El Clarividente Capítulo 82
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Capítulo 82

El vientre de Zoé, insuflado con dióxido de carbono, estaba tan distendido como el de una embarazada.

Le habían practicado en el abdomen tres orificios de apenas unos milímetros de diámetro para introducir el instrumental quirúrgico.

Una pantalla retransmitía las imágenes que la cámara del laparoscopio captaba en el interior de la cavidad peritoneal.

Johan se descubrió apartando la vista de la pantalla, como si el espectáculo de aquella carne sanguinolenta tuviera algo de indecente.

Quería estar allí por Zoé, pero no de aquella manera.

Así que dejó a los dos cirujanos y rodeó la mesa de operaciones para reunirse con la anestesista, una mujer de unos cincuenta años cuyo puesto le parecía mucho más envidiable.

Sentada junto a Zoé, vigilaba la presión arterial, la frecuencia respiratoria y la saturación de oxígeno, y anotaba las cifras a intervalos regulares en una tableta que tenía sobre las rodillas.

Al verlo llegar, le sonrió. Al menos, eso dedujo Johan de las patas de gallo que se le formaron en el rabillo de los ojos, mientras la mascarilla quirúrgica que le ocultaba el resto de la cara se estiraba ligeramente.

Echó un rápido vistazo al monitor. Dado que Zoé seguía en hipotermia, sus constantes podían considerarse, en efecto, satisfactorias.

Dejó a un lado las cifras y los gráficos para mirar a la joven.

Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta por el tubo que asomaba de ella.

Le habría gustado deslizar la mano bajo el campo estéril y coger la de Zoé.

¡Maldita sea! Los dos lo llevaban claro, pensó, y se preguntó de dónde iba a sacar el valor para operarla.

Cuando el cirujano anunció que la hemorragia estaba controlada, los rostros se relajaron, e incluso alguien se atrevió a contar un chiste que hizo reír a todo el quirófano, salvo a Johan.

La operación tocaba a su fin y su nerviosismo no dejaba de crecer.

Por primera vez en toda su carrera, habría preferido estar en cualquier sitio antes que en un quirófano.

—Ahora vuelvo.

—¿Tardará mucho? —preguntó la anestesista, encargada de mantener a Zoé dormida para la segunda intervención.

—No lo sé.

Todos se miraron sin comprender, pero Johan ya había desaparecido tras las puertas batientes sin darles tiempo a hacer más preguntas. Entonces, igual que en el hospital de Niza, recorrió los pasillos desiertos en busca de una salida. Necesitaba aire desesperadamente.

Una auxiliar de enfermería le indicó la salida más cercana, la que daba a Urgencias, en la planta baja.

Empujó las puertas dobles que separaban la sala de espera de la zona de boxes y, al verlo, una anciana y su hijo, un treintañero, se levantaron de inmediato.

Pero él pasó a su lado sin mirarlos, impaciente por cruzar las puertas de cristal y salir al aire libre.

Fuera, un viento helado le azotó la cara y frenó su huida. Aturdido, se detuvo. A su izquierda, resguardados bajo un toldo, dos sanitarios, cada uno con un cigarrillo en la mano, lo observaban. Vaciló antes de acercarse.

—¿Podría…?

Uno de los dos hombres malinterpretó la pregunta y le tendió el paquete de tabaco.

—Eh, no, gracias. Un móvil. Necesito hacer una llamada… privada.

El hombre se guardó el paquete en el bolsillo mientras su compañero, con una colilla encendida entre los dientes, se abría la cremallera del anorak de bandas reflectantes para sacar el móvil de un bolsillo interior.

—Gracias —dijo Johan al cogerlo—. No tardaré mucho.

Se alejó lo suficiente para que no lo oyeran y marcó el número del jefe del servicio de neurocirugía de la Pitié-Salpêtrière.

—Soy yo, Johan —dijo en cuanto descolgaron—. Necesito…

—El profesor Zajac no está —le respondieron—. ¿De parte de quién?

Johan cerró los ojos y se dio una palmada en la frente. Patrick Zajac estaba en Martinica celebrando su aniversario de boda.

—Ah, sí, es verdad. No importa.

—Valmeur, ¿eres tú?

Solo había una persona capaz de pronunciar su apellido de aquella manera, como si fuera una palabrota. Reconoció la voz por el tono condescendiente, casi despectivo, que era el sello del profesor Desrosières. Estaba a punto de colgar cuando la voz prosiguió:

—¿Dónde estás? ¡Todo el mundo te está buscando!

—En el hospital de Argentan.

—¿Argentan?

—Está en el Orne, en Normandía.

—Gracias, todavía sé dónde está el Orne. Lo que no sé, en cambio, es qué haces tú allí.

Johan suspiró.

—Es complicado.

—No lo dudo.

—No sé qué hacer —continuó Johan, sorprendido de la confidencia que estaba a punto de hacerle a quien consideraba uno de sus principales detractores—. Se trata de una mujer. Una paciente. No sé si operarla.

Silencio.

—¿Me estás tomando el pelo? Porque si es así, te…

—¡No! ¡Por Dios! Ojalá. Pero… ¿no fue usted quien me reprochó que fuera por libre? ¡Bah, qué más da, olvídelo!

—¿Debo entender que me estás pidiendo opinión?

Johan cerró los ojos y soltó un suspiro.

—Necesito ayuda.

—En ese caso, tendrás que contarme más.

Johan le resumió la situación como si presentara un caso en la sesión clínica de neurocirugía.

—Hum, ya veo —dijo Desrosières.

Johan esperó a que continuara, pero no lo hizo.

—¿Y bien?

—¿Y bien, qué?

—¿Qué haría usted en mi lugar?

—La trasladaría a Caen lo antes posible. El hospital universitario tiene una unidad de traumatología.

—Entonces me está diciendo que no la opere.

—No. Te digo que yo no la operaría. Pero yo no soy tú —añadió Desrosières.

Johan no supo cómo interpretar aquel último comentario.

—¿Sigues ahí, Valmeur?

—Sí.

—Muy bien. Entonces escúchame con atención, porque es la última vez que me oirás decirlo.

Y lo negaré todo si se lo repites a alguien.

Eres probablemente el cirujano más temerario e irresponsable que he conocido en toda mi carrera.

Pero también el de más talento. Y la verdad es que, si fuera mi hija la que estuviera ahí contigo, te pediría que lo hicieras.

Te pediría que la operaras, porque si tú no consigues salvarla esta noche, creo que nadie podrá hacerlo. ¿Entendido?

—Sí.

—Entonces, buenas noches.

Johan se quedó unos instantes con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el pitido monótono de la línea. ¿Lo había soñado o…?

—¡Doctor!

Una de las enfermeras del quirófano lo llamaba desde la entrada de Urgencias.

—Lo necesitan en el quirófano.

Todas las alarmas se dispararon a la vez en la cabeza de Johan, al compás de los latidos desbocados del corazón.

—¿Hay algún problema?

—Será mejor que venga a verlo.