Capítulo 66
Dorsey daba saltitos para entrar en calor, ciñéndose los faldones del abrigo contra el cuerpo para protegerse del viento helado que barría el aparcamiento del hospital.
Temblaba, pero más por lo que Pierre Valmeur le había pedido que hiciera que por el frío.
El mortuorio estaba a pocos metros, justo enfrente.
Allí, en una cámara frigorífica destinada normalmente a los fallecidos del hospital, habían depositado las dos cabezas halladas en el bosque, a la espera de trasladarlas a Caen para que las examinara el forense.
Se volvió hacia el coche. Desde el asiento del copiloto, Pierre Valmeur lo observaba.
—Este tipo está loco, pero yo debo de estarlo todavía más —murmuró al entrar en el edificio.
Poco después, enseñó la identificación al agente de guardia, que anotó su nombre y graduación en un registro.
Sin embargo, quien lo acompañó hasta la cámara frigorífica fue un auxiliar de enfermería.
El hombre tiró de la manilla de acero inoxidable y sacó del ataúd refrigerado los restos incompletos de Léane Jalmet.
—Ya puede irse.
El auxiliar abrió mucho los ojos.
—¿Ah, sí? Pero…
El gendarme se contuvo para no poner los ojos en blanco. Justo le tenía que tocar un funcionario de lo más celoso.
—Lo que tengo que hacer, tengo que hacerlo solo. Forma parte de la investigación y no estoy autorizado a revelarlo. ¿Lo entiende?
—De acuerdo. Llámeme cuando termine. Estaré en el despacho del fondo del pasillo.
El capitán lo siguió con la mirada hasta perderlo de vista.
Luego aguzó el oído, a la espera de que se cerrara la puerta del despacho, pero, al cabo de un rato, se dio cuenta de que el auxiliar la había dejado abierta.
Tendría que extremar las precauciones, porque lo que se disponía a hacer era, ni más ni menos, profanar un cadáver.
Mientras se ponía un par de los guantes de látex que estaban a disposición del personal, recorrió la sala con la mirada en busca de unas tijeras o de cualquier otro instrumento afilado.
También necesitaba una jeringuilla. El silencio era tal que el menor de sus movimientos parecía resonar en todo el depósito.
Aquella fue la fase más larga y, curiosamente, la más angustiosa, porque cada vez que abría o cerraba un cajón temía ver aparecer al auxiliar de un momento a otro.
Pero, con el paso de los minutos, comprendió que lo que amplificaba los ruidos y le agudizaba el resto de los sentidos era su propio miedo a que lo sorprendieran en una situación comprometida, difícil de justificar sin pasar por loco.
La temperatura de la sala rondaba los cero grados; solo por eso no tenía las manos húmedas ni la cara empapada de sudor.
En cuanto a la segunda fase, le sorprendió la rapidez de sus propios gestos.
Una vez tomadas las muestras siguiendo las instrucciones de Pierre Valmeur, las metió en un par de guantes de látex nuevos y se los guardó en el bolsillo del abrigo.
—¡Ya he terminado! —gritó desde el otro extremo del pasillo.