Capítulo 58
Con los ojos bien abiertos, busqué un cartel, algo que me indicara dónde estaba y, sobre todo, cómo salir de aquel laberinto.
No encontré nada parecido, pero tuve la sensación de que debía seguir hasta el final del pasillo.
Decidí fiarme de mi instinto o, más bien, de lo que recordaba de la visión.
Sin pensar demasiado en lo que hacía, empujé una puerta cortafuegos, crucé otro pasillo, me metí en un ascensor y pulsé botones al azar.
Cuando se abrieron las puertas, una niña pequeña alzó la vista hacia mí.
Con una mano apretaba un peluche contra el pecho; con la otra arrastraba el pie de gotero con ruedas del que colgaba la bolsa de suero.
—Hola —le dije, y di un paso hacia ella.
La niña estrechó el peluche un poco más. Intenté sonreírle, y eso la asustó todavía más. Lo tenía claro: nunca tendría hijos, me prometí. Tenía que largarme antes de que la pequeña se echara a llorar y diera la voz de alarma.
— ¡Eh! ¡Oiga, usted!
Una enfermera me observaba desde el otro extremo del pasillo. Como un fugitivo al que le hubieran puesto precio a la cabeza, me alejé en dirección contraria. Caminé todo lo deprisa que pude, pero la enfermera ya me pisaba los talones.
— ¡Espere! —gritó.
Aceleré el paso, buscando desesperadamente una salida. De pronto, el pasillo giró en ángulo recto y quedé fuera del campo de visión de mi perseguidora. Aproveché la ventaja y empujé la primera puerta que encontré. Era un cuarto del tamaño de un armario de limpieza, y no me dio tiempo a encerrarme.
— Necesito su ayuda.
Di un respingo. La enfermera de la que intentaba escapar estaba delante de mí. Estaba atrapado.
—Debe de confundirme con otra persona —dije—. Yo no trabajo aquí.
Intenté esquivarla, pero volvió a cerrarme el paso.
— Lo necesito. Es muy importante, de verdad.
—¿Por qué yo? ¿No tiene compañeros a los que recurrir?
La enfermera bajó la cabeza. Se le encorvaron ligeramente los hombros.
— He intentado ponerme en contacto con ellos, créame. Pero nadie me contesta. Usted es el único. El único que puede ayudarme.
Suspiré. El tiempo apremiaba. Tom Boylan estaba detenido por mi culpa. Tenía que encontrar la manera de salir del hospital sin llamar la atención.
—De acuerdo, la ayudaré. Con una condición —me apresuré a añadir.
La enfermera asintió.
— ¿Que lo ayude a salir del hospital sin que nadie lo vea?
Lo había pensado con tanta fuerza que, por un momento, me pregunté si no lo habría dicho en voz alta.
— Me conozco el hospital como la palma de la mano —continuó la enfermera—. Tengo el coche en el aparcamiento subterráneo. En cuanto terminemos, lo llevo hasta allí.
—Bueno… ¿Qué quiere que haga exactamente?
— Al final del pasillo, a la derecha, hay un cuarto donde guardamos el material sanitario. Necesito algunas cosas, y necesito que usted me las lleve al coche.
Me temí que lo había entendido demasiado bien.
—¿Me está pidiendo que robe material?
— Son cuatro euros. Creo que el hospital sobrevivirá. Le aseguro que no se lo pediría si no fuera de vital importancia.
—Pero…
— ¿Viene o no?
El cuarto estaba a pocos metros del control de enfermería. Las estanterías, repletas de material médico de todo tipo, llegaban hasta el techo.
— Hay que darse prisa —me dijo la enfermera.
Acto seguido, me indicó lo que necesitaba y dónde encontrarlo. Jeringas, gasas, un ambú, un kit de sutura, un equipo de perfusión, bolsas de suero fisiológico.
— Por cierto, me llamo Marianne. Marianne Deconti. Pero puede llamarme Mari.
—Bueno, Mari, no puedo decir que sea un placer conocerla.
— Créame, yo también habría preferido ahorrármelo. ¿Y usted? ¿Cómo se llama?
—Johan.
— ¿Johan qué más?
—Valmeur.
A la enfermera se le iluminó la cara un instante.
— ¡Oh! ¡Espere! ¿No es usted el que salió en la portada de Science et Avenir el mes pasado?
Callé mientras ella me estudiaba con más atención.
— Sí, es usted. La verdad es que me lo imaginaba más alto —añadió.
Me entraron ganas de decirle que se equivocaba, que el hombre al que había visto en la portada satinada de una revista ya no existía. Que el ángel del bisturí de oro ya no podía hacer nada por nadie.
— Pues yo lo necesito.
Me sobresalté. ¿Había vuelto a pensar en voz alta?
Señaló las estanterías con el índice.
— Se le olvida la adrenalina.
Cogí los frascos con un suspiro y los metí en la bolsa con lo demás.
—¿Eso es todo?
— También un desfibrilador portátil. Justo detrás de usted, en la estantería de la izquierda.
—¡Por Dios, lo que usted necesita es una ambulancia!
— La verdad es que un helicóptero del SAMU, el servicio de urgencias médicas francés, sería más apropiado.
El problema es que no sabría dar las coordenadas GPS a los servicios de emergencia y no hay forma de que me geolocalicen.
De todos modos, al paso que vamos, lo que me va a hacer falta es un forense. Así que dese prisa, ¿quiere?
Me detuve para mirarla. Necesitaba comprobar que no estaba bromeando.
—Lo dice en serio —constaté.
— Por supuesto. Ya se lo he dicho. Es una cuestión de vida o muerte.
—¿Y quién se está muriendo?
— Yo.