Capítulo 62
Johan interrumpió su relato.
—¿Qué pasa? ¿Por qué se detiene? —preguntó Zoé.
—Porque me está haciendo daño.
La joven abrió mucho los ojos, sorprendida.
—Los dedos —aclaró Johan—. Va a acabar rompiéndomelos.
Zoé se dio cuenta entonces de que le estaba apretando la mano.
¿Cuánto tiempo llevaba haciéndolo? Seguramente desde el principio.
En cuanto él le había dicho que era neurocirujano en la Pitié-Salpêtrière, se le había encogido el corazón.
El doctor Valmeur… ¿Era posible que el neurocirujano con el que tenía cita fuera él?
—¿Zoé?
Ella lo soltó.
—Perdone. No sé qué me ha pasado. Es su historia… Me he dejado llevar.
—No es una historia. Es la verdad. Las cosas pasaron exactamente como se las he contado. Me cree, ¿verdad?
Zoé se levantó de golpe.
—Contésteme —insistió Johan.
Ella se mordió el labio. Si de ella hubiera dependido, lo habría dejado libre en ese mismo instante, y ese era precisamente el problema. No podía permitirse otro error de juicio por dejarse guiar solo por lo que sentía. Porque estaba claro que, síndrome de Estocolmo o no, sentía algo por él.
—Le creo —dijo.
—Pero… Porque hay un «pero», ¿verdad?
Ella negó con la cabeza y volvió a pasearse de un lado a otro como una leona enjaulada.
—Mi hermana ha desaparecido —dijo entonces—. La secuestraron y seguramente la mataron, como a Marianne.
—Dios mío. Lo siento mucho.
Zoé lo observó. Estaba tan afectado como la primera vez que ella le había contado su historia. Claro que, para él, era como si se la acabara de contar. Resultaba desconcertante pensar que lo había olvidado todo.
—Creía que usted era ese hombre. Pero si no es usted, ¿quién es? Usted estaba allí. Tuvo que ver algo. Tuvo que verlo a él .
Johan cerró los ojos. Estaba muy pálido. A Zoé le sabía mal presionarlo, pero necesitaba saberlo. Aun así, una pausa de unos minutos no les vendría mal.
—Prefiero seguir —respondió él cuando ella se lo propuso.
Zoé volvió a sentarse frente a él.
—¿Quiere un vaso de agua antes?
Él negó con la cabeza y volvió a mirarla.
—No, pero me gustaría que me cogiera la mano.
Zoé no pudo evitar sonreír.
—¿No tiene miedo de que le rompa los huesos?
—No es eso lo que me da miedo.
Tímidamente, ella posó la mano sobre la suya.
—Estoy aquí, con usted. Cuénteme qué pasó después.
—Marianne… No pude salvarla. Pero eso, claro, ya lo sabe.
Apretó los dientes, como si luchara por contener las lágrimas.
—Fue como una pesadilla. Vi cómo la mataba. El hombre del todoterreno. Volvió a por Marianne… Yo la había devuelto a la vida. Y él…
Zoé cerró los dedos en torno a los suyos, esta vez sin hacerle daño.
—¿Podría describirlo?
Él la miró, pensativo.
—No. Estaba de espaldas. Solo llevaba la cara descubierta cuando conducía. Pero estaba a contraluz. No lo vi bien. Lo único que recuerdo es la sensación de peligro que desprendía. Era como toparse con una fiera hambrienta, no sabría explicarlo de otra manera.
Zoé entreabrió los labios, pero él no le dio tiempo a hacer la pregunta.
—No me fijé en la matrícula —dijo—. Estaba demasiado ocupado buscando a Marianne para pensar en esos detalles. Lo único que puedo decirle es que la carrocería era blanca.
Zoé hizo una mueca. No había color más corriente.
—¿No notó nada más? ¿Un faro roto? ¿Una marca en la carrocería, un…?
—Había una pegatina.
—¿Qué clase de pegatina? ¿Se acuerda?
—La verdad es que tenía docenas pegadas en la parte de atrás. Pero recuerdo una en concreto. Una cabeza de ciervo y un lema que decía algo así como «Más vale una foto que un trofeo».
Zoé frunció el ceño.
—¿He dicho algo que no debía?
—No, no es eso. Siempre había pensado que el asesino tenía perfil de cazador, no de defensor de los animales.
—Zoé. Ese tipo es un monstruo.
—Lo sé…
—No, no lo sabe. No ha visto lo que yo he visto… Estoy casi seguro de que estuvo allí desde el principio. Después de cruzarse conmigo en el camino, dio media vuelta. Me observó mientras la reanimaba.
Zoé asintió para darle a entender que lo comprendía.
—Lo dejó hacer porque así podía prolongar su sufrimiento. Y ella, que creía que la habían salvado…
—La mató por segunda vez.
Intercambiaron una mirada cómplice.
—Siento no poder decirle más —añadió Johan—. Ojalá le hubiera visto la cara. Por desgracia, el resto es un enorme agujero negro.
Zoé frunció el ceño.
—¿Por qué no lo mató a usted?
—Creo que sí lo hizo, o al menos él lo creyó.
—¿En qué está pensando?
Él empezó a desabrocharse la camisa.
—Normalmente, las palas se untan con gel, que mejora la conductividad y reduce el riesgo de quemaduras —explicó—, pero dudo que él se molestara en hacerlo. Si me dio una descarga, tendría que haber quemaduras donde colocó los electrodos.
Al ver que le costaba desabrocharse los últimos botones con la mano libre, Zoé se acercó.
—Deje, ya lo hago yo —dijo.
Cuando terminó, apartó la tela, todavía manchada de tierra y sangre seca, y dejó la piel al descubierto. Al ver los tatuajes, recordó la mañana en que los había descubierto, al despertarse en la granja de Chantal y Roger.
—¿Y bien? ¿Ve algo?
Zoé se inclinó un poco más y vio una marca rojiza.
—Sí, aquí.
Le rozó la piel. Johan se tensó al notar el contacto.
—¿Le he hecho daño?
Él negó con la cabeza.
—Tiene las manos heladas —dijo con una sonrisa.
—Perdone.
Johan se retorció para intentar ver la marca, pero las costillas fisuradas le recordaron que seguía dolorido.
—Se me debió de parar el corazón unos instantes. Lo bastante para que él creyera que me había matado.
—¿Y después?
Él reflexionó un momento.
—Bueno, supongo que recuperé el conocimiento. Seguramente me fui en el coche de Marianne creyendo que era el mío.
—¿Lo supone?
—Ya se lo he dicho: no recuerdo lo que pasó después.
Zoé se quedó pensativa unos instantes.
—Eso es lo que intentó explicarme cuando nos conocimos —dijo, asintiendo—. El GPS lo llevó de vuelta a casa de Marianne. Una casa que usted creía suya hasta que me encontró en el sótano.
Se sostuvieron la mirada. Luego Zoé rompió el silencio.
—¿Qué recuerda después de eso?
Él tragó saliva.
—El bosque. A Léane, con la cara cubierta de tierra. O lo que quedaba de ella. Mi padre había marcado el lugar en un mapa. Vi ese mapa la noche que pasé en la leprosería.
Zoé se estremeció. Johan se lo había repetido muchas veces. Tengo la sensación de que lo que busco está allí, en ese bosque. Y cuando lo encuentre, sabré quién soy. Durante todo ese tiempo, aunque fuera de forma confusa, Johan había estado buscando a Léane Jalmet, como su padre antes que él.
—Y, por supuesto, me acuerdo de usted. Del terror en su cara y de la pistola con la que me apuntaba. Disparó.
—Como en la visión de su padre —murmuró ella.
—No del todo, porque falló. No se imagina la impresión que me causó verla allí, delante de mí, en carne y hueso.
—Su padre me dijo lo mismo cuando me vio.
Zoé sintió que él le cogía la mano, como había hecho ella unos instantes antes.
—Hable con él. Si hay alguien que pueda ayudarla a encontrar a su hermana, es mi padre.