El Club Barba Azul El Club Barba Azul #4
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El Club Barba Azul #4

—Hay artistas muy capaces, de trazos finos algunos, rotundos otros. Pero las vanguardias están obsesionadas con el adoctrinamiento, con el futuro que se promete desde la política del presente. Y por eso han quedado miopes.

—Tal vez eso se deba a que actualmente hay movimientos sociales tan rotundos como algunos de los trazos de los que habla.

Sebastián se quedó pensando algunos instantes y luego me dijo:

—No creo, Ángela querida. Esos movimientos de los que hablas, como la propia guerra que hemos tenido en este país son sobre todo confusos.

¿Cuántos líderes de gobierno hemos tenido en los últimos 15 años?

Demasiados. El problema radica, según mi opinión, en que los mecenas artísticos ahora son sobre todo políticos, entonces les piden a los artistas que dibujen al óleo futuros brillantes, sin contradicción, justo lo que no pueden hacer en la realidad.

Y de esa manera pierden tanto la realidad como el arte.

—¿No será, Sebastián, que tiene usted una nostalgia anclada en el mundo previo a la Revolución? —le pregunté con un poco de saña y con mucha curiosidad.

—Es imposible extrañar un mundo que no me aceptaba.

—Porque es usted…

—Sí, homosexual, querida.

—Pues hoy no es que haya clubes para los homosexuales.

—Pero al menos la parte más audaz de la medicina nos estudia sin ánimo de encerrarnos.

—Entonces, Sebastián, si usted fuera mecenas, le pediría a su pintor la composición de un futuro con clubes de homosexuales en donde no se tuvieran que esconder.

Sebastián se me quedó mirando sin construir ningún reproche, y me dijo:

—Usted, señorita, es muy inteligente. Y no sé si se lo van a perdonar.

Gracias a Sebastián conocí la revista peruana Amauta de José Carlos Mariátegui, con sus dibujos de incas estilizados y definidos con muy pocos trazos, con su búsqueda de una “literatura proletaria” y con sus quejas de que América Latina se estuviera argentinizando y mexicanizando.

—De lo universal, querida Ángela, estamos pasando a lo local.

Nos hemos empequeñecido. Entre más pequeña es tu parcela, tienes más oportunidad de pelearte con extraños.

Y no es en esta zona del mundo nada más: Europa tiene una auténtica nostalgia de sus imperios.

Las nuevas naciones que antes eran imperios (el otomano, el austrohúngaro) inventan enemigos que viven en la puerta vecina.

Ser judío o ser croata está cobrando una importancia que antes no tenía.

Algo de razón tenía. La política se había posesionado de las páginas dedicadas al arte, por eso nos deteníamos tanto en los contenidos de esa revista peruana, pero no era ni de lejos el único caso.

Los artistas en México estaban siendo reclutados por los programas sociales, y nos presentaban grandes murales llenos de gente, pero en donde los obreros hacían comunión solo con los obreros, los campesinos solo con los campesinos.

Se comenzaban a pintar a los indígenas, pero siempre separados del resto de la sociedad.

La unidad, me fui dando cuenta, solamente existía en los cantos furibundos de “La Internacional”.

Mientras tanto, en mis últimas lecturas de medicina me había dado cuenta de que un nuevo espíritu visitaba al mundo: el de la higiene racial.

Y cuando no había razas, existía la religión, o la nacionalidad, esa definición tan reciente que sin embargo mantenía el sentimiento más añejo de todos: la antipatía.

Había atestiguado algunos meses atrás el caso de una mujer que tenía una manía por la limpieza.

Su cuerpo, su casa era limpiada varias veces al día.

En realidad, dedicaba la mayor parte de su vida a la limpieza, lo que durante un tiempo no le causó problemas sino admiración: se la consideraba un ama de casa ejemplar.

Sin embargo, la manía escaló y comenzó a pedirle a todos los miembros de su familia que se lavaran las manos unas cinco o seis veces al día.

Luego le pareció insuficiente: la cuota subió a 10, e incluso después del lavado con detergente, les aplicaba una solución a base de alcohol.

Sus manos y las de su familia comenzaron a resecarse al punto de agrietarse y mostrar llagas.

Pero eso era un mal menor. La mujer seguía empecinada en el lavado continuo.

El doctor Campuzano pensaba que se trataba de un desorden maniaco, pero después de aplicarle varias pruebas, no pudo llegar a una determinación concluyente.

Comenzó a revisar su historial. La mujer había vivido toda su infancia en un estado al sur del país donde la clasificación a partir de la piel y los ojos era la regla.

Por medio de terapias, se dio cuenta de que tenía la convicción de que un rasgo que distinguía a los indios de las buenas familias era la higiene.

Creía que mientras unos vivían en la inmundicia, los otros mostraban su grado de civilización, lavándose las manos.

Algo parecido a los anuncios de detergentes que mostraban a negros bañándose para lograr un tono de piel más claro.

Aquello, lo discutí con el doctor Campuzano, era una confusión muy común.

Si bien la higiene sirve para evitar enfermedades, nada tenía que ver con las razas.

Un principio médico muy loable había terminado por utilizarse en un alucinante discurso social.

Una visión en donde la higiene es patrimonio de los artefactos de lavado, de las casas con piso firme y con agua corriente.

Que imaginaba a las culturas indias como inferiores y, por ende, sucias.

Más cercanas a los animales. Y el arte nacionalista, aunque deseando tener un discurso opuesto, presentaba el mismo problema: utilizaba la creación artística para inventar ideas políticas.

Las razas estaban cobrando una importancia inusual y estaban provocando un temor infundado que diseñaba furibundas políticas nacionalistas o bien hacía que muchas personas se lavaran las manos hasta hacerlas sangrar.

Una enfermedad de fin de siglo

En el mismo lapso que iniciaba mis lecciones de arte con Sebastián, llegó a la clínica un heredero de las viejas familias porfirianas.

Así me lo describió el doctor Campuzano.

Luego vi que no le faltaba razón. Abolengo, capital y enajenación eran una amalgama en ese muchacho de 25 años.

El resultado no era agradable. El doctor Campuzano me llamó a la sala de recepción.

Entré al cuarto que tenía una breve sala con cuatro sillones y una mesa de centro hecha de caoba clara.

La sala no estaba ni a la entrada del consultorio ni en la zona de habitaciones de los internos: el doctor Campuzano la había colocado al fondo del jardín, y en vez de paredes tenía gruesos vidrios que permitían ver, caminar y conversar con los demás internos.

Eso —me aseguró el doctor Campuzano— permitía que el futuro paciente se diera cuenta de que nuestros sistemas distaban mucho de la crueldad del resto de las instituciones avocadas a reparar la mente.

—Señor Avellaneda, permítame presentarle a la doctora Ángela.

Me quedé como piedra. El doctor Campuzano no me había advertido nada. Yo no era doctora, pocos años antes aún era paciente de esa misma institución. Le clavé la mirada sin la posibilidad de decir algo porque no estábamos solos.

—La doctora y yo —continuó— vamos a hacerle algunas preguntas para valorar su situación y determinar si es candidato para esta clínica, también para ir diseñando las posibles terapias que aplicaremos.

El paciente en cuestión era muy delgado, vestía una levita oscura con un foulard que tenía atado al cuello y que desaparecía debajo de su camisa con botones dorados.

Incluso llevaba chistera. A pesar de que sus ropas estaban pasadas de moda, se notaba por las telas y el corte que habían sido hechas hacía poco y a la medida.

El señor Avellaneda estaba, más que sentado, recostado en un sillón estilo francés de una sola plaza.

Sus glúteos en el borde del asiento, casi al aire, y las piernas abiertas en despatarrada grosería.

Con una de sus manos sostenía su sombrero con descuidado desdén, mientras el codo lo apoyaba en el reposabrazos.

La otra mano sostenía su frente, envuelta en sus cabellos largos.

Resultaba imposible ver su cara. De hecho, todo indicaba que no prestaba atención porque parecía sumido en un viaje interior que elevaba los muros de un profundo soliloquio.

Solo supimos que se daba por enterado cuando con voz ronca apenas musitó un quejido de aprobación.

El doctor Campuzano y yo nos sentamos en sillones diferentes frente a él. Yo alternaba mi mirada entre el paciente y el doctor con una mezcla de curiosidad e inseguridad.

—Doctora, el señor Avellaneda ha venido porque dice que sufre del mal del nuevo siglo.

Tanto el doctor Campuzano como el señor Avellaneda guardaron silencio.

El primero me volteaba a ver en la mayor de las calmas, como si esa escena ya la hubiéramos vivido en decenas de ocasiones.

Fue tan largo el silencio de los tres, que el señor Avellaneda salió de su mutismo, levantó la cara y volteó a verme intrigado.

El doctor Campuzano azuzó más las cosas:

—Adelante, colega, adelante.

—Esto… Eh… ¿El mal del nuevo siglo, dice? —trastabillé en una espiral de nerviosismo—, pues qué curioso.

—¿Qué es lo que le parece curioso?, digo, si tiene la amabilidad de decirme —me dijo el paciente con una súbita ira apenas contenida en su garganta. Su enojo, me dio valor:

—Que el nuevo siglo lleva ya 25 años desde que empezó, los mismos años que tiene usted, y que ese mal al que usted se refiere, o debería bautizarse de otra manera, o tal vez sea un padecimiento distinto.

—Lo siento desde hace tiempo —se excusó el señor Avellaneda, mientras regresaba, más tranquilo, a su postura anterior.