El Club Barba Azul #5
Aproveché que el paciente volvía a usar su mano como pantalla para los ojos, y volteé a ver al doctor Campuzano compungida. Mi mentor me vio con toda tranquilidad y me dijo:
—Prosiga, por favor, doctora.
—Tal vez sus síntomas no hayan cambiado, pero en este cuarto de siglo la ciencia médica sí lo ha hecho.
Tal vez los primeros diagnósticos que le hicieron no eran del todo acertados.
Esto, claro, no es culpa suya, en realidad de nadie: solo del tiempo que requiere entender los nuevos padecimientos que…
Vi cómo el señor Avellaneda comenzó a cambiar de postura varias veces como si alguien hubiera dejado escapar un puñado de hormigas en su pantalón.
—Debo decirle, doctora —el título en su boca parecía delatarme—, que en general no creo que la ciencia sirva para curar todos los padecimientos. Hay padecimientos del alma para los cuales no hay ni pastillas ni inyecciones.
—Concuerdo con usted —dije rápidamente y los dos hombres me voltearon a ver—, a mí me parece ridículo que un ataque de ansiedad, por ejemplo, se quiera curar con belladona.
Esta planta solo es un sedante que adormecerá al paciente con ansiedad durante unos minutos o unos días, dependiendo de la dosis que se le administre.
Sin embargo, cuando esté nuevamente de pie, la ansiedad seguirá ahí y jamás se habrá curado.
Los sentimientos se pueden anestesiar o sentirlos y, paradójicamente, señor Avellaneda, para curar algunos sentimientos es necesario sentirlos para luego explicarlos e intentar llegar a una cura.
Ahora sí tenía la atención completa del paciente. El doctor Campuzano me miraba sin mostrar mayor sorpresa, pero con media sonrisa en la boca. Yo quería darle una trompada.
—¿Qué hacen entonces aquí con los locos? —preguntó, presentándome un nuevo reto vestido de agresión.
Para ese momento yo esperaba que el doctor Campuzano ya interviniera. Como si con lo dicho anteriormente ya hubiera pasado algún tipo de examen y pudiera irme tranquila con mi calificación.
—Sí, ¿qué hacemos aquí con los locos, doctora?
Me quedó claro que eso no era ninguna prueba.
Que, en efecto, si se quedaba, me tocaría hacerme cargo de ese nuevo paciente.
Curiosamente, cuando llegué a ese punto, eliminé buena parte de mi presión: ya no actuaba para convencer al doctor Campuzano de que era capaz de encargarme de la situación: simplemente me encargué de la situación.
—Para empezar no les decimos locos . Ese es un término vago y despectivo que es ingenioso para insultar en los cafés, pero es completamente inútil para lograr un diagnóstico certero.
—¿Ah sí? —regresó sarcástico el señor Avellaneda—, entonces ¿cómo les llaman?
—Por su nombre, si hay confianza usamos el de pila.
—¿Y a su condición?
—También por su nombre: depresión, psicosis, paranoia, delirio de persecución…
—Yo no tengo nada de eso.
—Entonces ¿qué es lo que tiene?
Se quedó callado.
—No lo sabe. Y por el momento nosotros tampoco. Para averiguarlo tendremos que ensayar un diagnóstico y determinar una terapia.
—No quiero paredes acolchadas ni camisas de fuerza —ahora hablaba como un niño pequeño asustado.
—Señor Avellaneda, mire a su alrededor.
Contempló a los pacientes del jardín a través de los vidrios. El día era soleado y cada quien, enfermeras y pacientes, estaban en lo suyo
—¿Le parece que en este lugar tenemos celdas con colchones?
Después de 45 minutos más, el señor Avellaneda se iba acompañado por dos enfermeras, sin camisa de fuerza, ni rumbo al imperio de las paredes acolchadas. Yo no perdí el tiempo, de inmediato le dije al doctor Campuzano:
—¡Pero está usted loco! ¡Cómo me hace eso!
—Aquí no usamos la palabra loco , doctora —me dijo ahora sí con la sonrisa completa.
—Es usted un imprudente, entonces.
—Tal vez, pero desde el día de hoy el señor Avellaneda será tu paciente, Ángela.
—Eso no puede ser, ¡está mal!
—¿Por qué? —me preguntó sereno.
—Porque yo no soy doctora, no tengo licencia.
—Si supieras la cantidad de personas que ofrecen servicios médicos sin tener licencia, te sorprenderías.
—Pero es poco ético.
Entonces me volteó a ver y sonrió:
—Justamente porque te preocupa la ética es que puedes ser mejor que el promedio de los doctores. Mi truco puede ser poco ético, pero se justifica si estoy proponiendo a una persona que no quiere aceptar debido a que tiene mucha ética.
—Doctor, no sé si tengo las cualidades, no sé si tengo el conocimiento.
—No estás sola y estás preparada, Ángela. Además, me da la impresión de que este es un caso clínico de poco impacto: estupendo para iniciarte en el mundo de la práctica… colega.
Dos días después llegó Sebastián desde la ciudad de México. Me encontró apurada y nerviosa. Contrario a lo que había sucedido en sus visitas anteriores —que esperaba con cierta ansia para que me diera noticias del mundo exterior— esta vez le dije que estaba corta de tiempo, que me disculpara.
—Oye, muchacha —me dijo más rozando la amabilidad que el regaño—, la angustia es enemiga de la elegancia: ¿qué sucede?
Su frase me sacó de mi ritmo. Me detuve. Dejé los libros que llevaba en el brazo en la mesa más cercana. Respiré hondo y le dije que lo acompañaría hasta la habitación que normalmente ocupaba para revisar si estaba todo en orden.
—Y también porque me quieres hacer compañía, espero.
No pude más: le conté lo que había sucedido con el señor Avellaneda, con el doctor Campuzano.
—El doctor Campuzano es, sin duda, osado.
—Imprudente me parece a mí. Debería primero hacerme su asistente, darme tiempo para estudiar al menos uno o dos cursos médicos. Ser mi aval.
—Considero que el doctor Campuzano hizo bien, Ángela mía.
—Comparte entonces su imprudencia. Debe ser un mal generacional.
—¿Sabes qué está pasando en el mundo exterior, como tú le llamas?
—¿Qué pasa? —respondí tratando de guardar las formas.
—Que a diferencia de aquí, a las mujeres no las dejan ni estudiar ni ejercer medicina al nivel que tú necesitas.
—Eso era hasta hace algunos años, Sebastián, las cosas han cambiado.
—Pues no sé si para mejor. Después de tantas muertes, parecía que un loco al fin dominaba a los dementes menores, pero cuando uno sube saboreando la sangre, el gusto no se quita de un día para otro.
—¿Qué tiene que ver la guerra con lo mío?
—Todo: los servicios de emergencia y de salud tienen las manos llenas con una nueva guerra. Nadie está estudiando, todos están ejerciendo, incluso gente que sabe menos de lo que tú sabes. Solo los colegios más cerrados practican la contemplación. Y entrar ahí…
—Pero la guerra se ha tranquilizado de momento.
—La guerra siempre inventa nuevos enemigos.
—¿Quiénes son ahora?
—Depende del bando que elija, mi muy querida Ángela.
¿Es usted creyente de Dios? ¿Va a la iglesia?
¿Sigue los consejos de los curas? Entonces su enemigo es el gobierno.
¿Pone usted a la revolución social, a los sindicatos laicos y a los maestros por encima de cualquier cosa?
Entonces su enemigo es la Iglesia. Esa es la nueva batalla.
—Sebastián, de verdad debo ir a revisar algunos libros de consulta para dar un diagnóstico más o menos coherente. ¿Lo puedo ver más tarde?
—Con todo gusto, Ángela mía. No es que tenga una agenda apretada aquí dentro.
Más que los libros de medicina, lo que me ayudó a entender los padecimientos del señor Avellaneda fueron los libros de literatura.
Spleen le decían en Inglaterra, ennui en Francia, el gran aburrimiento en varios de los países de habla hispana.
Un malestar cultural —aseguraban los parnasianos— en donde se consideraba que la vida había llegado a colmar las expectativas de tal manera que solo quedaba el tedio.
Seguí el hilo de esa pista. Leí a escritores decadentes, simbolistas y satánicos.
Cada uno a su manera se quejaba de la modernidad, de ese fastidio, y entonces se disponían a narrar las peripecias que ejecutaban —o imaginaban— con tal de sacudirse la modorra.
Todo tipo de acrobacias sexuales: hetero, bi y homosexuales, con enanos, con mujeres gigantes, con tullidos y con animales.
Intentonas de violencia: asesinatos, actos sádicos, goces masoquistas.
Consumo variado de sustancias: ajenjo, opio, los más modernos heroína y cocaína.
Relacionaban la mística con el psicoanálisis, las pulsiones oscuras con destellos de iluminación religiosa, la ternura con el dolor y el deseo con el asco.
Después de varias horas gastadas, me quedó claro que la fórmula se repetía tanto que entonces sí provocaba un auténtico cansancio.
Pensé que esa postura resultaba muy buena para la literatura, pero un poco dañina para aquel que quisiera vivirla.
Llegué puntual a la cita con el señor Avellaneda. Él no. Con todo propósito lo había citado en el consultorio más lejano a su habitación. El compromiso, decían los especialistas en psicoanálisis, era el primer paso.
Más de 20 minutos después llegó arrastrando los pies.
Tenía las manos en los bolsillos del pantalón y su indumentaria era completamente negra.
Sin saludar, cayó en uno de los sillones como si fuera un saco de papas, de inmediato subió la pierna en el reposabrazos y con los dedos de su mano derecha se sostuvo la frente en el conocido gesto de devastación.
—¿Se siente mal, señor Avellaneda? ¿Le duele la cabeza? ¿Quiere una pastilla de bromuro de otilonio?
—Ya me dieron una, no me hizo nada. Lo que yo tengo es más profundo, y ustedes no tienen pastillas para el mal del alma.
—¿Quién le suministró la pastilla? —le pregunté mientras fingía escribir en mi cuaderno clínico.
—La enfermera… Estela, creo que se llama.
—¿Le dio justo eso, una pastilla de bromuro de otilonio?
—Esa misma y no me hizo nada —regresó con una indignación contenida.
—Pues discúlpeme, pero no lo creo.
Me volteó a ver con los ojos brillantes. Adentro bailoteaba la llama de la rabia. Antes de que pudiera decir algo, lo atajé: