Capítulo 75
Con una bolsa de plástico como único equipaje, Johan salió del puesto de la Gendarmería.
¿Y ahora qué? Se detuvo en medio del aparcamiento, consciente de pronto de su situación.
¿En qué había pensado su padre? ¿Por qué había tenido que volver a casa en lugar de esperarlo allí?
¿Cómo demonios creía que iba a reunirse con Zoé en el bosque?
Estaba solo, sin dinero, sin coche. ¡Maldita sea!
Ni siquiera tenía móvil para volver a llamarlo.
Iba a dar media vuelta cuando un hombre se plantó delante de él y le cortó el paso.
—¿Qué le ha dicho? —preguntó Anthony Lavera.
—¿Perdone?
—¡Su padre! Acaban de hablar por teléfono. ¿Qué le ha dicho? ¡Y no me venga con que Zoé se ha largado para librarse de la rueda de prensa! Sé que no ha vuelto a París. ¡Joder! ¡Si sabe algo, tiene que decírmelo! Ya he perdido a mi mujer, no voy a soportar perderla a ella también, ¿me entiende?
Johan suspiró.
—Tiene razón —dijo, sosteniéndole la mirada—. No se ha ido.
Las facciones de Anthony Lavera se relajaron por la sorpresa. No esperaba tanta franqueza. Luego volvió a apretar la mandíbula.
—Va a reunirse con ella, ¿verdad?
Johan guardó silencio. Algo en el tono de su interlocutor le desagradaba, un matiz que lo incomodaba. Aquel hombre se comportaba como un novio celoso.
—¡Conteste!
El tiempo apremiaba. Casi oía el tictac en la cabeza. Estaba claro que no iba a quitarse de encima a Lavera. Quizá tenía que ser así. Por alguna razón que aún se le escapaba, el cuñado de Zoé también formaba parte de la visión de su padre.
—¿Tiene coche?
Anthony le hizo una seña para que lo siguiera hasta el fondo del aparcamiento.
—Bueno, ¿adónde vamos? —preguntó mientras se sentaba al volante.
Johan se abrochó el cinturón.
—Arranque. Se lo contaré todo por el camino.