Capítulo 69
Quince minutos después, Zoé salió del cuarto de baño.
Se había puesto los vaqueros y el jersey negro.
Ropa sencilla, como a ella le gustaba. Como era de esperar, Anthony seguía allí, sentado en el borde de la cama, sobre la que se amontonaban paquetes multicolores de caramelos y golosinas de todo tipo, como si fuera Halloween.
—¿Te encuentras mejor? —le preguntó, sonriente.
Ella asintió. Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar.
—Pensé que te vendría bien un poco de consuelo —dijo él, con media sonrisa.
Zoé no estaba de humor para bromas. Le molestaba encontrarlo allí. Con su sola presencia, la habitación parecía encogerse. Era como si lo ocupara todo. Su espacio. Como si le robara el oxígeno. La asfixiaba, y se preguntó si Gabriela habría sentido alguna vez lo mismo.
—Te he traído minimagdalenas. Te encantan, ¿verdad?
Al oír mencionar aquellos famosos dulces, Zoé sintió que la tristeza volvía a invadirla.
Un recuerdo fugaz de la época en que ella y su hermana todavía compartían habitación en casa de sus padres.
Gabriela era literalmente adicta al azúcar.
Se gastaba toda la paga en pasteles y caramelos, que luego escondía en el cuarto como una ardillita que hace acopio para el invierno.
Solo que no era el invierno lo que la preocupaba, sino los arrebatos de ira de su padre y sus castigos del todo desproporcionados, como dejarla sin comer dos días seguidos.
Y, cuando la castigada era Zoé, siempre encontraba una chocolatina o una bolsa de caramelos debajo de la almohada.
Golosinas que se comía mientras su hermana le acariciaba el pelo y ella se chupaba el dedo.
—¡Ay, no! Mierda, lo siento —exclamó Anthony, y se levantó para rodearle los hombros con los brazos.
Zoé se secó las lágrimas con la manga y aprovechó el gesto para apartarse de él.
—A Gabriela le gustaban —dijo con los dientes apretados para que no le temblara la voz—. ¿Cómo has podido olvidarlo? ¿Y cómo has podido borrar todas sus fotos?
Anthony la soltó bruscamente. Ella le escrutó la cara en busca de una reacción.
Salvo en sus ataques de ira, Anthony rara vez dejaba ver sus emociones.
Johan era todo lo contrario. Era muy sensible y en su rostro se le leía todo lo que sentía.
Sabía mostrarse vulnerable, y eso era lo que le gustaba de él. Una fortaleza que pocos hombres tenían.
—¿Zoé?
La joven se sobresaltó, sorprendida en mitad de sus reflexiones.
Entonces la invadió la vergüenza, como si el simple hecho de pensar en Johan fuera un delito.
¡Peor aún! Un pecado. No podía evitarlo.
Una y otra vez, su mente volvía al hombre con el que había pasado las últimas cuarenta y ocho horas.
—Estás agotada —dijo Anthony sin dejar de observarla—. Deberías tumbarte.
Empezó a recoger las golosinas esparcidas por la cama y, como un padre con su hijo, abrió las sábanas y ahuecó la almohada con unas palmaditas.
—¡Ven!
Zoé miró la cama y luego a Anthony, pero no se movió.
—Europol va a investigar oficialmente la desaparición de Gabriela —anunció.
Anthony asintió despacio, como si necesitara asimilar la noticia y las consecuencias que tendría en sus vidas.
—Bien —dijo por fin—. Así ya no tendrás que hacer de detective aficionada.
—Eso es más o menos lo que me dijo el capitán Dorsey.
Se hizo el silencio entre ellos, como si hubieran agotado todos los temas de conversación.
—Bueno, pues buenas noches —dijo ella.
Anthony asintió, pero, cuando ella esperaba que se marchara, lo vio rodear la cama y dejarse caer en el único sillón de la habitación, encajonado entre la ventana y el radiador.
Cogió una de las mantas y se envolvió en ella como si fuera a pasar allí la noche.
Zoé lo miró, incrédula. Las ganas de protestar se le quedaron atascadas en la garganta.
¿Por qué no era capaz? Y, sin embargo, era muy sencillo.
Bastaba con abrir la boca y pronunciar unas pocas palabras: «Quiero que salgas de mi habitación» o «Quiero estar sola».
O incluso: «No necesito guardaespaldas, gracias».
Esta última frase la dejó pensativa. Porque, si Johan no era el hombre que la había citado en el bosque para secuestrarla, ella seguía corriendo peligro.
—¿Puedes apagar la luz? —le pidió él, como si no hubiera notado su incomodidad.
Zoé estaba a punto de obedecer, pero se contuvo.
—No.
A su voz le faltaba aplomo.
—¿Cómo?
Respiró hondo y se obligó a mirarlo a los ojos.
—He dicho «no». No quiero que te quedes. No me parece buena idea.
Anthony miró un momento hacia la puerta y luego se echó hacia delante en el sillón. Con las piernas abiertas y la cabeza entre las manos, suspiró.
—¿Es por lo de la otra noche?
Zoé se tensó al recordar la discusión que habían tenido la víspera de su secuestro.
—No quiero hablar de eso —dijo.
Anthony asintió, aunque no se dio por vencido:
—Por lo menos déjame decirte cuánto lo siento.
—No hace falta. Habías bebido demasiado, no sabías lo que hacías —se apresuró a decir ella.
—Eso nunca es excusa.
Ella negó con la cabeza.
—Anthony, ahora mismo no puedo con esto. Es mejor dejarlo así. ¡Si no te vas tú, me voy yo!
Él se abalanzó sobre ella antes de que pudiera cruzar el umbral de la habitación.
—Zoé —dijo, y la retuvo por el brazo.
—¡Suéltame!
Él le apretó el brazo con más fuerza.
—Lo siento, eso es lo que quería decirte. Lo siento muchísimo. Tendría que haber estado contigo. Nada de esto habría pasado si no me hubiera portado como un gilipollas.
—Anthony…
—No, Zoé. Tienes que escucharme hasta el final. No puedo cambiar lo que hice, solo puedo prometerte que no volverá a pasar. Nunca más, ¿me oyes? Te lo juro. Eres la hermana de mi mujer, eres mi mejor amiga y te quiero. Nunca he querido hacerte daño, lo sabes, ¿verdad?
Anthony se había puesto rojo. La miraba fijamente, como un niño que acaba de confesar una trastada.
—Eras la única persona en la que confiaba —dijo ella, al borde de las lágrimas.
Él agachó la cabeza.
—Lo sé. Lo siento. Es que te pareces tanto a ella…
Zoé se quedó rígida. Nunca se lo había planteado así.
—La echo de menos —añadió él.
La abrazó con suavidad y, esta vez, ella no tuvo valor para apartarlo.
—Perdóname, Zoé.
Ella suspiró. Ahora era la voz de Johan la que oía.
Él también le había pedido perdón. Ojalá estuviera allí, con ella.
No soportaba la idea de que siguiera detenido.
Por primera vez desde que los habían separado, comprendió que lo echaba de menos.
Sin saber cómo, se encontró sentada en la cama.
El chasquido metálico del pestillo la sacó de sus pensamientos.
Anthony había salido de la habitación dando un portazo.