El Club Barba Azul El Club Barba Azul #3
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El Club Barba Azul #3

Por lo mismo la transacción que el editor de Multicolor le propuso no duró mucho.

De nuevo ya estaba otra vez borracho la mayor parte de sus días.

En un momento de autopreservación, decidió gastar lo que le quedaba de su dinero en una cura.

Se internó en un hospital en donde lo amarraron y lo sedaron antes de que “el alcohol terminara por enloquecerlo”.

Transitó del delirium tremens a un agudo síndrome de abstinencia en donde vomitaba, gritaba que lo liberaran, se arrepentía de su decisión y finalmente se dormía.

La cura le duró muy poco: a los pocos días de haber salido del hospital comenzó a beber de nuevo.

Su vida transitó entre las cantinas y los hospitales durante casi seis años.

Hasta que un alumno de medicina le contó de la clínica del doctor Campuzano.

Lo primero que la doctora Luisa le preguntó fue si iba por voluntad propia.

Cuando se lo aseguró comenzaron un tratamiento que, le explicaron, era la primera vez que llevarían a cabo.

R. Q. estuvo de acuerdo. No tenía nada que perder.

Su sorpresa radicó en que lo dejaban beber dentro de la clínica, siempre y cuando no faltara a cada una de sus terapias.

Había muchas físicas: rehidratación con suero, calmantes que no adormecían, pero el grueso de las horas las pasaba conversando.

El doctor Campuzano se olvidó de lo aprendido con Jean-Martin Charcot en la Salpêtrière y se hizo de varios documentos que no tenían mucho de haberse publicado.

Eran las teorías de Jung sobre la parte oscura de las almas atormentadas, y la manera en que se podían curar utilizando algo igual de inasible, pero con un acento positivo.

Espiritualidad y filosofía más allá de lo terreno.

Las pláticas que cualquier médico formado de manera conservadora hubiera reprobado sin pensarlo demasiado, fueron justo lo que el doctor Campuzano aplicó.

Y funcionó. R. Q. comenzó muy poco a poco a tener otra vez cierto gusto por su nueva vida espiritual y eso terminó por alejarlo de la bebida.

Yo misma tenía serias dudas sobre ese procedimiento. Pero el doctor Campuzano me aseguró que no estaba improvisando, simplemente recogía las experiencias de un grupo que en ese momento se estaba formando en Estados Unidos y que tenía cada vez más adeptos.

—¿Es una secta? —le pregunté alguna vez.

—Nada de eso: es un grupo originario de Oxford que se está tomando muy en serio el problema del alcoholismo, y están convencidos que para los peores casos solo la vida espiritual puede contrarrestarlo.

—Pero ¿qué tiene que ver Jung con todo eso?

—Que uno de ellos fue primero a verlo a él para que lo curara, le aplicó un poco de estas dosis de espiritualidad y luego fundó el grupo.

Me quedé perpleja.

—Cómo ves, querida Ángela, lo mío es menos original de lo que parece. Solo estoy siguiendo un camino que otros ya delinearon. Es cuestión de abrir bien los ojos y cerrar bien los prejuicios.

Tenía mucho que aprender y eso me angustiaba.

Llegar con ideas fijas o con teorías médicas inamovibles daba seguridad, pero servía de poco para resolver enigmas que presentaran síntomas no registrados antes en los libros de biología.

En ese momento no sabía la utilidad que esto significaría en mi futuro, cuando ya no estuviera cobijada por los muros de la clínica en Cuernavaca.

Atendí junto con el doctor Campuzano el caso de R.

Q. —aunque sería más acertado decir que observé y aprendí al lado de él—, pero esto no significaba que olvidara al Abuelo.

Y con él había mucho que atender porque, como todos los abuelos, de vez en cuando era como un niño.

Hacía algunos berrinches, se alegraba por detalles que otras personas ni siquiera notaban y se sorprendía de que los demás no compartieran su entusiasmo.

Había que tener mucha paciencia con él. Tal vez, pensé en muchas ocasiones, si lo hubiera conocido antes de su trastorno, me sería más fácil consolarlo.

Sabía que tiempo atrás, el Abuelo había sido figura pública de la academia.

Luego fue secuestrado y sometido a torturas terribles en nombre de la ciencia.

Como con mi madre. Todo esto nadie lo había comprobado, pero algo de confirmación había en la negativa del Abuelo por rechazar todo lo que se pareciera a la academia.

Como si se tratara de la esencia del dolor.

Algunas de mis interrogantes sobre su vida anterior se disiparon cuando a la clínica llegó una visita que nadie esperaba pero que todos anhelaban.

Por desgracia para el Abuelo, esa visita llegó demasiado tarde.

Un mediodía soleado, el doctor Campuzano me mandó a llamar a su oficina.

Toqué la puerta y entré. Estaba sentado en su sillón de siempre, detrás de su escritorio, y rodeado por sus objetos simbólicos: prismas, efigies africanas y prehispánicas.

En los pocos espacios libres que sus libros dejaban, había fotografías de médicos, psicoanalistas y escritores.

Salomón Eberhard Henschen, Sara Dolley, el infaltable Sigmund Freud, pero también Sándor Ferenczi o Max Eitingon, Émile Zola y Manuel Gutiérrez Nájera entre otros.

Del otro lado del escritorio, estaba un señor que aparentaba la misma edad del Abuelo.

—Pasa Ángela, pasa, por favor —me invitó el doctor Campuzano.

Al oír mi nombre, el visitante volteó con toda la rapidez que su edad le permitía.

Me vio abriendo muy grandes los ojos. Tenía una calvicie que resultaba agradable, un bigote que insistía en demostrar que no había perdido del todo su guerra capilar y un par de ojos que brillaban con cierta alegría.

—¿Ella es Ángela? —preguntó sin asomo de cinismo—, ¿es eso posible?

—La misma.

Luego se dirigió a mí:

—Ven, querida, ven. Hace más de 15 años que no te veo.

—Perdón, señor, ¿cómo me conoce usted?

—Nada de señor, soy Sebastián, amigo del doctor Campuzano.

—Y ¿adivina de quién más era amigo, Ángela? —completó el propio doctor Campuzano.

—Del Abuelo—contesté.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque parece tener la misma edad que el Abuelo, y por el tiempo verbal que usó usted. Dijo: “era amigo”, significa que lo era de alguien que ya no está aquí: el Abuelo.

—¡Pero esta niña trae filo! —Sebastián casi gritó con una sonrisa.

Me senté en el sillón que quedaba vacío.

—¿Cómo fue que se conocieron usted y el Abuelo? —pregunté directamente porque me roía la duda.

—Sebastián fue quien rescató a Servando de un circo de fenómenos cuando su demencia lo convirtió en una atracción de lo más morbosa —me narró el doctor Campuzano.

—Es verdad, pero también conocí al Servando anterior, querida. Antes de que lo destrozaran. Era un hombre muy brillante, un poco necio y sin mucho ánimo de disfrutar la vida, pero en sus materias podía hacer deducciones sorprendentes. Un poco como tú lo acabas de hacer.

Después de un par de horas más parecidas a un interrogatorio que a una conversación, me enteré de algunos detalles de la vida del Abuelo. Me quedó claro que su existencia era una paradoja: infeliz, aunque sabio en su primera vida, contento pero pueril en la segunda.

A partir de ese día, Sebastián visitó mucho la clínica.

Incluso se quedaba breves temporadas para contarnos de los avances de la psicología en Europa —donde había vivido algún tiempo— y también descansaba de la ciudad de México.

Pronto establecí muy buena relación con él.

Me recordaba al Abuelo aunque sus semblantes fueran diferentes.

Y cuando hablábamos de él era como si nos refiriéramos a dos personas distintas: una era Servando, el duro académico dedicado a resolver crímenes, y otro era el Abuelo, que esperaba la hora de comer con sublime fruición.

—¿Cómo fue su muerte, querida Ángela? —me preguntó un día.

—Muy apacible, la verdad. Una tarde nos dijo que se sentía mal, que le estaba costando respirar un poco.

Fui yo entonces la encargada de acostarlo.

Se veía más cansado de lo normal, pero no parecía tener nada grave.

Después de darle las medicinas, finalmente lo puse en cama.

Ya me iba a retirar, pero me dijo: “¿Sabes una cosa, hija? Creo que he vivido más de dos vidas, y no sé si eso es bueno o malo, pero me ha agotado, sobre todo en los últimos días”.

Me sorprendí: yo creía que el Abuelo no recordaba nada de su vida anterior.

Entonces le pregunté si se acordaba de cómo estaba hace 15 años.

Me dijo: “Los eventos y situaciones de esa vida se están haciendo cada vez más claros. Y ¿sabes?, no me gusta lo que veo. No me gusta la persona que era. Siento que aquella fue una vida triste y llena de pretensiones. Y ahora cada una de esas pretensiones se me convierten en angustia. No es agradable. Me gustaría poder descansar”.

No sé si la terapia ya perdía su efecto o todo lo contrario, pero el Abuelo comenzaba a tener claridad incluso de las cosas que detestaba.

Me quedó claro que esa noche prefirió descansar a seguir recordando lo que no quería recordar.

—¡Ay, Ángela! —me dijo Sebastián consternado—, a veces pienso que tú también has vivido demasiadas vidas.

—Eso lo que hoy me conforma. Y de cualquier manera nada se puede hacer para remediar lo que ya me ha ocurrido.

Una vez que comprendí mejor los manuales de medicina, biología y psicología, comencé a adentrarme en estudios de casos criminales y de arte.

Los primeros tenían un motivo claro, resolver lo imposible: el asesinato de mi madre.

Tal vez solucionando otros casos salvaría al menos su memoria.

Las materias de arte llegaron gracias a Sebastián. Él era un crítico entusiasta.

—Antes éramos los modernistas —me dijo—, ahora son las vanguardias. Yo quería formar parte del primer movimiento y al segundo solo lo admiro desde mi barrera.

—¿Le entusiasman las vanguardias como le entusiasmó el modernismo?