El Clarividente Capítulo 67
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Capítulo 67

Anthony redujo la velocidad al ver el letrero luminoso del hotel.

El aparcamiento estaba casi desierto y decidió dejar el coche lo más cerca posible de la entrada.

Zoé se volvió hacia el edificio, cuya silueta se recortaba contra el cielo estrellado.

No había ninguna ventana iluminada y tuvo la impresión de que eran los únicos huéspedes.

Después de lo que había pasado en Burdeos, la perspectiva de volver a quedarse a solas con Anthony no le hacía ninguna gracia.

Al menos allí cada uno tendría su habitación.

—¿Vienes o piensas pasar la noche ahí fuera?

Anthony la esperaba delante de la entrada, con una maleta en la mano.

Su maleta. La que ella había dejado en la habitación antes de acudir a la cita en el bosque de las Landas.

Se sorprendió sonriendo ante la idea de recuperar sus cosas, como una niña que reencuentra sus juguetes favoritos tras mucho tiempo sin verlos.

No había nadie en recepción. Anthony pulsó el timbre.

Al cabo de unos instantes, una puerta se abrió con un chirrido y un chico salió a su encuentro a toda prisa.

Llevaba un pantalón de chándal y una camiseta arrugada que proclamaba «Que la fuerza te acompañe».

Se dejó caer en la silla y encendió el ordenador.

Aún tenía la marca de las sábanas en todo el lado derecho de la cara.

—¿Una habitación o dos? —preguntó, conteniendo un bostezo.

—Dos —respondió Zoé, y bostezó a su vez.

El chico alzó un instante la cabeza para mirarla. Bajo los párpados cargados de sueño, Zoé creyó distinguir una chispa, como si de pronto se le hubiera encendido una bombilla en el cerebro. El chico frunció el ceño y entreabrió la boca, pero la voz de Anthony lo devolvió a sus obligaciones:

—Las habitaciones ya están reservadas. Busque a nombre de Lavera y Rossi.

El chico asintió y volvió a mirar la pantalla.

—En efecto. Habitaciones 202 y 301. Tendré que pedirles un documento de identidad…

—¡Un momento! ¿No estamos en la misma planta?

—Pues no. La señora está en la segunda y usted, en la tercera. ¿Hay algún problema?

—Sí, así no nos sirve —replicó Anthony—. Búsquenos habitaciones en la misma planta, una al lado de la otra. Y no me diga que es imposible. El aparcamiento está vacío.

—Esperamos un autobús de turistas, señor. Están todas reservadas.

—¡Pues apáñeselas!

Despierto ya del todo, el chico le lanzó una mirada torva.

—Tengo dos —dijo al cabo de un momento—, pero están una enfrente de la otra.

—Nos las quedamos.

—¿Con vistas al bosque o al aparcamiento?

—Al aparcamiento, para mí —respondió Zoé, que no pensaba volver a poner un pie en un bosque en toda su vida.

Anthony pagó una noche y recogió las tarjetas magnéticas.

Las habitaciones estaban en la primera planta.

La moqueta, de una limpieza dudosa, amortiguaba cada paso.

Anthony iba delante, atento a los números pintados con plantilla en las puertas cerradas.

Al cabo de unos metros, se detuvo. Ignoró la mano que Zoé le tendía para reclamar su llave y abrió él mismo la puerta.

Sin decir palabra, dejó la maleta en el suelo, sacó el arma reglamentaria que le había devuelto el capitán Dorsey y se puso a registrar la habitación a conciencia.

Era ridículo, por supuesto. El hombre que se había puesto en contacto con ella por Facebook no podía saber de antemano que ocuparía precisamente esa habitación, en ese hotel y no en otro.

Aun así, Zoé no intentó detenerlo. Anthony miró detrás de la puerta, fue derecho al cuarto de baño, volvió a salir y se acercó a las ventanas para apartar las gruesas cortinas.

Se volvió hacia ella y la miró sin verla, como si repasara lo que le faltaba por comprobar.

Con el corazón desbocado, Zoé lo vio levantar la colcha para mirar debajo de la cama.

Un miedo infantil se apoderó de ella mientras esperaba.

Anthony se incorporó, con la cara congestionada de haber estado cabeza abajo.

—¿Qué? ¿No hay ningún monstruo escondido debajo de la cama?

Lo dijo para relajar el ambiente, pero Anthony no esbozó ni la sombra de una sonrisa.

—Puedes entrar —dijo por fin, todavía colorado.

Zoé lo vio guardar el arma en la funda. Él debió de sorprender su mirada, porque se detuvo a mitad del gesto.

—¿La quieres? —preguntó.

Zoé asintió sin dudarlo. El peso del arma en la mano le apaciguó al instante el corazón. Tenía intención de dormir con ella.

—Bueno, te dejo que te instales. ¿Dulce o salado?

—¿Qué?

Él señaló la escalera.

—He visto máquinas expendedoras abajo —explicó.

Zoé negó con la cabeza.

—Tienes que comer —sentenció—. Ahora vuelvo. Aprovecha para ducharte y cambiarte.

Salió dando un portazo y, por supuesto, se llevó la llave.

Como siempre, Anthony tomaba las riendas sin dejarle la menor ocasión de decidir por sí misma.

Zoé suspiró. En una cosa tenía razón: necesitaba asearse con urgencia.

Abrió la maleta, impaciente por reencontrarse con sus cosas.

Unos vaqueros viejos, dos jerséis, unas cuantas camisetas, ropa interior y el neceser.

Era absurdo, pero no podía evitar sonreír, como si aquellas prendas fueran viejos amigos a los que ya no esperaba volver a ver.

Abrazó un jersey, su favorito, y hundió la cara en él para aspirar el olor a detergente.

Ya a solas, Zoé recorrió con la vista la habitación, cuyo papel pintado, nuevo en apariencia, parecía haber atravesado los siglos.

Le recordó la granja de Chantal y Roger, y la cama que había compartido con Johan.

Enseguida apartó las imágenes que amenazaban con invadirle la mente.

—¡Maldita sea!

Tenía que dejar de pensar en él, al menos de esa manera. Se encerró en el cuarto de baño, se desnudó y se metió bajo el chorro enérgico de la ducha. Deje de luchar, Zoé , susurró la voz familiar. Entonces las lágrimas empezaron a brotar. No intentó contenerlas.