Capítulo 83
Johan sudaba copiosamente bajo la mascarilla quirúrgica.
Zoé estaba delante de él, semisentada, con la cabeza sujeta por un marco metálico improvisado con el material de cirugía ortopédica del que disponía el hospital.
Un campo estéril le cubría casi por completo el rostro, y era mejor así.
Verla en ese momento lo habría paralizado.
Envuelto en la bata estéril, anudada al costado como la toga de un general romano, contemplaba la magnitud de los daños por la abertura que había practicado en el cráneo.
El cerebro de Zoé, bañado en sangre, había empezado a hincharse.
No habría sido un problema si la caja craneal fuera de un material elástico y deformable, y no de hueso duro y rígido.
Por desgracia, no era así, y pronto sería demasiado tarde.
Zoé dejaría de respirar y el corazón dejaría de latirle.
Con la vista cada vez más nublada, Johan se apartó de la mesa de operaciones.
¿Cómo había podido creer que la salvaría?
Seguía retrocediendo cuando, de pronto, dos brazos le rodearon la cintura y un cuerpo se pegó al suyo.
Zoé se apretó con fuerza contra él, y Johan se estremeció al notar su aliento helado en el cuello.
Cerró los ojos unos instantes y se abandonó a ese último abrazo.
Intentó estrecharla a su vez, pero las manos enguantadas solo consiguieron arrugar los pliegues de la bata manchada de sangre.
Adiós .
La voz de Zoé estalló en su cabeza e hizo añicos sus dudas. Las disipó con la fuerza de una ráfaga que barre los nubarrones y abre paso a un cielo despejado. Sabía lo que tenía que hacer. Siempre lo había sabido.
—Hay que deshidratarle el cerebro —dijo sin vacilar a la anestesista. Luego pidió a la enfermera instrumentista una cánula de aspiración.
—Voy a aspirar el líquido cefalorraquídeo de los ventrículos. Así el cerebro tendrá más espacio.
Y si eso no bastaba, aún le quedaban dos o tres ideas que probar antes de darse por vencido.
Pero no hizo falta. El cerebro pareció retraerse poco a poco dentro de la caja craneal y le dio un respiro.
Sin perder un segundo más, Johan volvió a coger el bisturí y la cánula, mientras Zoé lo estrechaba aún más y le infundía el valor que le faltaba.
El tumor estaba allí, a solo unos centímetros de la superficie del cráneo.
Unos centímetros que le parecían tan inalcanzables como un astro lejano.
Aferró los instrumentos y se adentró en el tejido nervioso.
Excavó, separó, hasta que por fin apareció una masa de consistencia a medio camino entre la clara de huevo cuajada y el malvavisco.
Respiraba despacio mientras manejaba los instrumentos para extraer la mayor parte posible del tumor.
Se desprendió un primer fragmento. El ruido de succión de la cánula de aspiración se fue apagando, y la silueta de la enfermera que tenía al lado se fue desdibujando.
El quirófano y todos sus ocupantes, incluido él mismo, se disolvieron.
A medida que ahondaba y se abría paso en el cerebro hacia el tumor, unas imágenes le cruzaban la mente.
Zoé abre los ojos y parpadea para escapar del haz de luz que un enfermero de la UCI le dirige a las pupilas.
—Todo va bien, está usted en el hospital —le dice el enfermero—. Apriéteme la mano.
Otro fragmento extraído, otras imágenes de un futuro que Johan sabía aún incierto.
Zoé se levanta de la cama por primera vez después de la operación y avanza despacio por los pasillos del servicio de neurocirugía, del brazo de una fisioterapeuta.
Parece una niña que da sus primeros pasos.
Johan coaguló los vasos para que la sangre no le enturbiara el campo.
Zoé sale del hospital entre el crepitar de los flashes e intenta esquivar a los periodistas que esperan arrancarle unas palabras.
«¿Cómo se encuentra?», «¿Qué se siente al haber sobrevivido a un asesino en serie?
», «¿Va a escribir un libro?». Las preguntas se suceden.
Ahora Zoé lleva vaqueros, una blusa de seda y una chaqueta azul marino.
El hombre que camina delante de ella también lleva una cazadora azul marino, pero en la espalda luce las palabras «Administración Penitenciaria» en letras reflectantes, legibles a varios metros.
Se detienen ante la puerta del locutorio.
Anthony Lavera está sentado, esposado. Levanta la cabeza, la observa con atención y luego sonríe:
—Me alegro de verte —dice.
Zoé apoya en la mesa el bastón que usa para caminar.
Ella también se sienta. Anthony está en prisión a la espera de juicio por el asesinato de Raphaël Ritter, el hombre sospechoso de haber secuestrado y asesinado a ocho mujeres, el hombre que intentó matarla.
Tiene las mejillas hundidas y ojeras. Parece abatido, pero Zoé no piensa dejarse ablandar.
—Ya sabes por qué he venido —dice sin rodeos.
Anthony cierra los ojos. Se pone aún más pálido. Cuando vuelve a abrirlos, Zoé descubre en ellos una expresión que no esperaba. Le parece ver alivio.
—Adelante, Zoé. Hazme la pregunta.
Ella mira el bastón y alarga la mano para notar el puño bajo la palma, para apoyarse, para no derrumbarse, porque ya sabe lo que él va a decirle. Lo decía la carta que Johan le dejó en el hospital de Argentan, antes de que la trasladaran a Caen.
—Lo que quiero saber, Anthony, es por qué. ¿Por qué mataste a Gabriela? ¿Te engañaba? ¿Estabas celoso?
—No es lo que crees. La quería, y lo sabes tan bien como yo.
—Entonces dime por qué, porque no lo entiendo.
—Te lo acabo de decir. Lo hice porque la quería.
—¡La mataste, maldito cabrón! ¡Cómo te atreves a hablar de amor!
—Porque no quería que lo hiciera otro. Si lo hacía yo, al menos sabía que no sufriría.
Gabriela era demasiado buena para mí. Cuando se enteró de lo que había hecho, intentó convencerme de que me entregara.
Creía que podría ganarme la libertad o, por lo menos, la clemencia de los jueces si daba los nombres de los otros policías implicados.
—¿De qué hablas? ¿Implicados en qué?
—¿Tú qué crees? En la droga, claro. O, mejor dicho, en el dinero. Mucho dinero…
Suspira.
—Intenté explicarle que no solo había mucho dinero en juego.
No quiso saber nada. Discutimos. Traté de hacerle entender que aquello no era como en la tele, que no habría negociación posible.
Yo estaría muerto mucho antes del juicio, y ella también.
Y tú. Esa gente no se anda con chiquitas cuando quiere dar un escarmiento.
Así que, cuando amenazó con ir ella en mi lugar, supe lo que tenía que hacer.
La habrían matado, pero antes la habrían violado y torturado.
Todo pasó en cuestión de segundos. Ya tenía la mano en el pomo de la puerta cuando comprendí que no me quedaba otra opción.
Se había acabado el tiempo de las súplicas y las amenazas.
Basta de palabras. Había que actuar, y rápido. E hice lo que tenía que hacer.
Hace una pausa. Vacila. Abre la boca para añadir algo, pero parece pensárselo mejor.
—No sufrió —concluye—. Es todo lo que necesitas saber.
—Me hiciste creer que había sido víctima de un asesino en serie. ¡Dios mío, Anthony! ¡Hasta te enviaste la alianza a ti mismo!
Anthony le tiende las manos esposadas.
—Necesitabas explicaciones, motivos. Sabía que moverías cielo y tierra para encontrarla.
No me habría extrañado que acabaras descubriendo la verdad.
No podía permitirlo. ¿Lo entiendes? Tú también te estabas poniendo en peligro.
Así que pensé que la mejor manera de protegerte era mandarte tras una pista falsa.
—¡Me das asco! —le espeta Zoé—. ¿De verdad crees que me voy a tragar que lo hiciste todo por el bien de Gabriela y por el mío?
—Pues es la verdad.
—Entonces demuéstramelo.
Anthony asiente.
—Claro. Pídeme lo que quieras y lo haré.
Zoé respira hondo.
—Quiero que confieses el asesinato de mi hermana —dice.
—De acuerdo.
—Y quiero que delates a los hijos de puta a los que llevas todo este tiempo protegiendo.
Anthony palidece.
—Me matarán antes de que pueda declarar contra ellos. Pero supongo que eso te da igual —añade con una sonrisa amarga—. Si lo hago, ¿me perdonarás?
Zoé se ha prometido no llorar. Pero las lágrimas brotan de todos modos.
—Nada de lo que hagas podrá reparar lo que hiciste. Nunca te perdonaré. Y ahora dime dónde está.
Con mano temblorosa, Zoé anota la dirección de un guardamuebles y el número del trastero que Anthony alquiló con un nombre falso.
Unos instantes después, al levantarse, se le cae el bastón.
Zoé… El presente y el futuro se superponen.
Acababa de asomar la superficie metálica del proyectil.
Johan aspiró la sangre que lo rodeaba. Era la bala.
La sujetó con firmeza entre las puntas de la pinza.
Metal contra metal. Retiró el instrumento con suavidad, sin aflojar la presión sobre el proyectil.
Casi había terminado, pero al ver la sangre que se acumulaba, sintió un mareo.
Se le nubló la vista. Iba a perderla a ella también. Como a Camille. Zoé va a morir. Zoé…
Nuevas imágenes del futuro. Zoé está tumbada en una cama de hospital. Vuelve la cabeza para mirar una pantalla… Y sonríe.
Como el capitán de un barco, Johan fue el último en salir del quirófano.
Solo que esta vez no había habido naufragio.
Habían trasladado a Zoé a la UCI. Cuando despertara, él ya no estaría allí.
Lo esperaba otro paciente. Había decidido llamar a Tom Boylan para decirle que no lo denunciaría por lo ocurrido en el hotel y que intentaría la operación si su hijo accedía a darle una segunda oportunidad.
Sus colegas lo vieron pasar. Notaba su tensión.
Aún podían salir mal tantas cosas. Absceso cerebral, hemorragia subaracnoidea, hipertensión intracraneal, por citar solo las más letales.
Pero, por primera vez desde la muerte de Camille, se sentía sereno.
Ya sabía que la intervención había sido un éxito.
Así que se retiró, solo. En su mente se repetían una y otra vez las últimas imágenes que había visto al extraer el proyectil.
Pidió prestados un talonario de recetas y un bolígrafo y buscó un rincón lejos de miradas indiscretas.
Solo, sentado en los peldaños de la escalera, empezó a escribir.