Capítulo 71
Metió la mano en el cubo de cartón, cerró los dedos sobre las palomitas pegajosas de mantequilla y azúcar y se las llevó a la boca.
—Templado… templado —dijo mientras observaba cómo uno de los policías se apartaba de sus compañeros y se dirigía hacia el estanque.
Contuvo la respiración. Caliente, caliente , pensó, sin atreverse esta vez a decirlo en voz alta.
El policía se había detenido en la orilla, con la vista clavada en el suelo, y apartaba la hierba alta con un palo.
Luego se alejó sacudiendo la cabeza, seguramente en respuesta a un compañero que le preguntaba si había encontrado algo.
—¡Frío, frío! —dijo, y se metió otro puñado de palomitas en la boca.
Disfrutaba del espectáculo que le ofrecían las fuerzas del orden.
Era patético, la verdad. Tantos medios movilizados para encontrar unos miserables cráneos que ni siquiera serían capaces de distinguir de los restos de un ciervo.
Tantas horas extra pagadas por el contribuyente.
Debería haberle molestado. Al fin y al cabo, él también pagaba impuestos.
Pero se sentía demasiado halagado para guardar rencor.
Había matado a tantas mujeres que había perdido la cuenta.
Era tan fácil engañar a la policía… Bastaba con salirse de los caminos trillados, despistarlos e impedirles establecer vínculo alguno entre las víctimas.
Nadie podía entender lo que hacía, porque no encajaba en ninguna de sus categorías.
Sus víctimas tenían edades distintas. Algunas vivían solas; otras estaban casadas.
A veces tenían hijos. Podía ser una adolescente que se alejaba demasiado del cámping donde pasaba las vacaciones con sus padres, o aquella cincuentona que salía a correr para quitarse los kilos que le había dejado la menopausia, o incluso aquella mujer que le había dado la espalda para meter la compra en el maletero.
Eso sí, se enorgullecía de no tocar a las prostitutas.
Eran presas demasiado fáciles, y la policía se esforzaba menos cuando la víctima vendía su cuerpo.
No, a él le gustaba el desafío, el chute de adrenalina que le producía secuestrar a una mujer en plena calle, a la luz del día, sin que nadie se diera cuenta.
Nada parecía capaz de detenerlo. El escenario cambiaba cada vez, salvo por un detalle.
Poco importaba cómo las matara: con un cuchillo, estrangulándolas o asfixiándolas.
Lo que le gustaba era hacerlo mirándolas a los ojos.
En la pantalla, las fuerzas del orden seguían peinando el bosque con frenesí.
¿Y qué si encontraban las cabezas? ¿De qué les iba a servir?
¿Qué esperaban descubrir? Apenas acababa de formularse la pregunta cuando el periodista, micrófono en mano, le dio la respuesta.
Miraba directamente a la cámara, como si se dirigiera a él en persona.
«Un misterioso testigo asegura a la policía que el asesino habría cometido un error y dejado una pista crucial en los restos de Léane Jalmet, la joven turista belga desaparecida el pasado mes de junio».
Estuvo a punto de atragantarse con una palomita, que escupió sobre la moqueta.
El retrato de Léane Jalmet acababa de aparecer en la pantalla.
Recordó la ira que había sentido cuando aquella chica, a la que había recogido en un área de servicio, había dejado de respirar, literalmente asfixiada por el miedo.
Al morir antes de tiempo, se le había escapado de las manos, y eso lo detestaba.
Todo tenía que salir tal y como él lo había imaginado.
El más mínimo contratiempo lo sacaba de quicio.
Ella había muerto antes de que pudiera llevar a cabo su plan.
Lo había echado todo a perder. Quizá por eso había descuartizado el cuerpo.
No merecía que la devolvieran a su familia como a las demás.
Sin embargo, aquello no le había proporcionado ninguna satisfacción.
Había salido agotado y frustrado del bosque donde la había abandonado.
Estaba claro: incluso muerta, esa niñata imbécil seguía jodiéndole la vida.