El Clarividente Capítulo 74
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Capítulo 74

Debe volver al lugar donde Johan recuperó la memoria. […] Solo así descubrirá lo que le ha pasado a su hermana.

Por más vueltas que Zoé les daba a las palabras del médium, no lograba descifrar su sentido.

Ya era de día y seguía sin avanzar. ¿Qué se suponía que debía hacer?

Volvió a mirar a su alrededor por si se le había escapado algo.

La cinta amarilla de la Gendarmería rodeaba los árboles y delimitaba la zona donde habían aparecido las cabezas de Léane Jalmet y de su mejor amiga.

¿Era posible que Gabriela también estuviera allí?

Parecía poco probable. Los técnicos de Criminalística lo habían revisado todo minuciosamente.

No se les podía haber pasado por alto un tercer cadáver.

Y, sin embargo, dudaba. ¿Sería tan sencillo?

Se deslizó por debajo de la cinta y avanzó hasta las fosas.

Empezó por la primera, aquella en la que Johan había desenterrado la cabeza de Léane Jalmet.

Allí había recuperado él la memoria. Se arrodilló y se puso a cavar en el mismo sitio.

Las probabilidades de que hubiera una segunda cabeza enterrada en ese punto eran casi nulas, pero tenía que comprobarlo.

Apartó la tierra centímetro a centímetro, con los dedos hundidos en el suelo empapado, hasta que tocó algo duro y blanco.

Un hueso. Una mandíbula, que alzó hacia el cielo para distinguir mejor el contorno.

—Hola —dijo una voz a su espalda.

A Zoé le dio un vuelco el corazón y el fragmento de mandíbula se le cayó al suelo.

—¡Ay, perdone, no quería asustarla!

Al otro lado del perímetro había un hombre que, a todas luces, no se atrevía a saltarse la prohibición de la Gendarmería. Iba vestido de camuflaje y no le quitaba ojo: la mirada le iba y le venía de la cara de Zoé al trozo de hueso que se le había caído.

—Es el esqueleto de un animal —se apresuró a explicar ella al ver su cara de espanto.

Se levantó y se limpió las manos en los vaqueros.

—¿Es usted periodista? —le preguntó él con recelo.

—¿Periodista?

—Sí. Está claro que busca algo y no tiene pinta de policía. Pero su cara me suena —prosiguió, pensativo.

Seguía mirándola fijamente, con el ceño fruncido, como si intentara recordar dónde la había visto antes. De repente, se le relajó el gesto.

—Espere un momento. Usted es la que salió en la tele. La mujer a la que secuestraron.

Estaba tan entusiasmado como un fan que se cruza por casualidad con su estrella de cine favorita. Zoé temió que le pidiera un selfi.

—¿Ha venido sola? —le preguntó él mientras echaba un discreto vistazo alrededor, como para asegurarse.

Zoé notó que se le aceleraba el corazón.

—Sí, bueno, no. Van a venir a buscarme. La policía —precisó— ha quedado conmigo aquí.

Él sonrió enseñando todos los dientes. Era difícil saber si la había creído.

—¡Ah! ¿Es para una reconstrucción? ¿Como en la tele?

—Eh, sí. Algo así.

¡Vete ya! Zoé buscaba la manera de cambiar de tema.

—Lo siento —dijo entonces—. Seguro que le he espantado la presa.

La mirada del hombre se volvió más intensa, como si aquellas palabras hubieran reavivado unas brasas.

—¿Mi presa, dice? ¡Ah, ya lo entiendo! Me ha tomado por un cazador.

—Desde luego, va vestido para la ocasión.

—Sí, el traje de camuflaje es imprescindible para pasar inadvertido.

—¿Inadvertido para quién? —preguntó ella, intrigada.

Él abrió la bolsa y Zoé, por instinto, se llevó la mano al bolsillo de la parka, en busca de la culata de la pistola.

Él sacó una cámara que debía de costar una fortuna.

—Soy fotógrafo de fauna. Así que sí, en cierto modo, soy un cazador. Pero solo de imágenes. Yo nunca mataría a un animal.

Zoé sonrió. El corazón, en cambio, tardó un poco más en recuperar el ritmo normal.

—Por cierto, me llamo Raphaël.

Empezaron a caerles encima las primeras gotas de lluvia.

—Mmm, será mejor que nos vayamos antes de que nos pille el chaparrón. Venga, la acompaño hasta su coche.

Zoé iba a rechazar el ofrecimiento cuando se dio cuenta de que no sería capaz de encontrar el camino sola. Y la idea de vagar bajo la lluvia con aquel frío glacial no le hacía ninguna gracia.

—Mi coche está demasiado lejos —dijo, en lugar de reconocer que se había perdido.

—No hay problema. Vamos a refugiarnos en mi todoterreno.