Capítulo 78
Estaba apoyada contra un árbol. Desnuda. El vientre, manchado de rojo, aún conservaba las huellas de sus dedos, que habían intentado contener la hemorragia.
Johan corrió hacia ella y estuvo a punto de torcerse el tobillo al tropezar con una raíz gruesa que sobresalía del suelo húmedo.
Le habría gustado que Zoé se sobresaltara al verlo llegar tan de repente, pero ella no se movió.
Yacía con los ojos abiertos, recostada contra el tronco, con los brazos a lo largo del cuerpo y las piernas estiradas hacia delante.
A su lado estaba la ropa, perfectamente doblada y apilada delante de los zapatos, alineados como los de una colegiala bien educada o los de una excéntrica decidida a darse un baño de luna en pleno noviembre.
También había una pala, medio hundida en la tierra blanda, como si su dueño se hubiera interrumpido de golpe.
El mango de madera conservaba las huellas ensangrentadas del hombre cuyos gemidos seguían emponzoñando el bosque.
Había empezado a cavar la tumba de Zoé antes de desplomarse, debilitado por la herida del abdomen.
De rodillas junto a la joven, Johan era incapaz de decidir qué hacer.
Era como si hubiera olvidado todo lo aprendido durante sus años de formación.
Extendió la mano y se estremeció cuando su piel rozó la de ella.
Estaba tan fría que temió que se derritiera al contacto con sus dedos.
Entonces bajó la mirada hacia el vientre.
Allí la habían apuñalado. Dos veces. Las heridas apenas se distinguían bajo los restos de sangre seca. Zoé ya ni siquiera sangraba.
— ¿Estoy muerta?
Johan se sobresaltó al oír la voz que acababa de resonar a su espalda.
Ella se mantenía apartada, como si no se atreviera a acercarse a su propio cuerpo.
Un cuerpo que no mostraba ningún signo aparente de vida.
Con delicadeza, Johan le levantó el brazo y se lo apoyó en la rodilla; con dedos febriles, recorrió la piel pálida en busca del pulso.
—No —respondió con voz firme al notar el débil latido de la arteria bajo los dedos—. No, no está muerta. No dejaré que muera. Se lo prometo.
Con un gesto tierno, le apartó el pelo que le caía sobre los ojos. Lo que descubrió entonces le hizo arrepentirse al instante de sus palabras. Porque acababa de hacer una promesa que ya no estaba seguro de poder cumplir.
—¡Joder! —soltó en ese mismo instante Anthony Lavera, a su espalda—. ¡Joder! ¡Joder!
Era lo único que se le ocurría decir, una y otra vez, sin poder parar.
El orificio de entrada de la bala había dejado una minúscula marca ensangrentada, unos centímetros por encima del arco superciliar derecho.
—¡Joder! —gritó de nuevo Anthony Lavera, detrás de él—. ¡No me lo puedo creer! ¡Le ha pegado un tiro en la cabeza! ¡No me lo puedo creer!
No podía estarse quieto. Johan luchaba por no sucumbir al pánico, pero la presencia de Lavera no le facilitaba las cosas.
—Necesito que llame a emergencias —le dijo entonces.
El otro se quedó clavado donde estaba. Solo le faltaba un cartel sobre la cabeza con la leyenda «De aquí no me muevo».
—No quiero dejarla.
—Haga lo que le digo —ordenó Johan, que también conservaba la calma a duras penas—. Aquí no me sirve de nada.
Lavera asintió, aturdido, y se alejó con el brazo extendido en busca de cobertura.
Una vez solo, Johan se dispuso a hacer balance. Pasó un brazo por los hombros de la joven para sujetarla y la inclinó hacia delante.
—No hay masa encefálica visible —constató, sin darse cuenta de que pensaba en voz alta.
La parte posterior del cráneo estaba intacta. La bala seguía alojada dentro de la caja craneal, lo que no era precisamente una buena noticia. Intentó tranquilizarse: sin un TAC cerebral, era imposible evaluar la gravedad de las lesiones. No quedaba más remedio que esperar.
—¡Ya vienen! —exclamó Lavera con el móvil en la mano—. Nos mandan un helicóptero.
—¿Cuánto van a tardar? ¿Se lo han dicho?
—Un cuarto de hora, quizá menos. Les he explicado más o menos dónde estamos. Me han pedido que deje el móvil encendido para poder geolocalizarnos.
Johan se limitó a asentir y apretó la mano de la joven entre las suyas. Todo irá bien. Parecía tan frágil, tan delicada como una muñeca de porcelana que pudiera romperse al menor descuido.
—Deberíamos ponerle la ropa —dijo Anthony, y apartó la mirada, como si acabara de reparar en que su cuñada estaba desnuda.
—Ni hablar.
—¡Los de emergencias llegarán en cualquier momento y no quiero que unos desconocidos la vean así! —estalló Anthony.
—No lo entiende. Al quitarle la ropa, el asesino ha cometido un error. Le ha provocado una hipotermia.
—¡Por eso mismo hay que vestirla, para que entre en calor!
—No. La han apuñalado en el abdomen, y si todavía no se ha desangrado es precisamente porque hace mucho frío.
Hay vasoconstricción: los vasos sanguíneos se han estrechado para evitar una mayor pérdida de calor.
Lo mismo ocurre con el cerebro. Es un mecanismo de regulación del organismo, y es lo que le salvará la vida.
Así que no tocamos nada hasta que lleguen.
Trece minutos después, vieron el helicóptero desaparecer tras las copas de los árboles para aterrizar.
—¡Voy a buscarlos! —gritó Lavera, con grandes aspavientos para hacerse entender pese al estruendo infernal del rotor.
Se alejó en dirección al aparato. Unos minutos más tarde reapareció flanqueado por dos hombres cuyos uniformes, con bandas reflectantes, brillaban en la oscuridad del bosque.
—Soy médico —se presentó Johan, y les resumió la situación.
Dejaron en el suelo la camilla de plástico rígido y se quitaron las voluminosas mochilas, que cayeron con un ruido sordo. Uno de ellos hizo un primer examen y pasó la campana del estetoscopio por el tórax inmóvil de Zoé.
—¿Cuánto tiempo lleva en parada cardiorrespiratoria? —quiso saber mientras su compañero desembalaba el material de reanimación.
Johan se tensó de golpe.
—¿Parada? Tiene que haber un error, tenía pulso cuando…
Se interrumpió bruscamente al darse cuenta de que Zoé llevaba un buen rato sin dar señales de vida.
—¿Tenía pulso cuando la encontró? —terminó por él el sanitario.
—Sí, sí. Y respiraba. Débilmente, pero respiraba. ¡Tienen que creerme!
—Le creo. Intente calmarse.
Pero Johan era incapaz. Debería haberse dado cuenta. Podría haber empezado el masaje cardíaco y…
—Tenga —le dijo entonces el sanitario, y le tendió una bolsa de plástico.
—¿Qué es esto?
—Es para usted. Una manta térmica.
—¿Qué?
—Tiene hipotermia, doctor —precisó el segundo sanitario—. Necesita entrar en calor.
—Si no, se nos va a desmayar —añadió su compañero—. No se preocupe, nosotros nos encargamos de ella.
Johan se envolvió en aquello, que más que una manta parecía una gigantesca lámina de papel de aluminio. Sus miembros entumecidos empezaban a recuperar el calor, pero a su mente le costó más comprender lo que se disponían a hacer.
—¡Esperen! No pueden tumbarla.
Se detuvieron.
—Sé que resulta extraño —dijo con los dientes castañeteando—, pero es imprescindible mantenerla en esta posición.
Los dos hombres se miraron, perplejos. Quizá pensaban que el frío lo hacía delirar. La postura de Zoé tenía algo insólito y aterrador. Pero para un neurocirujano era una posición normal. Muchas intervenciones neuroquirúrgicas se realizaban con el paciente sentado. Y había una buena razón para ello.
—El torso y la cabeza tienen que permanecer en posición vertical —insistió, esta vez con más firmeza—. Es la única forma de evitar que se forme un edema cerebral. Si eso ocurriera, sería catastrófico. La mataría.
Los dos hombres volvieron a mirarse. Johan se negaba a comprender lo que significaba aquella mirada.
—Tiene una hipotermia profunda —prosiguió—. Con el metabolismo ralentizado, necesita menos oxígeno, así que el corazón y el cerebro están protegidos. Si la evacuamos ahora, podremos reanimarla en Urgencias, ¡pero hay que salir inmediatamente!
Sin esperar respuesta, Johan empezó a poner la camilla de costado para deslizar sobre ella el cuerpo helado de Zoé.
—¡Ayúdenme a levantarla!
Uno de los sanitarios se le acercó y le puso una mano en el hombro.
—Tranquilo. Déjenos a nosotros.
A Johan se le hizo un nudo en el estómago. Conocía bien ese tono. Era el de la compasión, el que se reserva para los familiares de un difunto. Su impresión se confirmó cuando vio que el otro sanitario guardaba el material. Se movía despacio, como si ya no hubiera prisa.
—¿Qué están haciendo? —preguntó con voz temblorosa.
—¿Qué pasa? —intervino Anthony Lavera, que se había mantenido a distancia para dejarlos trabajar.
Un gemido, o más bien un estertor, ronco y potente, les hizo volver la cabeza.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó uno de los sanitarios.
Anthony Lavera contestó sin quitarle ojo a Johan, por si a este se le ocurría contradecirlo.
—Algún animal, seguramente.
Se oyó un nuevo gemido, como una protesta. El asesino de Léane Jalmet se negaba a que lo abandonaran a su suerte e intentaba llamar la atención.
—Socorro…
Linterna en mano, el otro sanitario se precipitó hacia la voz, con Anthony Lavera pisándole los talones.
—¡Hay otro herido! —exclamó, sorprendido y enfadado a la vez—. Conque un animal, ¿eh? ¿Por qué no lo ha dicho?
Anthony Lavera se encogió de hombros.
—¿Y qué? No veo cuál es el problema.
—El problema es que tendremos que elegir. ¡No podemos llevarnos a los dos!
Lavera se acercó y le dio un toque al hombre con la punta del zapato. El herido respondió con un gemido.
—¡Eh! —protestó el sanitario.
—¡Dejen que reviente! De todos modos, le espera la perpetua. Así les ahorramos el dinero a los contribuyentes.
El joven sanitario lo miró con desprecio.
—Aun así, no me corresponde a mí juzgar a este hombre. Ni a usted.
Anthony apretó los puños mientras lo veía apresurarse a socorrer al hombre que había disparado a Zoé.
Era más de lo que podía soportar, así que se alejó y volvió junto a ella.
Estaba pálida como un cadáver. No se había movido desde que la habían encontrado, no había emitido ni un sonido.
El tórax y el abdomen, completamente inmóviles, no delataban respiración alguna.
Y, sin embargo, Johan se negaba a aceptar lo evidente.
—Les digo que con estas temperaturas no se la puede declarar muerta —insistió con vehemencia.
El segundo sanitario ya estaba recogiendo el equipo, como si no quedara nada por hacer.
—El corazón ya no le late, no respira y…
—¡Ya lo sé! —lo interrumpió Johan, rojo de ira—. ¡Maldita sea! ¿Es que no ha oído lo que le he dicho? ¡Estamos perdiendo un tiempo precioso!
El sanitario ya no lo escuchaba. Su atención se había desviado hacia su compañero, que le estaba vendando las heridas al hombre.
Anthony comprendió que ya habían tomado una decisión.
Entonces se le ocurrió la solución. No iba a permitir que aquellos críos con sus principios de mierda sacrificaran la vida de Zoé para salvar la de un asesino.
Sacó la pistola, comprobó el cargador para asegurarse de que le quedaba al menos una bala e hizo lo único que estaba en su mano para zanjar el debate.
Un disparo resonó en el bosque y puso fin a la discusión.