El Clarividente Capítulo 61
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Capítulo 61

Marianne estaba allí, tendida en el suelo polvoriento, con la cara envuelta en varias capas de film transparente.

Sin perder un segundo, me abalancé sobre el plástico.

Tiré de él y lo rasgué con los dedos hasta dejarle libres la nariz y la boca.

Marianne ya no respiraba. Le ajusté la mascarilla del ambú sobre la cara y apreté el balón.

El pecho se elevó suavemente. Una vez. Dos veces.

Solté el balón y encendí el desfibrilador portátil.

Al oír la señal acústica, cogí los electrodos y se los pegué en el tórax.

El cuerpo de la joven se alzó de golpe antes de desplomarse, sin fuerzas, contra el suelo.

El monitor no registraba ninguna actividad espontánea.

Inicié de inmediato el masaje cardíaco. Comprimí el esternón a ritmo constante.

Con cada compresión hundía la caja torácica unos centímetros, a riesgo de romperle las costillas.

Uno, dos, tres, cuatro… diecinueve, veinte.

No tuve que llegar a treinta. Un ruido ronco, parecido a un grito, me sobresaltó.

—¿Marianne?

Intenté inmovilizarla. Estaba aterrorizada.

—Marianne, soy yo. Cálmese. Estoy aquí para salvarla, ¿se acuerda?

Se quedó quieta, atenta a mi voz. Las capas de film transparente le tapaban los ojos como una venda y le impedían verme. Quise quitárselas, pero en cuanto la rocé volvió a forcejear. Me golpeaba, me arañaba, gritaba de miedo mientras yo intentaba sujetarla.

—¡Maldita sea! ¡Pare!

No tenía elección. Me eché sobre ella con todo mi peso, le sujeté las muñecas y le estiré los brazos por encima de la cabeza.

—No soy su enemigo. ¿Entiende lo que le digo?

Marianne tragó saliva.

—¿Quién es usted?

—Johan Valmeur. Soy cirujano, yo… Escuche, ya se lo explicaré todo más tarde. ¿Cree que puede caminar?

Volvió a tragar saliva.

—Creo que sí.

—Muy bien. Ahora voy a soltarla.

Marianne quiso aprovechar la libertad recién recuperada para quitarse ella misma el film transparente, pero le temblaban tanto los dedos que no lo consiguió.

—Espere, ya lo hago yo.

Cogí el borde del plástico y lo levanté hasta retirárselo por encima de la frente. Marianne abrió los ojos. Le sonreí. Por un instante, se le serenó el rostro.

—Ya está, todo irá bien. Estoy aquí, con usted. Todo va a salir bien.

Se oyó un ruido a mi espalda. Un pitido largo y estridente anunciaba que el desfibrilador volvía a estar cargado, listo para administrar otra descarga eléctrica.