El Clarividente Capítulo 70
84%

Capítulo 70

Pierre Valmeur estaba doblado por la mitad, con la mano apoyada en el estómago.

La sangre de Léane Jalmet, que le corría entre los dedos, le había dejado una mancha en la camisa. Dorsey se quedó paralizado. Habría jurado que acababan de apuñalarlo en el vientre.

—Estoy bien —susurró Pierre Valmeur.

El gendarme se inclinó hacia él para verlo mejor.

—Pues nadie lo diría —replicó.

Pierre Valmeur levantó la cabeza. Tenía el rostro de una palidez espectral.

—Arranque, por favor.

—¿Qué?

—Tengo que alejarme de aquí.

Dorsey obedeció.

—De acuerdo, pero ¿puede al menos decirme adónde vamos? ¿Qué hacemos ahora? ¿Volvemos a la ciudad? ¿Vamos al hospital?

—Conduzca. Pararemos cuando deje de oír sus gritos.

—¿Léane Jalmet? ¿La oye gritar a ella?

Pierre Valmeur asintió.

—A ella y a las demás. Están por todo el bosque. Por todas partes. Tenemos que alejarnos. Por favor.

Dorsey le puso la mano en el brazo y se lo apretó suavemente.

Le habría gustado decirle que comprendía lo que sentía, pero intuía que su experiencia en escenas del crimen poco tenía que ver con lo que Pierre Valmeur acababa de vivir.

Lo que el médium le contó al cabo de un rato se lo confirmó.

Era como si hubiera sufrido en carne propia el calvario de la joven.

Un calvario que había durado varias horas.

De aquel viaje a través del tiempo y del espacio había traído una cantidad de información considerable.

Cómo se había acercado el asesino a su víctima, el coche que conducía, la ropa que llevaba, su olor, el tono de su voz, el tipo de cuchillo con el que había decapitado a la joven.

Pero aún no le había revelado lo más importante.

—¿Y su cara? —preguntó el gendarme, ansioso.

—Lo siento. Pero sé que enterró las cabezas de las otras víctimas en este bosque.

Dorsey tragó saliva con dificultad.

—¿Cuántas?

—Decenas, por lo que oigo.

—Dios mío. ¿Oye sus voces?

—Sus gritos. Sí, los oigo.

—¿Y podría decirnos dónde encontrarlas?

Pierre Valmeur desvió la mirada hacia los árboles que desfilaban tras la ventanilla del copiloto.

—Puedo intentarlo.

Dorsey apartó un instante la vista de la carretera para mirarlo.

—Hay algo más, ¿verdad?

Pierre Valmeur asintió.

—He visto una mano.

—¿Una mano?

—La de Léane. Si la encuentra, encontrará al asesino.

—¿Cómo? ¿Quiere decir que el cuerpo de Léane está en este bosque?

—Sí.

—¿Dónde?

Pierre Valmeur suspiró.

—Por todas partes. Él la…

—¿Descuartizó?

—Sí. Estaba muy enfadado. No he llegado a ver por qué. Lo que sí sé es que no tenía intención de enviarles una postal a sus padres, como hizo con las demás víctimas.

—¿Por qué?

—No lo sé. Porque estaba furioso con ella, o porque sabe que cometió un error.

—¿Qué clase de error?

—Con ella fue mucho menos meticuloso.

Dorsey lo entendió de pronto. Hasta entonces, los cadáveres hallados gracias a las indicaciones del propio asesino, a través de las macabras postales que enviaba a las familias de las víctimas, no habían aportado ninguna pista. Pero esta vez era diferente. Pierre Valmeur se lo confirmó.

—Léane le arrancó unos cuantos pelos. Si encuentra su mano derecha, tendrá el ADN del asesino.