Capítulo 60
Las montañas parecían apartarse a nuestro paso.
Con el pie en el acelerador, procuraba no perder el control del coche en aquella carretera plagada de curvas.
Sin embargo, el paisaje, grandioso y monótono, me daba la impresión de no avanzar.
Hacía ya veinte minutos que habíamos dejado atrás Niza para adentrarnos en el interior.
—¿Queda mucho?
Marianne no respondió. Llevaba un buen rato callada.
—¿Marianne?
Reduje la velocidad para volverme hacia mi pasajera. La enfermera no se movía. El blanco de su uniforme parecía diluirse en el aire hasta volverse casi transparente en algunos puntos.
— Me siento rara…
Su voz no era más que un susurro. Quise cogerle la mano, pero mis dedos solo encontraron la tela áspera del asiento.
—No, Mari, no me haga esto. ¡Ahora no!
El coche dio un bandazo. Cuando conseguí enderezarlo, Marianne había desaparecido.
—¿Me oye? ¡No sé adónde ir! ¿Cómo voy a encontrarla si no me lo dice?
— A la izquierda… el aprisco…
La voz venía del asiento trasero. Adiviné su silueta, una sombra en el retrovisor.
Frené en seco y metí la marcha atrás. Un camino medio oculto por la vegetación subía, muy empinado, hacia la cima de una colina.
Metí la primera y volví a pisar el acelerador.
Una nube de polvo se levantó alrededor del coche.
Los amortiguadores empezaron a chirriar y noté que la dirección se endurecía mientras luchaba por dominar el vehículo.
El Mégane apenas avanzó unos metros por el camino, resbaladizo por las piedras sueltas.
Sin tracción a las cuatro ruedas, no llegaría nunca arriba.
Tenía que seguir a pie. Me detuve en el borde del camino y, en ese momento, un soplo helado me rozó la nuca.
— Es demasiado tarde…
Intuí los contornos de su cuerpo a mi lado, como una muñeca de cristal finísimo, transparente, a punto de romperse.
—¡No! ¡Aguante! No tiene derecho a hacerme esto, ¿entiende? ¡Tiene que decirme dónde está! ¡Aún puedo reanimarla! ¿Me oye? ¿Mari?
Unos surcos luminosos recorrían su cuerpo translúcido, que pareció resquebrajarse.
— Es una lástima… Ya casi habíamos llegado.
La voz de Marianne Deconti hizo vibrar el aire, como un eco atrapado en el habitáculo.
Salté del coche. Haciéndome visera con las manos, intenté divisar el aprisco del que me había hablado.
Si Marianne estaba allí arriba, no había ni un minuto que perder.
Con la bolsa de reanimación al hombro, eché a correr cuesta arriba, pero el ruido de un motor me detuvo en seco.
Un vehículo bajaba hacia mí: un todoterreno perfectamente equipado para esa clase de caminos accidentados.
Apenas tuve tiempo de apartarme. Pasó junto a mí sin aminorar la marcha, como si mi presencia no tuviera la menor importancia.
— Es él —dijo entonces una voz a mi lado—. ¡Es el hombre que me mató!
A unos metros delante de mí, un sendero de tierra se abría paso entre la maleza.
—¡Marianne!
Mi voz se perdió en el viento. Con la mano a modo de visera, escudriñé los alrededores. Un campo, o más bien un prado, se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Y en medio, una ruina.