Capítulo 77
Zoé desapareció de pronto. Reapareció entre dos árboles.
Volvió a esfumarse. Johan apretó el paso para no quedarse atrás, concentrado en aquella silueta evanescente que parecía jugar al escondite, como una sílfide, un hada o un duende.
Los dos hombres avanzaban tan deprisa como podían y zigzagueaban entre los troncos, algunos no más gruesos que los barrotes de una celda.
La alfombra de hojas formaba una pista resbaladiza en la que más de una vez estuvieron a punto de perder el equilibrio.
De repente, un sonido extraño resonó en el bosque.
Parecía la berrea de un ciervo, o una sirena de niebla.
Anthony Lavera también lo había oído, porque se detuvo casi a la vez que él y aguzó el oído. El ruido se repitió.
—Joder, ¿qué es eso? —preguntó Anthony, y se llevó la mano al costado derecho en busca del arma antes de darse cuenta de que ya no la tenía.
Parecía el estertor de un animal herido, agonizante. Johan interrogó a Zoé con la mirada. Ella señaló el suelo. Allí, a unos diez metros, un hombre se arrastraba hacia ellos.
—Ayúdenme —dijo cuando llegaron a su lado.
Llevaba ropa de camuflaje y un pasamontañas le ocultaba el rostro. Pero Anthony Lavera reconoció la Sig Sauer que apretaba en la mano. Su arma reglamentaria. La que le había dado a Zoé.
—¿Dónde está? —gritó, agarrándolo por la pechera—. ¿Qué le has hecho?
Le arrancó el pasamontañas y lo zarandeó. El hombre volvió a gemir y tosió burbujas de sangre. Los dedos se le aflojaron y el arma cayó entre las hojas muertas, apelmazadas por la humedad.
— Le he disparado —dijo entonces Zoé, señalando la pistola semiautomática—. Pero no lo ha detenido. No lo ha detenido…
Johan siguió con la mirada a la joven, que se alejaba como arrastrada por el viento. Y entonces la vio: a Zoé, en carne y hueso. Y cubierta de sangre.