Capítulo 64
Como un oso pardo frente a un manzano, Pierre Valmeur se había plantado ante la máquina expendedora de bebidas. La zarandeaba sin dejar de mascullar insultos.
—Deje que lo ayude —dijo Zoé.
Él se hizo a un lado para dejarle sitio. Zoé pulsó el botón de devolución de monedas.
—Faltan veinte céntimos —dijo tras volver a contarlas.
Pierre Valmeur rebuscó en los bolsillos y le dio lo que faltaba.
—Nunca se me han dado bien las máquinas —dijo mientras ella metía las monedas en la ranura.
Un vaso cayó en el hueco y se llenó de café ardiendo.
—Tenga —dijo él, y esta vez le tendió un billete—. Sáquese uno para usted. Y para su cuñado —añadió, volviéndose hacia Anthony.
Este seguía apoyado en la pared, cruzado de brazos, con el rostro impasible.
—No —respondió Zoé—. Nada de cafeína para él. Ya está bastante nervioso.
Pierre Valmeur se sentó en una de las sillas de plástico de la sala de espera y aguardó a que Zoé se reuniera con él.
—Van a soltar a su hijo —le anunció ella.
Pierre Valmeur asintió con aprobación.
—Me lo ha contado todo —añadió ella sin apartar los ojos de él.
El anciano la miró con tanta intensidad que, por un instante, el tiempo pareció detenerse. Era como si hubiera creado una burbuja espaciotemporal solo para ellos dos.
—¿Quiere verlo? —preguntó entonces—. Su retrato. Lo llevo encima.
Zoé miró la mochila que él tenía a los pies. El corazón le latía con fuerza cuando asintió.
Él sonrió, dejó el vaso en la silla de al lado y hurgó en la mochila deformada. El sobre de papel kraft que le tendió tenía las esquinas dobladas y gastadas.
—Es el original —precisó.
Zoé sacó del sobre la hoja de papel Canson.
Desconcertante y emocionante . Esas habían sido las palabras que él había empleado al verla.
Ella sentía exactamente lo mismo al contemplar aquella hoja blanca que le devolvía su imagen como un espejo.
Era ella, sin lugar a dudas, pero de los trazos del lápiz emanaba algo más.
Algo que iba más allá del parecido físico.
—Su amigo tiene mucho talento.
Pierre Valmeur sonrió.
—Y eso no es nada comparado con lo que es capaz de hacer con un poco de pintura y unos pinceles.
Albert es el mejor retratista de la Gendarmería.
Bueno, lo era… Ahora usan un programa informático para elaborar retratos robot que hacen honor a su nombre, a juzgar por las caras congeladas y sin rastro de humanidad que escupen sus impresoras.
Zoé asintió y volvió a guardar el dibujo en el sobre.
—Hay algo que no entiendo —dijo—. ¿Cómo es que no ha hecho un retrato robot del asesino? Debió de aparecer en alguna de sus visiones, ¿no?
Pierre Valmeur negó con la cabeza.
—Lo que vi, lo vi a través de sus ojos. Podría describirle lo que pasaba dentro de él, qué clase de hombre es, pero no puedo decirle cómo es físicamente.
Zoé lanzó una breve mirada a Anthony. Inútil: sabía que desaprobaba lo que ella estaba a punto de preguntar, aunque no acababa de entender por qué.
—Johan me ha dicho que usted podría ayudarme a encontrar a mi hermana —dijo por fin.
Pierre Valmeur guardó el retrato en la mochila.
—Desapareció en las mismas circunstancias que las otras víctimas —continuó ella, con la mirada clavada en el vaso.
—¿Tiene una foto?
Zoé estuvo a punto de derramar el café.
—¿Está dispuesto a ayudarme?
—Por supuesto. ¿Por qué iba a negarme?
Zoé le hizo una seña a Anthony para que se acercara. Pero él no parecía tener intención de abandonar su puesto de observación.
—Qué cabezota —dijo ella, y se levantó.
En pocos pasos se plantó delante de él.
—Necesito tu móvil —se limitó a decir.
—¿Para qué?
—Necesito una foto de Gabriela para… bueno, ya sabes para qué. ¡Ay, a la mierda!
Sin más, le metió la mano en el bolsillo derecho de la cazadora, donde tantas veces le había visto guardar el móvil. Pero, en cuanto sus dedos se cerraron sobre el aparato, Anthony la sujetó con fuerza por la muñeca. La miró fijamente unos instantes, con el ceño fruncido.
—Suéltame —susurró ella.
Él aflojó la presión.
—Déjalo —dijo en el mismo tono—. No sirve de nada. No tengo ninguna foto de Gabriela.
Zoé negó con la cabeza, sin comprender.
—¿Ninguna?
Él suspiró y alzó los ojos al techo.
—Las borré todas. Era… es más fácil así.
Zoé tardó unos segundos en asimilarlo.
—Lo entiendes, ¿verdad? Zoé…
Pero la joven no tenía tiempo para ocuparse de los estados de ánimo de su cuñado. Tenía que encontrar una fotografía de Gabriela, y deprisa. Así que, en lugar de devolverle el móvil, se lo llevó.
—¿Va todo bien? —preguntó Pierre Valmeur cuando ella volvió a sentarse a su lado.
Zoé asintió sin mirarlo. Tampoco vio que Anthony se acercaba.
Con los ojos fijos en el móvil, abrió el navegador y tecleó en la pantalla hasta que apareció la web de la ARPD, una asociación de ayuda a familias de desaparecidos.
Los avisos de desaparición estaban ordenados por año. El de Gabriela seguía publicado.
—Es mi hermana —anunció con un nudo en la garganta.
Pierre Valmeur cogió el teléfono que ella le tendía. De pronto, el aparato pareció encogerse varios centímetros entre aquellas manos grandes y poderosas.
—Es su hermana mayor —dijo él, mirando la foto congelada en la pantalla.
Zoé desvió la vista, incapaz de seguir contemplando el rostro sonriente de su hermana. Entonces notó que alguien le cogía la mano. Anthony se había sentado a su lado. Estaba pálido. Zoé no recordaba haberlo visto nunca así, salvo quizá el día en que le anunció que Gabriela no había vuelto a casa.
Pierre Valmeur miró la pantalla unos instantes más antes de devolverle el móvil.
—¿Y bien? —preguntó Zoé al ver que no decía nada.
—Lo siento —dijo él.
Zoé tragó saliva. Notó que Anthony le apretaba la mano.
—No siento nada —añadió él.
—¿Qué significa eso exactamente?
—Que su hermana ha muerto.
Zoé asintió, como si él acabara de confirmarle lo que ella siempre había sabido.
—Pero no puedo decirle dónde está —añadió él, al leer la siguiente pregunta en sus ojos llenos de lágrimas.
—Pues con la joven belga sí pudo. ¿Por qué iba a ser distinto con mi hermana?
Pierre Valmeur negó con la cabeza.
—No lo sé. A veces pasa.
Él seguía mirando la fotografía cuando a Zoé se le ocurrió una idea.
—¿Y con esto? —dijo, y se metió la mano en el bolsillo de los vaqueros—. Es la alianza de mi hermana. La llevaba puesta cuando desapareció. El asesino nos la devolvió.
Pierre Valmeur cogió la alianza. Cerró los ojos unos instantes, con la alianza entre el pulgar y el índice. Zoé tuvo la impresión de que se ponía tenso.
—¿Qué?
Él negó con la cabeza.
—Nada.
—Miente. ¿Qué ha visto?
—No estoy seguro…
—¡Señor Valmeur! —los interrumpió una voz—. Por aquí, por favor.
El capitán Dorsey estaba al otro extremo del pasillo y le hacía señas al anciano para que se acercara. Zoé lo observó mientras recogía sus cosas. Cuando él se agachó para coger la mochila, ella lo sujetó por la muñeca.
—Espere —susurró—. ¿Qué iba a decirme?
—¿Señor Valmeur? —insistió el gendarme.
Pierre le indicó con un gesto que ya iba.
—Tengo que irme, o será capaz de detenerme a mí también —dijo con una leve sonrisa.
Pero Zoé no estaba para bromas.
—¡Lo espero aquí!
Anthony iba a protestar, pero el anciano se le adelantó.
—No —dijo con voz tranquila pero firme—. Vuelva al hotel y descanse. Le prometo que la llamaré en cuanto termine aquí.