El Club Barba Azul
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El Club Barba Azul
JOSÉ MARIANO LEYVA
El C L U B B A R B A A Z U L
Subí los escalones de la entrada y crucé la puerta girando a Kyra en mis brazos para que no se golpeara la cabeza.
—Cuídame —dijo ella medio dormida y con una voz tan triste que me sobrecogió. Era como si supiera que pedía algo imposible—. Cuídame, soy pequeña, mamá dice que soy pequeña.
S TEPHEN K ING , Un saco de huesos
PRIMERA
PARTE
1926
No recuerdo los primeros días de mi vida, pero tengo muy claro el momento en el que comencé a existir.
Surgí cuando mi madre moría. Un hombre la destazaba con metódica precisión mientras ella se encontraba amarrada a un potro de tortura.
Las horas previas le había sacado fotos y había convidado a otros a la sesión.
Eran dos actores. El asesino los vistió de etiqueta: les puso levita, les puso chistera.
Luego le ordenó a mi madre que se pusiera a cuatro patas y uno de los actores la montó.
La metodología del asesino no dejaba nada a la improvisación: a mi madre le colocaron una brida que estaba sujeta con remaches a sus mejillas.
Le perforaron la piel. Después de largos minutos frente a una cámara Tropical Heag con flash incorporado de la firma Heinrich Ernemann A.
G. que sacaba foto tras foto, y que estaba colocada en un tripié, mi madre y yo misma —a mis seis años—pensamos que todo había terminado, que ese sufrimiento finiquitaría de una vez por todas las deudas que mi madre tenía con el dueño del prostíbulo.
Solo quedarían como únicas marcas para recordar aquella noche los hoyos en sus mejillas.
Pero no fue así. Después de las fotos, el hombre despidió al resto de los convidados y comenzó a atarla.
El día de hoy lo puedo recordar con alguna claridad.
Durante muchos años tuve ese fragmento de mi memoria atenazado con las pinzas del olvido.
A veces, como si el recuerdo fuera una asquerosa masa adiposa, se escapaba de los sujetadores y me llegaba a tocar.
No podía soportar su contacto: me daban náuseas, muchas veces me desmayaba.
Por eso decidía ausentarme, dejar de existir en una pausa que me diera un respiro.
Catatonia rezaba el diagnóstico médico, carente de toda inspiración.
El día de hoy, después de un largo proceso, puedo recordar lo que sucedió.
Y aunque muchos detalles con toda probabilidad vienen de mi imaginación, el contexto es exacto.
Y doloroso. Pero no lo puedo cambiar. Las marcas en las mejillas de mi madre desaparecieron, las mías ahí están.
He tenido que aprender a vivir con ellas.
Mientras el hombre amarraba a mi madre al potro, hablaba con mucha lentitud, explicaba, explicaba y no paraba de explicar, como dictando una clase, como si lo que vendría a continuación no hubiera sido un violento acto de aberración:
—Mire, la cosa es así: la gran mayoría de las personas están convencidas de que las perversiones son inevitables.
Como si se trataran de accidentes. No es verdad.
La naturaleza determina, desde la conformación física, nuestras desviaciones.
Si alguien disfruta con desviaciones como la pedofilia, el sadismo o la homosexualidad, es porque físicamente está condicionado a esas enfermedades.
Hasta hace algunos años, se creía que era muy poco lo que se podía hacer.
Pero la ciencia avanza con pasos resueltos y yo estoy claro de que, en algún futuro cercano, varias de estas perversiones serán extintas.
La extirpación de fragmentos del cerebro, el condicionamiento con choques eléctricos en las terminales nerviosas, todas son terapias que ya van dando resultados formidables.
Mientras hablaba no veía el rostro de mi madre, e ignoraba que yo estaba escondida en el mismo cuarto, en un hueco de mi tamaño que estaba en la pared más lejana de aquella misa contraria a la compasión.
—Y ¿qué debemos hacer para lograr esos pasos tan significativos? Pues llevar a cabo experimentos. Esto que estoy haciendo, mi estimada, no es otra cosa. Así que puede sentirse orgullosa de que su sufrimiento será para el bien de la humanidad y de las disciplinas científicas.
Su palabrería no daba tregua, era como un martilleo con ritmo constante que de inmediato provoca dolor de cabeza.
Mientras tanto veía cómo amarraba uno de los brazos de mi madre y restregaba su miembro en la nalga de ella.
Creo que fue hasta ese momento cuando noté que todo su discurso estaba empañado por una respiración agitada, como si estuviera hablando después de haber corrido un largo tramo.
Esa respiración y esos frotamientos no tenían sentido a mis seis años, pero hoy se perfectamente de qué se trataba, y no ha sido sencillo colocar en un mismo recipiente la excitación sexual con la brutalidad que ese hombre estaba haciendo.
Y encima la docta justificación. Como si mi madre fuera una palurda incapaz de entender los misterios de la ciencia.
Como si fuera tan imbécil que no se daría cuenta de que aquello nada tenía que ver con la ciencia.
Que era puro placer. Violento placer. Ese martilleo con ritmo constante que da dolor de cabeza.
—Uno de mis logros más celebrados es en el campo de la criminalística —seguía el martilleo—: saber por rasgos faciales las desviaciones de las personas (ahora amarraba una pierna).
También ayudan algunas actitudes, pero toda esa superchería de la psicología solo es metafísica poco comprobable (amarra uno de los tobillos, mi madre llora en silencio).
Es de mayor utilidad revisar con detenimiento la indumentaria, la ropa que el sujeto viste, los zapatos que lleva puestos.
Queda claro que mientras menos elegancia, hay más riesgo.
Y no se trata nada más de que la miseria produzca a los peores desviados, aunque en ese terreno no puedo darte lecciones a ti, mi estimada (para en este punto ya había terminado de amarrar todas las extremidades y observaba a mi madre como a un objeto curioso).
Se trata de que está ampliamente comprobado que mientras mayor civilización tenga un hombre, menos barbárico será, y la indumentaria siempre es fiel reflejo del grado de civilización de una persona.
Después —lo invento o lo evoco, pero sin errar en el trasfondo— fue hasta la pared donde colgaban látigos y garrotes.
Y fue probando uno por uno en el cuerpo de mi madre.
Los gritos de ella entraron por mis oídos y ahí se quedaron.
Engarzados en mis tímpanos. He tenido que vivir con ellos toda mi existencia.
A veces me despiertan en la madrugada, a veces soy capaz de callarlos.
El asesino solo dejaba de azotar el cuerpo de mi madre cuando la apostilla requería toda su concentración. O cuando se daba cuenta de que los gritos de mi madre lo interrumpían y quería que, a pesar de su dolor, lo escuchara.
—A mí tampoco me gusta esto, mi estimada, de verdad —sus palabras seguían saliendo de su boca empapadas del vaho de la agitación—, pero ambos debemos de sacrificarnos.
Debemos entender en dónde radica el éxtasis de los desviados cuando cometen este tipo de tropelías y debemos analizarlo para poder corregirlo.
Luego, cuando empezó a cortarla, ya no pudo seguir explicando: a partir de ese momento, los gritos de mi mamá ya no cesaron, hasta que se hizo el silencio final.
Todo eso sucedió en 1901. Así empezaba el siglo para mí.
Hoy ya no tengo seis años: tengo 31. Fueron necesarios 25 años para poder convivir con lo ocurrido sin que el recuerdo tuviera la misma potencia de aquel día.
Transformar los terrores nocturnos en conversaciones diurnas, las ausencias prolongadas por interacciones responsables.
Yo quería curarme y lo intenté con ganas, hasta que me di cuenta de una cosa: no era posible la cura.
Tuve entonces que aprender a vivir con ese pasado.
Y que ese pasado me dejara existir en mi presente.
Que la vida no me aterrorizara todas las noches, que la angustia me permitiera respirar de vez en cuando, que pudiera estudiar medicina y psicología.
Hoy, la mayor parte del tiempo, me entiendo, pero jamás voy a olvidar. Eso es imposible.
Después de la pesadilla y a consecuencia de ella, terminé en una clínica que estaba en Cuernavaca y que dirigía el doctor Rogelio Campuzano.
Él, junto con su equipo, se empeñó en acogerme.
Pero no fue el primer lugar al que fui. Antes había pasado por la casa de otro científico —me lo dijeron cuando ya preguntaba por los fragmentos perdidos en mi memoria—; también pasé una temporada en un orfanato del que algún tiempo después se supo que traficaba con las internas para que fueran prostituidas en diferentes locales de la ciudad.
Después de eso llegué finalmente con el doctor Campuzano.
Los primeros meses experimenté varias personalidades.
Si hubiera hecho reunión con cada una de ellas, habría estado plagada de discusiones y desencuentros.
Una de las Ángelas, cada vez que le recordaran lo que había pasado lo negaría, aunque le pusieran frente a sus narices las pruebas más contundentes.
En ese momento otra Ángela le hubiera dicho que no fuera cobarde y que afrontara su pasado.
Gritaría, sin poder controlar su rabia. Una tercera Ángela se conmiseraría de las dos anteriores y luego de sí misma y se pondría a llorar pensando que estaba rota y que siempre lo estaría.
Otra Ángela se haría la fuerte, se refocilaría en su ecuanimidad y diría que las tres anteriores tenían razón, pero que cada una exageraba: su silencio, su rabia, su tristeza.
El día de hoy, al fin me queda claro, yo soy la suma de todas esas Ángelas. No puede ser de otra manera.