Capítulo 81
El noventa por ciento de las víctimas de heridas de bala en la cabeza morían antes de llegar al hospital. Del diez por ciento restante, la mitad fallecía en Urgencias. En cuanto a la otra mitad…
Johan se estremeció sin llegar a terminar sus sombrías reflexiones. En los auriculares, la voz del piloto anunció que iban a aterrizar. Buscó la mano de Zoé y se la apretó con suavidad mientras el aparato iniciaba el descenso.
—Aguanta, Zoé —murmuró—. Agárrate a mí.
Se asomó a la ventanilla y vio el helipuerto en la azotea del hospital, una plataforma de hormigón que, desde aquella altura, no parecía más grande que un sello.
El helicóptero se posó con delicadeza. Las palas aún batían el aire helado cuando divisó a los primeros miembros del personal médico, vestidos de blanco y con el pelo al viento.
Apartado para no estorbar al equipo de reanimación, Johan rumiaba las estadísticas, funestos presagios que intentaba ahuyentar.
En vano. Hacía ya media hora que médicos y enfermeras se afanaban alrededor del cuerpo inerte para que el corazón volviera a latir.
El récord estaba en dos horas. Lo ostentaba un equipo médico de un hospital de Pensilvania, en Estados Unidos, que había conseguido reanimar a un joven de veintiséis años hallado en hipotermia profunda, después de que un médico se negara a declararlo muerto.
Johan se ahogaba. Apretaba los puños con tanta fuerza que la piel de los nudillos se le tensaba dolorosamente.
Escrutaba los rostros de los sanitarios, al acecho del momento en que asomarían a ellos el desánimo, la resignación.
Pero ese momento no llegó. A los treinta y cuatro minutos, el monitor del electrocardiograma cobró vida.
Todas las miradas siguieron la línea que subía y bajaba. Una vez, dos veces, tres veces…
—Tenemos ritmo sinusal —anunció por fin una enfermera, con el pelo pegado por el sudor y las mejillas encendidas por el esfuerzo y la tensión.
No hubo estallidos de alegría, solo un suspiro colectivo de alivio.
Pero aquello no era más que la primera etapa de una carrera contrarreloj que amenazaba con tenerlos en vela toda la noche.
Trasladaron a Zoé a Radiología. El veredicto no tardó en llegar.
El TAC cerebral reveló que la bala, de pequeño calibre, solo había recorrido unos centímetros por el lóbulo frontal derecho antes de detenerse, frenada por la masa encefálica.
Sin embargo, enseguida quedó claro que la herida del abdomen era una urgencia vital. Había que operarla cuanto antes.
—Un momento —dijo Johan, y se acercó al negatoscopio.
—¿Qué hace? Estamos perdiendo tiempo —se impacientó uno de los cirujanos.
Johan apoyó un dedo en la imagen y siguió el contorno de una mancha de unos cinco centímetros.
—Es un tumor —murmuró, consternado.
Y la bala se había alojado justo en su centro.