Capítulo 68
Didier Dorsey se sentía como un criminal. Saludó al agente de guardia y volvió al coche a paso ligero.
—Tengo lo que me pidió —dijo mientras se sentaba al volante.
Metió la mano en el bolsillo, impaciente por deshacerse de lo que llevaba dentro.
—Aquí no —lo atajó Pierre Valmeur.
El gendarme se quedó petrificado.
—¿Y dónde, entonces? En la Gendarmería no podemos hacerlo.
—Lo sé. Lléveme al bosque.
El bosque de Louves quedaba a unos veinte minutos en coche del hospital.
—Pare aquí —dijo Pierre Valmeur.
Estaban solos en la pequeña explanada de grava que, de día, servía de punto de encuentro a excursionistas y cazadores.
—Las reliquias, por favor —añadió.
Dorsey suspiró, metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó las muestras que había tomado de la cabeza de Léane Jalmet: un mechón de pelo rubio y una jeringa llena de sangre. El padre de Johan las dispuso ante sí, casi con devoción.
—Bien. Voy a empezar.
El gendarme se estremeció. Nunca había sido muy de misa los domingos, pero su educación católica le hacía temer castigos terribles por lo que había hecho. Y también por lo que vendría después. Porque lo que estaba a punto de presenciar no era sino un ritual de nigromancia.
—¿Tengo que hacer algo? —preguntó, con un deje de aprensión en la voz.
Pierre Valmeur reflexionó unos instantes antes de tenderle la jeringa.
—Tiene que verterme la sangre en la palma de la mano.
Dorsey se santiguó y olvidó por un momento la neutralidad que, como funcionario, debía guardar en cualquier circunstancia. Cogió la jeringa.
—Despacio —le advirtió Pierre Valmeur cuando empezó a apretar el émbolo.
—¿Y ahora?
El médium cogió el mechón de pelo con la otra mano.
—Ahora —susurró—, ni un ruido.
Pierre Valmeur se inclinó hacia delante para observar el líquido viscoso que tenía en la palma.
La sangre de un cadáver ya no coagulaba.
Seguía perfectamente líquida. La hizo girar con suavidad, como si fuera un gran vino de Burdeos.
Cuando dejó de moverla, la superficie se aquietó y se volvió lisa y brillante.
Era como tener un pequeño espejo en la mano.
Se concentró en su reflejo. La sangre se enturbió y apareció otro rostro.
El de Léane Jalmet, de pie ante el espejo del aseo de señoras de un área de servicio de la autopista.
Terminaba de limpiarse el rímel que las lágrimas le habían corrido por las mejillas.
Su novio le había sido infiel; acababa de descubrirlo por una indiscreción en las redes sociales.
Iba a maquillarse de nuevo cuando el móvil que había dejado junto al lavabo empezó a sonar.
Respiró hondo y contestó. Sin apartar la vista de su reflejo, mandó a paseo a su novio.
Le soltó unos cuantos insultos más, que resonaron en el aseo; como eran en francés, las demás mujeres que hacían cola no se dieron cuenta de que eran obscenidades.
Colgó. Mientras ella terminaba de arreglarse, Pierre Valmeur se acercó hasta que solo los separó esa fina película reflectante.
Le habría gustado advertirle del peligro que la acechaba en el aparcamiento del área de servicio, pero no estaba en su mano cambiar lo que ya había ocurrido.
Solo el futuro podía cambiarse. El pequeño espejo de sangre volvió a enturbiarse justo cuando Léane salía del aseo.
Cuando la imagen reapareció, unos instantes después, la joven estaba sentada en el asiento trasero de un coche.
Sonreía al hombre que había aceptado llevarlas a ella y a Sonya hasta Florencia.
En Italia hacer autostop era ilegal, les dijo sin mirarlas.
Se arriesgaban a que las detuviera la policía, por no hablar de la multa que tendrían que pagar si no querían acabar en la cárcel.
—Este tipo parece muy tacaño —comentó Pierre Valmeur sin apartar la vista de la superficie brillante donde transcurrían los últimos momentos de la vida de la joven belga.
—¿Consigue verle la cara? —preguntó el gendarme.
—Todavía no.
Las cosas no tardaron en torcerse. Léane desviaba la mirada del retrovisor a Sonya, y de Sonya al retrovisor.
¿Por qué habían salido de la autopista? Él había prometido llevarlas hasta Florencia.
¿Adónde las llevaba? ¿Por qué no les contestaba?
Sus miradas se cruzaron en el retrovisor y de pronto comprendió que la había estado vigilando desde el principio.
Las puertas tenían el seguro echado. Estaban atrapadas con aquel desconocido, que no tardaría en mostrar su verdadera cara.
Pierre Valmeur movió la mano. Como si fuera elástica, la película de sangre se arrugó y luego volvió a alisarse.
Ahora el hombre se inclinaba sobre ella con un cuchillo de caza en la mano.
La hoja bailaba ante sus ojos y reflejaba su dolor.
Léane había perdido el conocimiento varias veces durante las horas en que él la había violado y torturado.
Le había quitado la mordaza. Sus gritos se habían perdido en la inmensidad del bosque.
Él no habría disfrutado tanto si no hubiera podido oírla gritar.
Se alimentaba de su terror, que lo hacía parecer más grande, más poderoso.
Entonces, como si hubiera cambiado de opinión, retrocedió y se apoyó en un árbol.
La camisa abierta dejaba ver un torso lampiño y poco musculoso.
Llevaba los vaqueros desabrochados. Parecía agotado.
Peor aún. Se había hartado. Ella lo vio dormirse.
Luego ella también cerró los ojos. ¿De qué servía luchar?
Ya no rezaba para que alguien fuera a salvarla.
Rezaba para que aquello terminara cuanto antes.
Y su deseo se cumplió. Cuando él se despertó, se inclinó sobre ella con la mirada enloquecida.
—¡Te he dicho que me mires! —gritó mientras le clavaba la hoja en el vientre.
Pero Léane ya estaba muerta, y sus lágrimas brillaban con los últimos rayos del sol.