Capítulo 65
—¡Su hijo se ha metido en un buen lío! —anunció el capitán Dorsey nada más cerrar la puerta del despacho.
Pierre Valmeur frunció las pobladas cejas.
—No lo entiendo. Si la señorita Rossi me dijo que no había presentado ninguna denuncia.
El gendarme le quitó importancia con un gesto.
—Hay que esperar a que el fiscal termine de examinar el expediente. Verá, que Zoé Rossi no haya presentado denuncia no significa que no vayan a procesar a su hijo. Yo, en su lugar, le buscaría un buen abogado.
—Mi hijo no es un delincuente.
—Bueno, puede que los testigos a los que se está interrogando ahora mismo no opinen lo mismo.
—¿Testigos?
—Una pareja de granjeros en cuya casa su hijo y Zoé Rossi pasaron la noche. Al final la reconocieron al ver su foto en el periódico.
Hizo una pausa para calibrar el efecto de sus palabras en el anciano y luego prosiguió con el mismo tono ligero, como quien cuenta un chiste:
—Todo dependerá de lo que digan. ¿Presenciaron algún episodio de violencia entre su hijo y Zoé Rossi? ¿Lo oyeron amenazarla? Ese tipo de cosas. ¿Quiere un café? —preguntó de sopetón, camino de la cafetera.
Pierre Valmeur negó con la cabeza. Dorsey se sirvió un café solo en una taza azul marino con el emblema de la Gendarmería Nacional y volvió a sentarse tras el escritorio.
—Ahora bien, si no aparece nada sospechoso que corrobore la hipótesis del secuestro —continuó como si no se hubiera interrumpido—, quedará en libertad en un plazo de setenta y dos horas.
Pierre Valmeur sintió que se le relajaban los hombros. Por mucho que, como médium, presintiera que todo saldría bien para su hijo, como padre no podía evitar preocuparse.
—¿Puedo verlo?
El gendarme torció el gesto antes de dejar la taza en el escritorio.
—Lo verá, por supuesto, pero antes necesito que me ayude.
—Ya le he contado todo lo que sé.
—Sí, y se lo agradezco. No, lo que me gustaría es que me hablara del asesino.
Pierre Valmeur entendió adónde quería llegar y le repitió lo que ya le había dicho a Zoé: no podía darle la descripción que esperaba.
—Pero hay algo que sí podría hacer —añadió esta vez.
Un destello de esperanza iluminó el rostro del capitán Dorsey.
—¿De verdad? ¿El qué?
—Es difícil de explicar. Digamos que necesitaría ver a Léane…
El gendarme frunció el ceño.
—Solo hemos encontrado una parte de su cuerpo…
—¿Qué parte exactamente?
—La cabeza.
Pierre Valmeur cerró los ojos. Tenía el rostro tranquilo, sereno incluso, como si acabaran de confirmarle algo que ya sabía.
—Perfecto —dijo—. Lléveme hasta ella.
—Lo siento, pero eso no va a ser posible. ¿Y si le traigo una fotografía? ¿Es ese el tipo de soporte con el que suele trabajar?
—Trabajo con toda clase de soportes. Los juguetes de un niño que nunca volvió del colegio, la ropa de un marido que salió a hacer la compra y del que nunca más se supo, las joyas de una hermana o de una esposa.
Y, por supuesto, fotos. Las familias me las envían para que las ayude a encontrar a sus seres queridos desaparecidos.
Pero cuando ya es demasiado tarde, como en el caso de Léane, no hay nada más poderoso que el contacto físico.
Si quiere encontrar el resto del cuerpo y tener alguna posibilidad de conseguir una descripción de su asesino, necesito tocarla.
—Lo que me pide es sencillamente imposible. Va contra todas las normas del procedimiento.
—Tenía entendido que usted no siempre seguía las normas al pie de la letra.
Dorsey hizo una mueca.
—Es un defecto que podría costarme muy caro. La verdad es que mis superiores aún no saben que usted existe ni que está implicado en el caso. Todavía no tengo pruebas suficientes para convencerlos.
—Las pruebas se las daré yo.
—¿Cómo?
—¿No me ha dicho que podía conseguirme una foto de Léane en el depósito de cadáveres?
—Sí, eso está en mi mano.
—¿Y si le pidiera que, en lugar de la foto, me trajera ciertas cosas?
El gendarme arqueó una ceja con recelo.
—¿Qué cosas?
La lista era breve: solo dos elementos que parecían sacados de un grimorio de brujería.