El Club Barba Azul #2
Cuando estaba presente físicamente pero mi cabeza existía en otro lado, probablemente era porque mi cerebro estaba agotado de orquestar un diálogo con todas y cada una de las Ángelas.
Con el tiempo logré estar más en contacto con la realidad.
Mi pasado ya no se agolpaba en la cabeza: lo procesaba con muchas lágrimas y enojo.
Luego me cansé de llorar. Con más tiempo libre, conocí a otros pacientes y personal médico, y después de algunos meses más, comencé a tener amigos.
Me empecé a acercar sobre todo a Luisa. Era doctora y socia del doctor Campuzano. Ambos diseñaron mi plan de recuperación. Una vez que ya tenía cierto terreno ganado, en vez de darme de alta, Luisa me propuso que la asistiera en el tratamiento de otros internos.
Fue muy paciente conmigo. Primero empecé con tareas básicas: la limpieza de los utensilios médicos, la administración de las medicinas no controladas.
Pero conforme me veía más sólida , comenzó a darme lecturas de biología y de anatomía.
No fue fácil. A la par de mi tratamiento, me tuvieron que enseñar conocimientos básicos: leer, escribir, operaciones matemáticas, nociones de química, física, biología.
En un principio, aquellos libros me parecieron un galimatías creado para hacer sufrir.
—No tengo la cabeza para eso, doctora —recuerdo que le decía—, hace muy poco que aprendí a leer, estoy en desventaja.
—No tienes más desventaja que el grueso de la población de este país —me contestaba— y posees al menos dos prerrogativas: el tiempo para leer hasta entender y un espacio ideal para que no molesten demasiado. Es bastante más de lo que una mujer, allá afuera, puede pedir.
Luisa tenía razón. Vivía en una burbuja.
Un espacio confinado que estaba lleno de memorias recién recuperadas, de tristezas que apenas entendía, de pérdidas que me hacían ser quien era.
Pero en donde no había mucha más gente. Estaba llena de mí misma y para salir a confrontar al mundo necesitaba escuchar lo que pasaba afuera, más que lo que sucedía dentro de mi cabeza.
Y en muy poco tiempo, tendría justo eso.
Cuando se pasa por una serie de pruebas amargas, creemos que eso garantizará cierta tranquilidad.
No es así: la suerte comienza a sacar de su almacén nuevos retos igual de acres.
Pero a diferencia de los primeros, ya no toman por sorpresa.
No pasaría demasiado tiempo para utilizar todo lo aprendido en el mundo real.
Y no me refiero nada más a los estudios de anatomía, de psicología, de biología, de diagnóstico y patología.
Sin que nadie lo planeara, también mi infancia se volvió cardinal para entender crueldades en donde el grueso de la gente veía normalidad.
Un sentido exacerbado se fue agudizando mientras el mundo me ofrecía un entorno teñido de sangre, en donde los adultos se mataban por ideas fanáticas, y en donde los niños se convertían en monedas de repuesto.
En muy poco tiempo —un poco investigando, un poco por casualidad— descubriría un mundo que muchos aceptaban con flemático desdén.
A mí, por el contrario, la situación me recordaba demasiados quiebres personales.
El sadismo que se cubre de tranquilidad al arrancar una pierna, la elegancia que se finge para violar, el uso de poder como inevitable ley natural.
Y eso me enojó. Y tal vez ese fue el problema.
Pero aceptar a todas las Ángelas que había sido, que me conforman, incluía aceptar la rabia que te provoca ver cómo esclavizan a un niño, como lo venden y cómo por encima de su cabeza hay risas y brindis.
El Abuelo
El primer paciente que me asignaron casi por completo se llamaba Servando.
Yo le decía Abuelo . Lo sentía como un abuelo.
Nos conocimos en la clínica cuando ambos estábamos bastante extraviados y compartíamos una realidad como nebulosa que se escapaba a cada tanto para sumirnos en la oscuridad.
No me queda duda de que era algo parecido a la locura.
Conforme empezamos a habitar en el mismo plano por el que se movía el resto de los hombres, nos reconocimos de una manera racional , aunque desde antes ya nos teníamos mucho cariño.
Era algo que se sentía, aunque sonara muy especulativo.
Justamente como le pasa al recién nacido con sus padres: los primeros años de vida son difusos, no ven bien sino hasta los dos años, no se imaginan como individuos autónomos hasta los tres años, no se pueden comunicar de manera clara hasta los cuatro años, cuando su vocabulario tiene el ejército suficiente de palabras como para entender mejor lo que sienten, lo que quieren o para imaginar mundos que no están frente a sus narices: el futuro, el pasado, la fantasía.
Con el Abuelo tenía ese sentimiento. Podía ponerle fecha clara al día en que lo conocí racionalmente , pero el origen del sentimiento por él era tan difuso como entrañable.
El Abuelo no necesitaba demasiados cuidados. Su salud física sufría los estragos de la edad, pero no tenía en su expediente enfermedades crónicas. Su cabeza era otra cosa.
—Recuerda, Ángela, que él no se curó como tú —me decía el doctor Campuzano—, lo más que pudimos hacer fue lograr que los miedos y dolores provocados por su pasado no interfirieran tanto en su presente.
Pero incluso esa cura fallaba en los días malos.
El Abuelo podía tener pesadillas en pleno día.
Le habían pegado mucho. Su esquema de vida fue trastocado por completo.
Hablaba mucho de monstruos y los monstruos en los días malos lo acechaban en cada esquina.
Yo sabía de monstruos y sabía de los sitios oscuros en los que se escondían, pero mis herramientas contra ellos eran más firmes.
Para contrarrestar sus malestares era necesario recordarle la nueva vida que llevaba.
Si lo convencía, entonces entendía que los monstruos no estaban ahí.
Por eso, lo llevaba a pasear por los jardines de la clínica, conversábamos de temas que a otras personas les parecerían intrascendentes: la comida, el clima, las plantas del jardín.
Cada una de estas charlas eran un ancla para que el Abuelo se quedara en su presente y no hurgara en las gavetas oscuras de lo que ya había pasado.
—Esas pláticas resultan tan fundamentales como el medicamento que toma —me aseguró la doctora Luisa—. La terapia que Servando debe hacer no solo es física, también debe incluir la mente.
Tal vez ese era el fuerte de la clínica del doctor Campuzano y la doctora Luisa.
A pesar de que no se trataba de una clínica clandestina, sí querían mantenerla lejos de las asociaciones médicas porque la mayoría no aceptaba los tipos de tratamientos que realizaban.
Ellos aplicaban —y experimentaban— nuevas formas de medicina que tenían mucho que ver con Sigmund Freud, Maria Montessori o incluso Carl Gustav Jung.
Lo que para algunos era metafísica, para otros era sanación. Me constaba.
El primer caso difícil que me dieron fue el de un hombre de 37 años cuyo nombre formaba las iniciales R.
Q. Era un dibujante que había tenido una carrera muy prometedora en los años que rodearon al cambio de siglo.
Había hecho caricaturas en El Diario del Hogar , El Hijo del Ahuizote , incluso, en contadas ocasiones, sus trabajos pudieron verse entre las páginas del afamado diario El Universal .
Sin embargo, a la par de su éxito, sus excesos también se acrecentaron.
Según los familiares, R. Q. había comenzado a beber a muy temprana edad.
El alcohol y la caricatura iban para él de la mano.
Las tertulias con otros dibujantes, escritores y editores ocupaban la mayor parte de su tiempo.
Y una vez que se independizó de su familia, los límites de las tertulias se expandieron.
Entonces comenzó a tener algunos problemas con la bebida: dejó de entregar trabajos a tiempo, no se enteraba bien de los eventos políticos y por lo mismo sus caricaturas terminaban siendo o muy inocentes en sus críticas o completamente erradas.
Sin embargo, su caída fue rotunda cuando empezó la guerra intestina de 1910.
No era que R. Q. hubiera participado activamente, él siguió dedicándose a lo que sabía hacer —aunque cada vez con menos pericia—, hasta que su afición al alcohol entorpeció por completo la capacidad de recoger los menores detalles de la vida social y poder crear una imagen potente.
Ya nadie lo quería en las editoriales, nadie le ofrecía los espacios que antes le sobraban.
En medio de la ruina se le acercó el editor de una revista nueva llamada Multicolor .
La revista inauguraba, sin lugar a dudas, la modernidad en la prensa: primera plana a color, editada en las rotativas más modernas de donde también salía El Imparcial .
Su propuesta fue clara: nosotros te damos línea política, te contamos el chiste y tú solo lo dibujas.
Justo lo que su mente empapada por las oleadas etílicas necesitaba.
O al menos eso creía. Su economía se recuperó trabajando a destajo.
Y la línea era una sola, inamovible: pegarle a Madero.
Entonces dibujó al nuevo presidente como un hombre impotente que no podía satisfacer sexualmente a la patria, lo dibujó como un enano que debía hacer ridículos malabares para sentarse en una inmensa silla presidencial, lo puso en traje de ladrón, de loco, de imbécil.
Mientras más dinero tuviera R. Q., más alcohol consumía.
Los breves lapsos de sobriedad estaban marcados por el síndrome de abstinencia, que aparecía junto con la culpa de haber prostituido su trabajo.
Con esas palabras lo explicaría después en la clínica.
Detestaba dibujar caricaturas con las que no estaba de acuerdo, y peor aún: detestaba ejecutar sin inventar. Solo siguiendo órdenes.