en esta clínica es que usted se sienta mejor, pero debo preguntar si usted desea lo mismo.
—¿Sabe usted, doctora, lo que significa vivir con esta bruma constante? Todo el tiempo me asaltan sensibilidades lóbregas sin poder controlarlas, la idea de suicidio se ha vuelto una buena amiga y…
—Disculpe, pero no le pregunté eso. ¿Quiere estar bien? ¿Sentirse mejor?
Se me quedó viendo como si le hablara en un dialecto desconocido.
—Lo que me pregunta es absurdo —remató.
—¿Lo es?
—¿Quién querría vivir de esta manera?
—Aquellos que en la melancolía encuentran herramientas para crear su arte, por ejemplo. Que no pueden separar la ficción de la realidad, el trazo estético de una declaración de principios, la angustia de la soberbia.
—No creo que lo entienda doctora. Eso no es una decisión voluntaria, es lo único que tienen para soliviantar su pena. Vea usted al gran escritor francés Jean Lorrain: hastiado y enfermo de neurosis solo pudo encontrar en la escritura y en el ajenjo un alivio.
—He leído a Lorrain, señor Avellaneda —el paciente no pudo reprimir una mirada de asombro—, y me parece que ni usted ni yo lo conocemos personalmente, tenemos noticia suya solo por lo que escribe. ¿Y si el autor está exagerando sus principios de hartazgo?
—Imposible: su arte refleja a la perfección su padecimiento.
—O tal vez su arte está tan bien elaborado que más bien refleja su capacidad y disciplina.
—No lo creo.
—Señor Avellaneda, leí una crónica parisina de hace 20 años en Le Figaro (Sebastián me la había conseguido). Ahí hablaban de varios personajes bien conocidos en la vida pública, entre ellos Lorrain. ¿Sabe usted qué decían de él?
Silencio.
—Decían que le gusta interpretar a sus personajes.
Que tiene muchas sortijas en su mano, que es un perfecto dandy y lleva su elegancia a extremos ridículos con todo propósito.
Que le gusta presumir su afición al ajenjo y al éter.
Que la mayoría de sus anécdotas con las drogas han salido de su boca, incluyendo que volvió adicta a una famosa compositora del Carnegie Hall que estaba de gira en Francia, con un coctel a base de éter y coco rallado.
El paciente no reaccionaba. Tal vez sentía que le estaba ganando en su propio terreno, y eso no era del todo bueno: levantaría más muros.
—Lo que quiero decirle, señor Avellaneda, es que todo ello nos habla de un escritor que gasta la mayor parte del tiempo pensando en sí mismo, lo que no es raro, pero con cálculo y frialdad, no con desesperación y angustia.
Como sea, me parece que el asunto medular es que interpreta a sus personajes, como un actor.
No es que los personajes se parezcan a él, todo lo contrario.
—¿Me está sugiriendo que todo lo que siento es actuación? —La rabia regresó, pero diluida—. ¿Que soy un payaso? ¿Un simulador?
—Nada de eso. Lo que quiero decirle es que, para entender bien el cuadro clínico, debemos deshacernos de la paja, de lo que parece un padecimiento real, pero en realidad se puede tratar solo del eco de un dolor genuino.
—¿O sea que lo mío no es una enfermedad?
—Me parece más bien que es la sintomatología de otra cosa.
—¿De qué?
—Eso, señor Avellaneda, es lo que debemos averiguar. ¿Sabía usted, por cierto, que Lorrain no solo hacía escándalo de sus adicciones y de su aburrimiento? También demostraba de manera estentórea su amor por otros hombres.
Los ojos del señor Avellaneda se abrieron y no pestañeó por largos segundos.
—Según los informes que hicieron el favor de pasarme, su familia dice que bebe usted mucho. ¿Qué bebe normalmente?
La pregunta lo tomó con la atención en otro sitio, así que contestó de manera mecánica pero sincera:
—Cuando lo planeo bebo whiskey, brandy, pero después de haber iniciado puedo beber hasta tequila o pulque.
—Y según leo, su vida en el alcohol es intermitente y una borrachera puede durar varios días. Además de que, en las últimas semanas, han sido pocos los días en los que está usted sobrio, ¿es cierto?
—No es mi culpa: es el gran aburrimiento. Ya lo decían Baudelaire y Wilde: esta vida es imposible soportarla sobrio.
Para mi desgracia otra vez me estaba poniendo atención y, por lo mismo, regresaba a la actuación.
El siglo que se fue
Encontré a Sebastián leyendo en una de las bancas del jardín.
Un golpe de memoria me detuvo unos segundos.
Recordé al Abuelo. A él también le gustaba sentarse en esas bancas, pero no a leer sino a conversar conmigo.
Sebastián y el Abuelo habían tenido la misma edad.
Lo vi encorvado por todo lo vivido. Lo vi tranquilo pero cansado.
Detuve mi carrera para adoptar su ritmo. Me senté sin decir nada a su lado.
—Ángela mía, ¿cómo te va con tu primer paciente?
Intentando dosificar la cascada de palabras, le conté de mi encuentro y lo que había investigado. Sebastián me miró con una sonrisa.
—Sirvió la nota de Le Figaro , ¿verdad?
—Pues aún no sé si exhibir al señor Avellaneda me hace avanzar o todo lo contrario.
Sebastián me veía. Luego lanzó su mirada hacia el frente. Hacia los jardines. Asintió tres veces con calma.
—Estoy leyendo Ifigenia cruel de Alfonso Reyes, querida. Salió el año pasado. ¿Has tenido oportunidad de leerlo?
Negué con la cabeza.
—¿Qué me dices de La raza cósmica del buen José Vasconcelos? ¿Lo conoces?
Volví a negar con la cabeza.
—¿Qué tienen que ver esos libros con lo que te cuento, Sebastián?
—Todo. Yo también fui joven, Ángela, y también un poco soberbio y también un poco actor.
Fue en esa época cuando conocí a Servando.
No había dos personas más distintas en este país.
Durante demasiado tiempo me rodeé de poetas malditos y de decadentistas.
Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, el propio Lorrain eran modelos que seguir.
Y la verdad es que también queríamos comportarnos más como sus personajes que como los escritores.
Lo segundo era demasiado trabajo, lo primero era pura desfachatez.
Recuerdo las fiestas en Xochimilco, en Tlalpan, que eran sobre todo alcohólicas, pero todos teníamos la consigna de decir a terceros que consumíamos opio y éter y ajenjo y mujeres.
Mujeres. ¿Me imaginas, Ángela, diciendo que había hecho un ménage à trois con cortesanas dispuestas? Vaya bufón estaba hecho.
—Bueno, eras joven.
—Y pretencioso. Un poco como lo son ahora a su manera Reyes y Vasconcelos que nos vinieron finalmente a sustituir. La juventud, la pasión y cierta dosis de soberbia siempre serán buenos clientes sin importar el año que se viva.
—Pero esas inclinaciones te permiten el día de hoy estar más calmado, ¿no?
—Tal vez, y en su momento me ayudaron para poder esconder solo a medias mi homosexualidad, aunque no por completo.
Me quedé pensando un tiempo que tal vez fue largo porque Sebastián me volteó a ver y me preguntó si estaba pensando en el señor Avellaneda.
—Sí. Me da la impresión de que quiere construir con demasiado vigor su papel de poeta maldito porque en realidad desea ocultar algo más profundo, más íntimo y que le provoca vergüenza.
—No lo pienses más, Ángela: sí es.
—¿Cómo estás seguro?
—Entre gitanos no nos leemos la mano.
—¿Será ese el origen de su padecimiento?
—Creo que el origen de su padecimiento es que no acepta que es homosexual, más que la homosexualidad en sí misma.
Tal vez pueda admirar de manera abierta el cuerpo de un joven, diciendo que forma parte de su naturaleza dandista, tal vez pueda excitarse con la lectura de episodios bisexuales y atribuirlo a su naturaleza estética y rebelde, pero en el fondo todo eso no son más que rodeos para no aceptar su atracción puramente sexual.
Los días siguientes le realicé varias pruebas psicológicas al señor Avellaneda. No fue fácil: cualquier pregunta o tarea que involucrara la aceptación de pulsiones homosexuales eran recibidas con desagrado y rechazo.
—Pregúntale de manera directa —me sugirió el doctor Campuzano—, deja ya los rodeos.
Si estás convencida de que en la negación radica su padecimiento, entonces ya no hay mucho más que pensar: o lo acepta y se plantea un camino para vivir mejor, o se mantiene en el rechazo y entonces nada se puede hacer con él.
El día elegido, le pedí que me ayudara con una serie de poemas de Arthur Rimbaud. Le dije que, si me asistía, tal vez podría comprender mejor el padecimiento que tanto él como el poeta tenían. Había elegido solo textos donde Rimbaud describía sus lances homosexuales.
Cuando llegué, el señor Avellaneda estaba entregado a su habitual interpretación de displicencia. Esperó hasta que me sentara en el sillón frente a él para lanzar las hojas en donde había transcrito los poemas al buró que se encontraba a su costado.
—¿Quiso usted hacer la peor selección del mejor poeta, doctora?