El Clarividente Capítulo 59
71%

Capítulo 59

— Mi coche está allí —me dijo la enfermera—. El beige metalizado.

— Está abierto. Dese prisa, no sé cuánto tiempo me queda.

Eché al asiento trasero la bolsa con el material de reanimación y me senté al volante.

—¿Y las llaves?

— Las tiene a los pies.

Me agaché. En efecto, había un llavero en la alfombrilla, junto al pedal del freno.

—¿Qué…?

— Luego —me interrumpió la enfermera—. Arranque. Es automático —añadió al ver mi cara de desconcierto—. Para ponerlo en marcha, tiene que llevar la palanca a la posición «drive». La letra D.

Me sentí como si volviera a examinarme del carné de conducir.

—Perdone.

— No pasa nada. A la salida, gire a la derecha.

—¿Adónde vamos? —pregunté mientras me incorporaba al tráfico.

— Fuera de la ciudad. A la montaña. Allí me llevó.

—¿Quién?

— El hombre que me secuestró.

Me volví un instante hacia la extraña pasajera que solo yo podía ver.

— Esa noche me estaba esperando en el aparcamiento —continuó.

—¿Cuándo fue eso?

— El miércoles por la noche. Había terminado el turno.

Estaba agotada y solo pensaba en volver a casa para disfrutar de mis tres días libres.

Lo único que recuerdo es que acababa de abrir la puerta del coche cuando noté que alguien tiraba de mí hacia atrás.

Me tapó la boca con la mano. No podía gritar.

Me faltaba el aire y perdí el conocimiento. Cuando me desperté, estaba en mi casa.

—¿La llevó de vuelta a su casa?

Asintió.

— Vivo sola; él debía de saberlo. Supongo que me vigilaba. Me bajó al sótano, me ató y luego desapareció durante varias horas. Cuando volvió, me dio la impresión de que no estaba solo. De hecho, estoy casi segura de que había alguien más conmigo en el sótano.

—¿Otra persona? ¿Un cómplice?

— Otra mujer, creo. Prisionera, como yo. Y luego…

—¿Y luego?

— Volvió a por mí. Me arrastró hasta un vehículo y me encerró en el maletero.

—¿Le vio la cara? Quiero decir… ¿podría describirlo?

— Sí.

Me aferré al volante.

—¿Y si llamo a la policía?

— ¿Lleva móvil?

Iba a meterme la mano en el bolsillo de los vaqueros cuando me di cuenta de que me lo había dejado en la habitación del hotel, con el resto de mis cosas, incluidas la cartera y la documentación.

—¡Mierda!

— Olvídelo.

Pero yo no quería darme por vencido.

—Basta con que me indique la comisaría más cercana.

— No hay tiempo para eso, y ni se le ocurra dar media vuelta. Mi vida pende de un hilo. No sé cuánto tardará en romperse. Y, de todos modos, ¿qué les iba a decir?

Abrí la boca, pero no se me ocurrió ninguna respuesta. En eso tenía razón.

— En el próximo cruce, a la izquierda.

Me dejé guiar.

— Siga recto —añadió al llegar a otro cruce.

Una señal indicaba el acceso a la vía rápida del Paillon, la carretera que subía hacia el interior de Niza.

—¿Quiere que salga de Niza?

Marianne asintió.

—Pero… ¿está lejos? ¿Y si no llego a tiempo?

Detrás de nosotros, un camión acababa de tocar el claxon. Fui el único que dio un respingo.

— No puedo contestarle. No lo sé. Usted limítese a conducir. Ya le diré qué hacer cuando llegue el momento.

Aceleré hasta que el camión quedó reducido a un puntito negro, y Niza, a un recuerdo.

— Gracias —dijo entonces Marianne—. No sé si tendré ocasión de decírselo en persona. Bueno… Ya me entiende.